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opinión

Hablo de ti, valencianista

31/12/2019 - 

VALÈNCIA. Me pregunto si el Valencia CF es prescindible en mi vida o en la tuya, que ahora lees, con cierta calma y tranquilidad, ante la falta de noticias propiamente, la ausencia de ruido futbolero, el clímax de las jornadas del fin de semana y tantas otras cosas que, de pronto, dejan de sonar. ¡Y mira que hay cosas aún por resolver! Pero da igual: necesito que ruede el balón de una vez, que me urja ir a Mestalla, ponerme la bufanda, respirar esa humedad del césped, deslumbrarme con las luces nada más entrar a las gradas, o sentarme delante del televisor si juega fuera y no puedo viajar o coger la radio si el partido me ha cogido en el coche. Lo necesito demasiado, por lo que veo. Y no es que esté anestesiado ante ciertas calamidades que se hacen o se han hecho, ni que acepte cómo se han desarrollado muchos de los hechos que aún requieren una explicación cabal por parte de los dueños. No es que dé mi brazo a torcer en asuntos que se quedan en un limbo de incomunicación preocupante. No es eso: es que el Valencia CF vive por encima de eso, lo llevamos más adentro de lo que algunos aún no saben. No es un efecto sobre la piel, sino más profundo, más allá de las emociones transitorias, por eso, cuando marcamos un gol, aunque vayamos perdiendo de dos, creo que vamos a empatar y si nos dan cinco minutos más, ganamos. Y a veces lo conseguimos y otras no, pero da igual, porque tengo esa sensación dentro de mí incluso varios días después de haberse jugado el partido.

Sí, hablo de mí, pero ¿no hablo de ti? ¿No nos sentimos así los aficionados y aficionadas? Tengo la sensación de que ese sentimiento valencianista me une a una gran familia que no conozco personalmente, pero que está ahí, que siente lo mismo que yo, que sufre los sinsabores igual que yo, que pensamos igual o con algunos matices diferentes pero nunca enfrentados: podemos tener puntos de vista algo alejados si queremos, pero cuando nos fracturamos y nos descalificamos es cuando empezamos a perder la batalla y el equipo se hace más pequeño e, incluso, insignificante, porque es el valencianismo el que se rompe y no el equipo. Los hay quienes creen que por decir aquello que piensan, exponiendo argumentos, se va contra el club o contra un entrenador pero no se me ocurre dardo más dañino que callarse ante los hechos, porque señalar un error o una incongruencia no es hacer daño, sino querer curar rápido la herida que otros han hecho.

El valencianismo no es ni de un bando ni del otro: es del escudo, del equipo que esté en ese momento, del entrenador que se ponga al frente de una plantilla, pero si su grito es incondicional, si su apoyo se entrega desde más allá de su garganta, entonces le pide a su equipo que defienda ese escudo hasta el final, que lo honre; y a su entrenador que acierte en la manera de gestionar eso mismo. Cuando esto no se da, debe reclamarlo y no hacerle callar, porque esta afición ha demostrado estar muy por encima de las circunstancias siempre y nunca ha dejado de responder, desde su cariño a sus colores: el fútbol es pasión, no lo olvidemos, y como toda emoción va a base de gráficas punzantes marcadas por resultados o expectativas. No podemos ser una afición lineal, como se quiere, porque estaríamos muertos en verdad. Se habla de nuestra grada con descrédito por parte de muchos periodistas que no están en Mestalla: parece que les gusta sacar en primer plano la música de viento de la afición y no recordar que, por ejemplo, el Calderón lanzó huevos contra su equipo; o que los merengues silbaron a Casillas, Míchel o Ronaldo entre otros; o que en Barcelona las estrellas siempre se han ido de mala gana asqueados por su club y por su afición, por no hablar de la politización constante y permanente a la que someten cada partido. Lo digo solo por poner ejemplos, porque me ofende (por no decir otra cosa) que todos estos se vayan de rositas cuando silban a su equipo y a nosotros nos cuelguen el cartelito de afición difícil. Quizá lo que quieren es eso: desestabilizar, romper uniones, hacernos más débiles con la descalificación. Esta afición solo silba (y no siempre) cuando el equipo no pone la profesionalidad sobre el campo o sus directivos no actúan correctamente: ni más ni menos. No dirán que es una de las aficiones más maduras y sanas de primera división. Pero nosotros lo sabemos.

Hablo de mí cuando veo a un niño sonreír entrando a Mestalla y me trasmite su sonrisa, cuando veo a la gente intentando conseguir un autógrafo de los jugadores o una foto con ellos (siempre que se dignen a bajar del coche, claro). Hablo de mí cuando celebro un gol con el de al lado aunque no lo conozca y comentamos que tal jugador o tal otro no debe jugar en esa posición con ese 4-3-3 que a veces sí y otras no. Este silencio de fútbol, tan elocuente, me hace ver que somos muchos los que hablamos de nosotros mismos cuando echamos de menos a nuestro equipo y queremos que el fútbol nos llene una buena parte del día, del mes, del año. Acaba este 2019 mágico y a ti, lector y lectora, te agradezco que quisieras hablar este mismo idioma, esta misma emoción, este mismo sentimiento que es el valencianismo con todas sus letras: que el 2020 nos haga más fuertes, nos dé más unión y no permita que nos quiten la alegría. ¡Amunt!

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