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TODO DA LO MISMO

Crisis identitaria intermitente

9/05/2021 - 

VALÈNCIA. Por un error informático, la versión online de un artículo que escribo para El País Semanal aparece con una alteración de mi nombre, lo cual, automáticamente, me convierte en otra persona. Habitualmente, cuando hablamos de ser otro, hablamos de fantasías que nosotros mismos diseñamos y proyectamos. Con lo que no contamos es con que te conviertan en alguien que ni siquiera tú conoces. Así pues, hasta que se subsana el error técnico, convivo con una mutación virtual de mí mismo. Es raro, porque eso lo has escrito tú y no ese señor que firma. Pero también es liberador porque cuando veo en lo que se está convirtiendo, a casi todos los niveles, mi profesión y mi especialidad, cuando veo hacia dónde se dirige esa forma de música que a mí me dio la identidad, casi que me gustaría desaparecer completamente, que dirían Radiohead, y hacerme invisible, aunque a veces me cuestiono hasta dónde uno sigue siendo visible en medio de todo este barullo informativo. Hay que gritar mucho, hay que ser muy insistente, hay que prodigarse a todas horas, mucho trabajo para un poco de exaltación volátil.

Voy a unos grandes almacenes y echo un vistazo en el departamento de música. No hay nada más triste que los expositores de vinilos fuera de las tiendas especializadas. Son como las de libros en las grandes superficies, algo postizo, desangelado, vulgar. Le tengo un poco de manía a estos vinilos de última generación que quieren ser viejos peor atufan a nuevo, otra consecuencia más, ya no de envejecer sino de comprobar que tu mundo envejece más rápido que tú y te arrastra consigo. El hecho de que los últimos lanzamientos se publiquen en vinilo facilita una relación física mucho más completa con la música. Lo que me mosquea un poco más es esa avalancha de reediciones de discos antiguos, que reaparecen dotados de algún anzuelo para que el público, nuevo o viejo, pique. Me recuerdan a las colecciones de monedas falsas, a los facsímiles. Me aferro sin remedio a las versiones originales que compré siendo un crío o un joven, a la textura y al peso de sus portadas, al crujido añejo de sus surcos. Sigo sin saber si un vinilo suena mejor que un cedé y, francamente, me da igual si es así o no. Lo que sí sé es que, cuando tengo cerca una de esas nuevas versiones de discos que salieron cuando yo empezaba a crecer, no puedo evitar verlos como a impostores. No tienen las esquinas aplastadas o huellas dactilares en el plástico. Los vinilos que compro ahora sólo sirven para ayudar a apuntalar mi identidad. 

Viene a verme a El Saler Vicente Gallart, periodista especializado en moda que, además, es mi primo. A Vicente le debo el entender la moda como una parte fundamental de la música pop, porque la música pop es indisociable de la imagen. Vamos a dar un paseo con Frida, su perra, que causa sensación entre la población perruna, y hablamos de temas varios. Me dice que al fin se ha terminado de leer mi segunda novela y que su sinceridad le dejó en estado de shock. Cuando quienes me conocen leen lo que escribo a partir de mí mismo, suelen flipar porque se dan cuenta de que no me conocen del todo. Siempre existe otra versión de ti que no es la que los demás ven, siempre estás más próximo a lo que creen ver, ese trampantojo. Muchos lectores deben pensar que todo lo que suelo contar aquí cada domingo es completamente fiel a la realidad. Nunca nada de lo que se escribe más allá del ámbito periodístico es completamente fiel a la realidad. De lo contrario, no tendría sentido escribirlo. En cualquier caso, esa tarde Vicente estaba contento porque ya ha salido el libro sobre Naty Abascal -Naty Abascal: the eternal muse inspiring fashion designers- que publica Rizzoli y donde hay un texto suyo. El nombre de Vicente cerca de los de Mario Testino y Christian Lacroix en el índice. Vicente ha colaborado con ella en varias ocasiones y siempre quiero preguntarle cómo se apaña para entenderla cuando habla, pero si se lo digo me reñirá. En lugar de eso, nos ponemos a hablar sobre la serie que Netflix está a punto de estrenar sobre Halston, el modisto que diseñó el sombrerito tipo pastillero que le dio a Jackie Kennedy parte de su identidad visual. La serie, protagonizada por Ewan McGregor y dirigida por Ryan Murphy, promete.

Sigo leyendo -soy un lector lento, soy lento en casi todo- La canción de NOF4, de Raúl Quinto. Me gusta mucho esa prosa suya, procedente de la poesía -Quinto tiene un largo recorrido como poeta-, cómo serpentean las frases, el ritmo escueto, la manera de componer una escritura violentamente bella con una serie de elementos que se repiten como en una canción. El tema recurrente de esta novela es la escritura como vía de escape, una compulsión necesaria que ni siquiera quien la sufre sabe hacia dónde va o si resultará de alguna utilidad. Leo una entrevista en Las Provincias con el columnista, locutor y escritor, además de viejo colega, Ramón Palomar en la que declara que escribir una columna de opinión diaria es droga dura. Le envidio sanamente porque yo, que también vivo como puedo de mis ideas y mis opiniones, cada vez tengo menos ganas de decir cosas. No es que no tenga nada que decir, es que me van quedando pocas ganas. Porque ya no sé si sirve de algo tenerlas y porque no tengo ganas de gritar, ni de insistir. Sin embargo, como padezco de esa compulsión escritora que afectaba al delirante protagonista de la novela de Quinto, no me cuesta ningún trabajo escribir. Y como a su protagonista, no sé ya ni para qué ni para quién. No sé si tiene sentido o no. Ni siquiera sé si toda esta confusión identitaria me importa realmente o no -supongo que sí- o si se me pasará cuando desaparezca eso que llaman la fatiga pandémica. Además, como los nuevos locos años veinte están al caer -fijaos si serán locos que igual incluso habrá fallas en otoño, qué buen título para un disco o una novela-, seguro que, dentro de unos meses, vacunadito ya, el optimismo me anega como si fuese un arrozal en verano. Y si no, siempre me queda el comodín Warhol. Buscar uno de sus aforismos y aplicarlo todo lo que se pueda. El favorito siempre es contestarme a mí mismo: ¿Y qué?

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