opinión

El culo de Fatshuayi

11/01/2019 - 

VALÈNCIA. Tras clasificarse en cuarta posición la temporada pasada, el Valencia buscó durante el verano un delantero que le ofreciera garantías para competir en la Liga de Campeones, el regalo envenenado que encierra hacerlo bien en el torneo doméstico. Descartado Simone Zaza, más por la incompatibilidad de caracteres con el entrenador, responsable último de las contrataciones y los despidos, que por su calidad futbolística, el Valencia sondeó el mercado para encontrar un atacante que no le saliera muy caro y le garantizara suficientes goles como para mejorar las cifras del año anterior, pero con una competición de máxima exigencia de añadido.

El 10 de agosto, tres semanas antes del cierre del mercado, el club valenciano anunció un acuerdo con el Chelsea para la cesión del belga Michy Batshuayi por una temporada. La efectividad del jugador ante el gol, demostrada en su paso por el Standard de Lieja, el Olympique de Marsella, el Borussia de Dortmund y, en menor medida, el Chelsea, hizo ilusionar a la afición valencianista, siempre ávida de contar en su equipo con un futbolista de alto nivel, pero con memoria ictínea en casos similares. Como el de Johnny Rep, que llegó al Valencia en los 70 con tres copas de Europa y un subcampeonato mundial debajo del brazo, pero su mayor rendimiento lo dio en las interminables noches de la discoteca Brujas, en los bajos del hotel Astoria, donde vivía. O el de Rabah Madjer, aterrizado por sorpresa en el mercado de invierno en el Valencia recién ascendido de mediados de los 80, tras deslumbrar al mundo con un gol de tacón en la final de la Copa de Europa del año anterior ante el Bayern, y que disfrutó de un soleado Ramadán con su familia en la ciudad. Y tantos otros (Romário, Diarte, Ortega, etc.) que llegaron como estrellas y se marcharon estrellados. Pero Batshuayi no tenía por qué ser así. Un jugador con ganas de reivindicarse siempre es bienvenido. Hasta el punto que incluso la parroquia valencianista encontró en el nombre del futbolista una señal premonitoria de que iba a ser el crack del futuro: el apellido Batshuayi comienza con el nombre en inglés del símbolo del club, el murciélago. Bat-shuayi ya era uno de los nuestros antes de haberse puesto la camiseta del centenario.

El problema es que el jugador que llegó a Valencia en pleno verano para reforzar la delantera del equipo no fue Batshuayi sino Fatshuayi. Su nombre y su físico no apelaban al murciélago que siembra el terror futbolero por Europa cuando el Valencia destaca, sino a un tipo con un culo como el de una cantante de góspel de Nueva Orleans, un gordo que se movía en el área como un elefante, no como una gacela. En cierto modo, recordaba a Santi Idígoras, delantero que llegó al Valencia crepuscular de los 80 con muchos más kilos que los que le sirvieron para erigirse como uno de los letales delanteros de la Real Sociedad que ganó dos ligas. Y eso, con un tirillas de entrenador como Marcelino, obsesionado por el peso de sus jugadores y que hace de la ausencia de grasa corporal una bandera para enarbolar buenos resultados, ha resultado un cóctel letal. Parece que la condescendencia del técnico con los kilos de más del belga ha contagiado a la plantilla, que se ha visto liberada del régimen marcial al que fue sometida la temporada pasada, y eso se traduce en llegar una décima de segundo tarde al balón que el año pasado cortabas o rematabas para evitar o marcar un gol. En fin, esa décima de segundo que se traduce en ese centímetro que en el deporte separa la gloria del fracaso. La mejor demostración la hemos observado a la vuelta de la Navidad, cuando el culo de Fatshuayi, alimentado por turrones, mazapanes o lo que coman en Bélgica para tan entrañables fechas, ha sido capaz de hacer que su propietario fallara la ocasión más clara de la historia del fútbol ante el Sporting.

Así que dejemos de echarle la culpa del “centenagrio” a Parejo, Rodrigo, el VAR, los campos helados, las lesiones inoportunas o los árbitros, y apuntemos al culo de Fatshuayi, verdadero causante de todos nuestros males. 

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