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13 de noviembre / OPINIÓN

El escudo no se ensucia  

8/02/2022 - 

VALÈNCIA. De verdad que hago todo lo posible por encontrar algo de sentido a tanto despropósito y no caer en una indiferencia sin solución. Es incomprensible este nivel de deshora, esta capacidad ilógica de echar por tierra todo lo construido y no encontrar una vía de escape a esta pesadilla. No vi el partido del viernes y tampoco me preocupé en exceso. Fue por ese desencanto por todo lo acumulado o también por una cuestión de tranquilidad mental. Solamente vi repetido el primer minuto; esos 43 segundos que precedieron al 1-0 y un poco más de la repetición de la acción por ver quién o quiénes habían metido la pata en otro horror reconocible. Tuve suficiente, no quise cabrearme más.

Me he perdido muy poquitos encuentros del Levante en estos últimos años, que he visto a posteriori, a veces no enteros y procurando no saber el resultado, y esta temporada llevo tres. Porque puñalada tras puñalada, este equipo ha desconectado a muchísimos. Y son tantos los responsables que no se salva nadie: desde una gestión deficitaria en lo deportivo, financiero y social a unos jugadores que están destrozando una pasión difícil de explicar salvo que la vivas desde dentro. Y eso que el pasado jueves se cumplió un año del gol de Roger Martí al Villarreal que supuso la histórica clasificación para las semifinales de la Copa del Rey en un Ciutat vacío. ¿Cómo es posible que en esos 365 y pico días haya cambiado todo de esta manera?

Esta vez voy a insistir en lo que creo que es el verdadero Levante. No me cansaré de repetir, porque parece que unos cuantos no se acuerdan y viven en una realidad paralela injustificable, que esto va de sentimiento. De la humildad del pequeño. De una esencia y unas raíces que no entienden de si estás en Primera, Segunda o Regional Preferente. De compartir cada encuentro con los tuyos, en tu butaca del estadio, con una cervecita y tertulia previa en los aledaños. De sufrir, vibrar, llorar de emoción o de frustración ante el rival y el escenario que sea. De tener voz, de sentirse partícipe del auténtico ‘Orgull Granota’. Y ahí radica el mayor de los errores cometidos: olvidar quién has sido y cómo has llegado hasta la máxima categoría que abandonarás por no haber sabido cuidar y gestionar un botín tan preciado. Pese a las zancadillas que han apartado al levantinismo, esta adrenalina seguirá en la categoría que sea. Los que no quieran estar en Segunda que no molesten, que se hagan a un lado. Porque habrá un día que el actual presidente ya no estará al frente, que esta camiseta la lucirán otros futbolistas, que habrá nuevos ídolos, y el Levante seguirá, resistirá y será el impulso de un mogollón de fieles.

Seamos justos, y me duele una barbaridad, pero con otro entrenador hubiéramos lanzado más pestes todavía tras el enésimo desastre de la temporada en el Coliseum. Y lo mismo digo si la pérdida de Pepelu en el 2-0 en una situación en ventaja la hubiera hecho otro futbolista con un contrato inapropiado a su rendimiento. Esta defensa a ultranza del equipo va a hacerle mucho daño a Alessio. Este era el sueño de su vida y un marrón más grande todavía que su ilusión. Su mensaje público, que sí que cala, se viene abajo tras cada partido e irremediablemente obliga a pensar si es el preparador idóneo para ser el responsable de devolver al equipo a Primera el año que viene. Está clarísimo que este empastre no es solamente una cuestión de banquillo. Antes de todo habría que tener de una vez por todas una dirección deportiva y tomar decisiones profesionales.

Paco López fue víctima de su éxito, Javi Pereira simplemente no tuvo que haber venido y Alessio Lisci está siendo engullido por la autodestrucción, por la improvisación y los constantes tiros al pie; por un contexto caótico que le ha colocado en el primer plano más pronto de lo normal y que tampoco está sabiendo gestionar. El míster italiano, al que tampoco se le podía exigir milagros, está gastando más energía de la cuenta en apagar fuegos que no son de su responsabilidad, sin apenas soldados que le cubran las espaldas y eviten que se exponga tantísimo. Otro escudo prácticamente hecho añicos.

El Levante es carne de Segunda. Ojo, no digo que haya que tirar la toalla con 16 jornadas por delante, porque eso sería adulterar la competición. Otra cosa es el sentir de la grada. Y en ambas situaciones debe imperar el realismo y dejarse de milongas que ya no compra nadie. Hay que bajar con dignidad, defendiendo el escudo hasta el último partido. Los futbolistas deben ser conscientes de que se juegan su futuro y no querrán (aunque seguro que habrá alguno que le dé absolutamente lo mismo ya que su cabeza está fuera de Orriols) que en su currículum aparezca que formaron parte del peor equipo de la élite de la historia. El final que jamás hubiéramos deseado está virtualmente escrito. Más pronto que tarde llegará matemáticamente la crónica de una muerte anunciada. Ahora hay que empezar a reconstruir el futuro, con unas bases sólidas y estructuradas en todos los aspectos, e intentar como sea que el levantinismo no se desencante todavía más. Y en este proceso ya se ha perdido muchísimo tiempo, con demasiados daños colaterales que habrá que reparar.

Hasta que llegó la primera y única victoria ante el Mallorca de Luis García, hemos hablado del bloqueo mental y la mala suerte en muchos partidos como dos motivos para argumentar la caída libre y minimizar las enormes y evidentes carencias que no se han solventado con ninguno de los tres entrenadores. Esto ya no se sostiene. Es intolerable. No hay defensa posible para unos jugadores que, salvo algunas excepciones que sienten como suyo este escudo y estoy convencido de que seguirán e intentarán recuperar el terreno perdido el próximo curso, están pisoteando un sentimiento.

El rostro de Postigo en su comparecencia tras la ‘bofetada’ del ‘Geta’, aún en el césped azulón y con los ojos vidriosos, reflejó la impotencia total de un equipo que ya no tiene nada que ofrecer y que no está dando durante toda la temporada el mínimo que exige la cúspide del panorama nacional. Fueron las palabras de un capitán que asumía el descenso. Que cada futbolista haga autocrítica y se pregunte si está no solamente al nivel de esta institución con más de 110 años de historia sino también a la división en la que juega cada fin de semana. Hemos pasado de la esperanza en el milagro al deseo de que la muerte por guillotina sea rápida y se evite profundizar en la agonía.

Muchos insistimos en su día que era un error no haber sabido poner fin a un ciclo que estaba caducado y pedía una regeneración. Un vestuario que se había acomodado, que necesitaba que aparecieran un puñado de jugadores que inyectaran un plus de competitividad y pusieran las pilas al resto. Aquí están las consecuencias. Asfixiados en lo económico y sin alma en lo deportivo. Lo de la pandemia, por muchas veces que se repita, no pasa a ser una verdad que convenza y frene la crispación. La solución no debería pasar únicamente por un cambio de nombres. Es vital confeccionar un modelo de club en el que se escuche al levantinismo y se sienta más representado. Ojalá que el granota de base pueda tener la posibilidad de elegir el destino del equipo de sus amores.

Me gustaría pedirle una cosa al club: que libere la obligatoriedad de asistencia para la renovación de abonos, que no haya penalización para el curso que viene. Porque el aficionado necesita y merece descansar de este suplicio. Menos exigir al sufridor granota y más premiar su fidelidad en una temporada en la que no está recibiendo nada de nada.

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