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opinión pd / OPINIÓN

Enemigos del fútbol

23/02/2021 - 

VALÈNCIA. Ahora que está tan de moda el debate sobre la libertad de expresión (aunque sea un tema bastante más viejo que este del presente) y esté algo más focalizado en un mal cantante, condenado por delincuencia, quisiera poner sobre la mesa algunas cuestionas que relacionan dicho debate con el Valencia CF y sus políticas de comunicación, tan restrictivas como caciquiles en muchos casos. Bueno, tampoco exageremos: es algo más general del fútbol español, de quienes rigen los destinos de los clubes y de quienes participan de este sarao, porque si esto fuera solo deporte no tendría ni tanta atención, ni movería tanto dinero ni sería tan relevante en nuestra vida, en líneas generales.

Últimamente, con esa cadena de despidos que despobló de valencianos y valencianistas al club, el Valencia CF está tomando como medida vetar, cortar el paso, dar libre acceso o lo que sea a ciertos medios, sobre todo los regionales. Le tocó vivir semejante situación a Plaza Radio y ahora le ha tocado a Tribuna Deportiva. Pero, ¿quién sabe? Todos los medios están sobre aviso: han llegado los sheriff del condado para poner a cada cual en su sitio. Lamentable, porque los medios de comunicación no solo son necesarios sino que, sin ellos, este espectáculo no sería nada más que la parafernalia de cuatro iluminados que se creen dioses, bien porque le pegan decentemente a un esférico o bien porque creen dominar el mundo con el cetro de un club. En cualquiera de los dos casos solo les cabe una palabra en la frente: la mentira. Y los medios son quienes pretenden que dicha mentira sea menor, pero también que a cada cual se le reconozca su verdad, ya que esta no existe plenamente. Negarle a la gente oír los puntos de vista, contrarios o no, de las cosas nunca es negativo: es solo información, más o menos acertada, que el tiempo confirmará. Ni más ni menos. Y con ello la credibilidad, por lo tanto, bastante mal le hará el tiempo a un medio si este pierde credibilidad, así que dejemos que las cosas tengan su evolución normal.

Los medios de comunicación deportivos, que se tienen que someter al despotismo del fútbol, viven bajo una dictadura: el silencio como venganza o represalia. Hoy es difícil que un niño o una niña oigan a sus ídolos contarles cosas, darles consejos, revivir aventuras de superación, reflexiones que, a veces, son necesarias oírse a ciertas edades. Esa política de restringir la presencia del mensajero nos provoca situaciones de distanciamiento que me resultan indignantes para personas que están intentando ejercer su trabajo de la mejor manera posible. Y ese trabajo no es más que intentar hacer llegar un mensaje a miles de personas que quieren comunicar con su club, de manera directa, efectiva y afectiva. No lo entienden bajo la bandera del orgullo y de la dignidad personal frente a aquellos que quieren hacernos mal. No se trata de eso: uno hace y otros valoran lo que hace, sobre todo cuando se quiere calificar de espectáculo aquello que se intenta hacer. Y si la puesta en escena es patética, pues hay que decirlo; y al revés también, que no he visto medio de comunicación que escatime elogios si estos son inevitables. Y me da igual de qué club seamos.

En España se ha apostado por hablar por lo bajito, a hurtadillas, para que no nos vean, y así yo me cubro las espaldas. Se llama filtración, y es tan vieja como otros oficios que venden la dignidad de cada cual para conseguir algún beneficio. Sería mejor poder preguntar y poder responder, siempre que estén bien delimitados los márgenes del respeto y de la tolerancia. Una crítica deja de ser negativa cuando el que responde da sus argumentos y contrarresta su decisión. Otra cosa es si tras la pregunta y tu respuesta queda mucho más en evidencia tu error, tu incoherencia o tu cabezonería. Eso ya depende de la destreza intelectual de cada cual y en el mundo del fúbol, por desgracia, no vamos tan sobrados. Evidentemente, cuanto más te expones más peligro corres de meter la pata y al final, lo acaban pagando justo por pecadores. Eso es cierto: en el Valencia, por ejemplo, solo Javi Gracia da la cara ante los medios. Todos los demás callan, excepto los capitanes en momentos determinados, para arengar al valencianismo o para dar explicaciones ante situaciones con poca explicación, la verdad. Se le tiene que preguntar al técnico por cuestiones del club, de ahí su hartazgo, pero no debe confundir tampoco el entrenador una cosa: por algún sitio los periodistas deben hacer ver que saben más de lo que preguntan en abierto o que no saben nada. La cuestión es que los aficionados son quienes sufren todo esto.

Tú no puedes cortar el camino de quienes tratan de comunicar: te pueden gustar más o menos los Paco González, los Manolo Montalt y Salva Folgado, los Manolo Lama, Paco Polit, Vicente Fuster, los Fran Guaita o Carlos Martínez, los Fernando Álvarez y Javi Lázaro, Conrado Valle o Julián Burgos, los José María García, Chente Oliver y Juanjo Romero, los Siro López, Hugo Ballester, Vicente Bau, Carlos Bosch, o los Paco Lloret, Dani Meroño,  los De la Morena, los Pedrerol y los Alfredo Duro, y los Héctor Gómez, etc. Elige quien te haga más llevadero el tiempo, porque de eso se trata todo este espectáculo: de crear opinión, de abrir debates, de problematizar, de no llegar a acuerdos o de tender puentes. Porque mientras estamos discutiendo de fútbol civilizadamente, mientras vamos comprendiendo que uno es como es por lo que hace y piensa, no estamos pensando en tirar piedras contra la policía, en levantar aceras, quemar contenedores, robar o saquear en tiendas a las que has roto los escaparates, en tumbar una moto o en llamar fascista a alguien a las primeras de cambio. Mientras no entendamos que en el diálogo está la virtud del progreso, mal vamos; por eso, que los clubes de fútbol apuesten más por la tirantez que por la comunicación es una invitación al malestar, a la incomodidad social, más que nada porque sabemos que atenta contra esa maravillosa libertad que la naturaleza nos ha concedido ya solo por nacer: la expresión y que solo el ser humano se prohíbe a sí mismo a pesar de su raciocinio, que tanto lo distingue del resto de la fauna.

Es verdad que un club de fútbol puede ampararse en su estatus de empresa privada y un futbolista en su estirpe de elegido solo para hablar en un terreno de juego. Cierto, pero entonces, que no pidan el apoyo público nunca, porque abogar por la profesionalidad cuando solo este concepto te beneficia te convierte en oportunista. Luego, cuando se dejan el fútbol, buscan rápidamente a ver si algún medio les puede contratar para comentar o para escribir una crónica. Seamos coherentes, entonces. Facilitemos desde ya la comunicación, porque si los clubes reciben dinero que les ayuda a sobrevivir es gracias a los medios de comunicación en todos los sentidos: tanto en los derechos televisivos y en el canon que pagan las radios, como en el hecho de que tienen publicidad porque dichos medios, luego, captan sus imágenes y las difunden a miles o millones de personas. Respetemos ya, de una vez, al aficionado que está en su casa, que solo espera poder leer una noticia, oír un programa de radio o quedarse hasta las tantas, pegando cabezadas, con un programa futbolero de fondo. No seamos tan narcisistas como para negar a la gente un privilegio que la democracia ha puesto a su alcance: el derecho a estar informado. Y todo lo que no sea esto será ejercer la autoridad de arrogancia, con desprecio y con desmesurada (o extrema) autoridad. Así es como gobiernan las dictaduras. Eso sí es atentar contra la libertad de expresión y en nuestro caso en concreto, atentar contra el Valencia CF.

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