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tiempos modernos

Ernesto Calabuig: "He intentado hablar del mundo que nos desborda"

16/09/2020 - 

VALÈNCIA. No es fácil encontrar obras literarias con tanta carga moral, filosófica. Relatos como los de Ernesto Calabuig que propone una suerte de lectura meditativa y profunda sin atender a ritmos frenéticos. Con La playa y el tiempo, su último libro publicado por Tres Hermanas lo consigue de nuevo: sumerge al lector en historias ordinarias que contienen dilemas morales universales. Como profesor de filosofía en un colegio se enfrenta a una operación similar cada día: cómo despertar en los más jóvenes el misterio, el relámpago de la vida en una existencia cada vez más incierta.

Escribir es un atrevimiento, como quedarse desnuda en una playa”, escribe al comienzo de este libro. ¿Cuánta porción de pudor entrega en cada uno de sus libros?
-Pues es una pregunta interesante, porque publiqué incluso una novela que se llamaba “Expuestos” (2010) y me doy cuenta de que en mis historias, por mi manera de escribir, voy colando o filtrando mucho de mi propia vida, preocupaciones, visión particular del mundo... Me expongo.  Quien me lee puede llegar a sentir, creo, esa cercanía autor-lector. Es una relación privilegiada, pero uno paga, con gusto, el precio de dejarse conocer e interpretar. Por mi forma de contar, desde los primeros libros, mucha gente ha mostrado mucha curiosidad por saber si todo lo escrito se corresponde con la realidad, también en los grupos de lectura que analizan mis libros. ¿Quién es la mujer de la playa? ¿Cuánto estuviste con esa novia alemana? ¿Qué fue de tu padre?…

- Con este cuarto libro se completa algo que puede llamarse una tetralogía que persigue la indagación literario-filosófica sobre la finitud humana. ¿Es su gran proyecto artístico? ¿Por qué?
-Más que haberlo proyectado, ha terminado siendo así. Desde un primer libro de relatos (“Un mortal sin pirueta”, 2008) donde asomaban personajes cotidianos pero con un momento estelar o único en sus vidas, no he dejado de sumergirme en cómo el tiempo pasa tan veloz que nos arrolla. Al vivir, nos deslizamos por una superficie rápida y embarrada. Eso quise contar en “Caminos anfibios” (2014). Hacemos proyectos, los años vuelan y ajustamos nuestra perspectiva a un ritmo frenético que nos deja perplejos y sin comprender del todo la celeridad de las cosas. De eso trata este nuevo libro “La playa y el tiempo”, de cómo uno llega a los cuarenta o a los cincuenta y no acaba de asumir el lugar donde se encuentra. Somos frágiles y a la vez sostenemos el mundo sobre nuestros hombros.

Usted combina la escritura con la docencia de filosofía en un colegio. ¿De qué manera absorben los alumnos las grandes cuestiones filosóficas de la vida en un momento de enorme incertidumbre?
-Pues a partir de marzo de 2020, con la pandemia y el confinamiento, tuvimos que impartir las clases vía online. Intenté acercar en lo posible la Filosofía y los Valores éticos a los alumnos para que de verdad mi “presencia” o mi palabra sirvieran de algo en un momento tan complicado para este planeta. Surgió mucha reflexión por parte de ellos. Epicuro decía que, igual que el médico debe curar nuestros cuerpos, el filósofo debería poder curar en lo posible las enfermedades del alma. Si no, para qué. He percibido en ellos esa función y esa necesidad sanadora de la filosofía. Me ocurrió que algunos alumnos y alumnas me pedían quedarse conectados un ratito más al final de la clase, una vez que los otros se desconectaban. Estaban ahí, en su habitación, desbordados, preocupados, necesitaban escuchar y hablar.

- Una de sus protagonistas escribe: “Somos capaces de cosas importantes y, al mismo tiempo, con qué facilidad nos rompemos o desaparecemos o vemos cómo otros se rompen o desaparecen después de tanta lucha y de tanto proyecto”. ¿Es el ser humano falible y frágil por naturaleza?
-Ya lo creo. Emprendemos una tarea de titanes al crecer, al tener hijos, en nuestros proyectos profesionales. Kant hablaba de cómo somos seres limitados y a la vez somos capaces de asomarnos al infinito e intuir cosas grandes, que nos superan. Antonio Vega cantaba, en Lucha de gigantes: “En un mundo descomunal, siento mi fragilidad”. Yo he tratado de hablar de eso, de ese mundo que nos desborda, gigantesco y veloz, mientras vivimos y amamos, mientras nos esforzamos tanto cada día. Estamos en la misma playa de nuestra niñez pero somos, de repente, sin previo aviso, cincuentones perplejos y aturdidos por el tiempo.

Este libro está lleno de grandes referencias: Rilke, Goethe, Heidegger, Camus... ¿Qué filósofos le interesan más en su cualidad de grandes narradores y qué grandes escritores trascienden moralmente en sus obras?
-Imaginemos la lista que saldría si intentásemos enumerar a los grandes escritores y filósofos que consiguieron trascender moralmente en sus obras. Esos poetas y filósofos que mencionas en la pregunta comparten ese anhelo por comprender qué sea en el fondo la existencia humana, pero ese mismo impulso ¡está en tantos! En Chejov, en Virginia Woolf, en Malamud, en Haroldo Conti, en Böll, en Coetzee, en Max Frisch o en Siegfried Lenz…, o en los poemas de Joan Margarit…

Uno de los relatos sucede o se imagina en un trayecto que termina en Valencia. Otro tiene a la playa como protagonista: ¿son la playa y el tren dos lugares por excelencia para reflexionar, para pensar? ¿Es ahí donde se suspende en tiempo, en cierto modo?
-Bien visto. Sí. Salvo que estemos pendientes del móvil, un tren o una playa permiten una mirada de lejanías y también una mirada interior, un distraerse y relajarse que da lugar a la reflexión. En el cuento del tren, “Pekín-Xátiva”, quise también homenajear a mi padre y a mi abuelo, valencianos de Xátiva. El protagonista, de algún modo, regresa a los orígenes y, en ese trayecto, vive un inesperado cuento de fantasmas.

-Hablas en otro relato del “ego vampirizante de los escritores” frente a la artesanía de otros oficios como el de dibujante.
-Sí. Los escritores andamos siempre con el radar encendido, consciente o inconscientemente. Escuchamos, miramos, buscamos siempre historias y anécdotas que podamos poner en pie como texto. Creo que esa frase la digo en el cuento breve “Afueras de la ciudad”. Al protagonista le fascina que, de repente, la inocencia limpia de un dibujo de su hijo, brille más que la tarea “vampirizante” de quien escribe.

-Por último, hay un precioso relato protagonizado por Leonard Cohen y Roshi, su maestro zen. ¿Es una historia real?
-Sí. Como muchos, siento una admiración enorme por ese gran poeta de la vida y enorme cantante que fue Leonard Cohen. Me puse a investigar al detalle los años que pasó retirado en un monasterio budista a sus sesenta y tantos años y creo que salió una historia hermosa y detallada. Llegué a escribirme con la periodista sueca que aparece en el relato, ahora ya jubilada. Es la historia real de lo que ocurrió en ese tiempo. Me alegra de verdad que esté gustando a los lectores.

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