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opinión

“Así, así, así los quiere Lim”

16/10/2019 - 

VALÈNCIA. No fue una entrevista. Fue un mitin en toda regla, un discurso artificial, a gusto del emisor. Versó de una serie de preguntas y respuestas a la carta. Se formulaban cuestiones de actualidad, sin el filo periodístico exigible, naturalmente, y se ofrecían respuestas guionizadas y prefabricadas. Amén de los grandes profesionales que trabajan en las oficinas del Valencia CF -que viven una situación desagradable y no merecen ningún reproche-, no resulta complicado imaginarse la satisfacción de Singapur tras degustar la entrevista-posado del presidente. Siempre es mejor cualquier tipo de explicación que ninguna explicación. Siempre es mejor cualquier tipo de disculpa que ningún tipo de disculpa. Y siempre parece mejor cualquier tipo de comparecencia pública respondiendo preguntas incómodas que cualquier sesión de baño y masaje. Más que una entrevista, fue un homenaje al accionista mayoritario y un tributo al noble arte de cambiar todo para que nada cambie. De hecho, si el propietario hubiera podido elegir la banda sonora original del discurso del presidente, habría sonado aquello de “Así, así, así los quiere Lim”.

Dice Anil que lamenta lo ocurrido con el público de Mestalla y promete que no volverá a suceder. Un pequeño paso para el valencianismo y uno gigantesco para la presidencia. Más vale tarde que nunca. Bien hecho. Entre otras cosas, porque el Valencia ha tenido, en sus cien años de historia, presidentes buenos, malos y regulares, pero no puede tener uno que se jacte de faltar al respeto a sus propios aficionados. Algo es algo. Arrepentidos los quiere Mestalla. Soberbios, no.

Dice Anil que Marcelino fue despedido porque exigía en materia de fichajes, porque tenía influencia en esa área y porque su proyecto no era el del dueño. Atribuciones que, por lo visto, no eran perniciosas durante la primera temporada, donde no hubo discrepancias. No deja de ser paradójico que la propiedad valore más las frases que los hechos. O que sea más feliz con un técnico que se comporte como Bob Esponja con la propiedad que con uno que alce la voz para cumplir con la obligación de un club grande: potenciar la plantilla con lo mejor que el dinero pueda pagar. Eso sí, tras tirar a Marcelino con menos palabra que un telegrama, Anil, excusas mil, dice treinta y cuatro días después de haberle despedido, que les faltó explicarlo mejor. “Así, así, así los quiere Lim”.

Dice Anil que Mateu Alemany no tiene encaje en este proyecto y quiere marcharse. De cajón de madera de pino, oiga. Llega, gestiona, ficha un entrenador serio, potencia la plantilla y aunque pone la cara para que se la partan, recibe un premio que no merece ni el peor empleado del club: puenteo sistemático, vacío de poder, comunicación inexistente y pagar su cláusula o aceptar una condena a ser un florero-humano, una suerte de jarrón chino de la dinastía Ming. “Así, así, así los quiere Lim”.

Dice Anil que Peter Lim es víctima de una campaña de desprestigio. Quizá alguien que le estime y no esté en nómina debería explicarle que no hay campaña capaz de igualar el nivel de despropósito de un propietario cuyo capricho extiende cheques que sólo su dinero puede pagar. Así que, salga a flote el club o se hunda como el Titanic, el aficionado sabe qué tierra pisa. Jamás deseará que su equipo pierda, pero contempla con tristeza cómo ha vuelto, cinco años después, a la casilla de salida. Justo al mismo sitio en el que se encontraba en aquel tortuoso proceso de venta. Y tendrá que volver a elegir cuando llegue el momento, porque llegará: susto o muerte. A Lim, la mano que mece la cuna, le sobra pasta y le falta tacto. Y a Anil, un pésimo relaciones públicas de sí mismo, le sobran entrevistas y le falta credibilidad. “Así, así, así los quiere Lim”.

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