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El fútbol no era importante

10/04/2020 - 

VALÈNCIA. Si algo estamos aprendiendo de esta situación insólita, de tener que permanecer encerrados en casa para no ser infectados por un enemigo invisible (el adjetivo se lo puso Trump, no yo), es a discernir las cosas que son importantes y las que no. Embutidos en una vida frenética, convencional y mecánica, considerábamos fundamentales cosas que ahora nos parecen tonterías, o, cuanto menos, mucho menos relevantes de lo que son. No voy aquí a soltar el manido rollo de que solo valoramos lo que tenemos cuando lo perdemos. Eso es cierto, en la vida frenética, convencional y mecánica, el día en que perdemos a alguien, ya sea porque se muere o porque te abandona. Y también nos pasa ahora. Yo echo de menos nadar más que nada, pero eso ya sabía que me iba a ocurrir el día en que Pedro Sánchez decretó el estado de alarma. Hablo de establecer prioridades en la vida.

Hemos aprendido, por ejemplo, que poseer un buen sistema sanitario público es esencial para nuestra supervivencia, que el sacrificio colectivo vale la pena y, sobre todo, que el miedo tiene suficiente poder como para hacernos renunciar a la libertad, algo que no deberíamos olvidar en un futuro cercano, cuando nos prometan cercenarla a cambio de conservar banderas, patriotismos o valores rancios. Comprar libros que leerás cuando esto acabe para sostener la librería del barrio o sacarte un abono del cine que está a cinco manzanas de tu casa para que pueda seguir proyectando cine clásico y moderno en unas condiciones de sonido e imagen extraordinarias son pequeños gestos con los que nos demostramos qué nos importa, qué es lo que queremos conversar cuando despertemos de la pesadilla vírica.

Sin embargo, al menos yo he aprendido también que el fútbol no forma parte de esas cosas que más me importan. Cuando, el 13 de marzo, nos instaron a clausurarnos en nuestros domicilios por tiempo indefinido, pensé que, privado de la dosis semanal de partidos, la cuarentena se me haría insoportable, que acabaría teniendo el mono, como un yonqui desnudo, y que ni siquiera la metadona de la liga australiana, jugada en estadios vacíos y en horarios matinales, podría mitigarlo. No ha sido así. No sé si es porque ha desaparecido de mi vida, sepultado por una disciplina en el confinamiento que me empuja a tener la sensación de que no pierdo el tiempo, o porque se ha convertido en una reliquia del pasado, una memoria selectiva que solo nos recuerda los triunfos del Valencia en forma de partidos televisados que avivan tiempos mejores, pero casi prefiero que la competición no se reanude. Sé que, si el Valencia estuviera en nuestra liga en la posición de que está el Liverpool en la inglesa, no haría esta afirmación, aunque, en ese caso, la sensación de haber ganado una liga interrupta sería agridulce.

Esta indiferencia se traspasa a todo tipo de información deportiva. Hasta el punto de que me parece absurdo que los medios de comunicación sigan dedicando un generoso espacio en sus páginas o en sus preciosos minutos televisivos a hablar de un fútbol desaparecido, a mostrar noticias que no serían tales ni en un domingo de puente de agosto. Me la traen floja los rumores que sitúan a canteranos del equipo en otros lugares, los vídeos de futbolistas entrenándose en sus mansiones, algunas con gimnasio y jardín de varios acres, o el lío legal que se puede montar el 30 de junio, cuando muchos futbolistas acaben sus contratos y se marchen a los equipos con los que ya se han comprometido. Veo que los jugadores regatean una reducción de su sueldo y me indigno pensando en los amigos y conocidos que se han quedado sin trabajo.

Tebas está empeñado en reanudar la liga, ya sea por lo civil o por lo criminal, que diría Luis Aragonés, y propone un plan de medidas para llevarlo a cabo aplicando el capitalismo más salvaje: jugar partidos cada 72 horas y, si es preciso, en los meses de verano. Imagino que no programará partidos a las doce de la mañana o las cuatro de la tarde, aunque es capaz. Además, prevé jugar a puerta cerrada, al menos hasta que el gobierno le permita que entre gente en los estadios, para convertir el campeonato en un espectáculo televisivo, su vieja y oculta ambición. A mí, la verdad, es que me da igual porque, cuando esto acabe, quizás me haya desenganchado del fútbol.

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