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'QUÉ PASA CON LOS INSECTOS DESPUÉS DE LA GUERRA'

La resistencia de Escif

21/02/2020 - 

VALÈNCIA. El sol, la rosa y el niño/ flores de un día nacieron/ Los de cada día son/ soles, flores, niños nuevos. En un momento en el que los versos de Miguel Hernández están siendo arrancados de los muros toca volver a revisarlos -cómo si hiciera falta excusa para ello-, una relectura que nos dé nuevas pistas para resituarnos. Entre las flores te fuiste/ entre las flores me quedo. Flores, sí, pero, ¿por qué flores? Cantaba Marlene Dietrich a las tropas norteamericanas, en plena Segunda Guerra Mundial, ‘Where have all the flowers gone?’, convertida a la postre en un himno contra la guerra. “Nunca estaba en contra de Alemania; estaba en contra de los nazis”, llegó a declarar la estrella germana. Son estas flores, que crecen, se recitan y se cantan en medio de la barbarie, una de las claves del proyecto expositivo del valenciano EscifQué pasa con los insectos después de la guerra, una muestra comisariada por Teresa Juan que supone un hito para el panorama cultural valenciano. Un hito por la ruptura de la barrera entre el conocido como arte urbano y la institución museística y, también, por la propia presencia del creador, muy poco dado a apariciones públicas, en la inauguración, que contó con el gerente del Centre del Carme, José Luis Pérez Pont -que destacó una exposición en la que "lo personal es político"-, y el concejal de Cultura Festiva, Pere Fuset.

"Nos interesaba mucho de la idea de las flores como un elemento que recoge esa pulsión de creación y destrucción. Algo tan concentrado, tan bello, que refleja la idea de la vida y la muerte", explica Escif. Sin embargo, cuando uno se sumerge en la Sala Dormitori del Centre del Carme… no ve ninguna flor. Tienes que subir por las escaleras –no sean perezosos- para, a través de la cristalera, ver un mural exterior del que brotan una flores que, por supuesto, no están situadas de manera inocente. La obra se vincula con Fantasía floral, la primera pintura realizada por el dictador Francisco Franco. De nuevo, creación y destrucción. “La exposición invita a pensar dónde se quedaron esas flores”, reflexiona el autor. Una vez dentro de la sala, de nuevo, la idea de jardín, aunque sin vegetación. En esta ocasión un buen número de esculturas clásicas ocupan el espacio, estatuas garabateadas, en las que se pueden leer decenas de mensajes escondidos en sus pliegues. “Por nuestra corta eternidad”, reza uno de tantos, en una suerte de brindis. También los garabatos se vuelven tridimensionales, trazos inspirados en los realizados por varios niños y niñas en un taller previo a la muestra. El jardín dibujado, sin embargo, no se antoja como un lugar para el recogimiento: la proyección de imágenes de zonas de conflicto como Alepo o Gaza condicionan la visita.

A pesar de esto, una palabra resuena en los discursos de Escif y Teresa Juan: esperanza. Y es el movimiento de las piezas el que, como las flores brotando, ponen esa luz tras el túnel, esculturas que giran por cada niño o niña nacido en Gaza. En concreto, 144 al día. “No deja de ser un símbolo de resistencia, pero también de esperanza", reflexiona el artista sobre el hecho de que una de las principales zonas de conflicto bélico cuente, al tiempo, con una con las mayores tasas de natalidad. También cabe en esta reflexión una segunda capa, la que conecta este clima con el capitalismo, con una sociedad en la que parece que nada se puede hacer por cambiar el status quo. Ya decía Mark Fisher que hoy parece “más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Pero la imaginación es más fuerte que la realidad. “Hay que construir discursos de esperanza y engrosar los símbolos de resistencia para que la gente pueda identificar ese mundo por el que luchar", defiende Escif.

¿El resultado? Un jardín mecánico en el que dialoga la idea de creación y destrucción. Desde el relato de la guerra, Escif articula un concierto ruidoso en el centro de un espacio de silencio en el que, a pesar de todo, es posible seguir naciendo. Pero esta es solo una de las caras de la moneda, un ying que tiene su yang en la plaza del Ayuntamiento. Para despistados: Escif es el encargado de diseñar la falla municipal de 2020, un proyecto que lleva a cabo de la mano de Manolo Martín y José Ramón Espuig y que promete romper con la idea clásica de falla, con un monumento móvil que salpicará toda la plaza de ninots. “Si en el epicentro del ruido estamos plantando un espacio de silencio, como la falla del Ayuntamiento; [con la exposición] nos vamos al lado opuesto, a un templo del silencio, como puede ser un museo, y en centro de ese silencio plantamos un momento de ruido: una reflexión sobre la guerra”. Ese espacio del silencio en plena calle está protagonizado por la figura de una mujer meditando que, con los ojos cerrados, se levantará en el centro de la ciudad. Aunque de manera casi imperceptible, girará sobre sí misma para, en 24 horas, dar una vuelta completa.

Es la idea de constante movimiento (Esto también pasará es el lema de la falla) lo que vincula los dos proyectos artísticos, una narración que se enfrenta a la rapidez de la sociedad actual y que, también, nos enfrenta a violentas realidades que están más cerca de lo que pensamos. En esta fotografía, la esperanza se vislumbra a través de unos insectos que siguen dependiendo de las flores y, por ende, manteniendo un cierto equilibrio en pleno caos. "Si bien el arte es un espectáculo, y entra dentro de los parámetros del espectáculo, a mí me gustaría trabajar en la dirección de acercarme a la vida y siento que tanto la falla como este proyecto son proyectos que trabajan en esa línea de conciencia", explicó Escif durante la presentación. "Vivimos unos tiempos bastante convulsos. A pocos kilómetros de nosotros se están viviendo situaciones como la que vemos en el vídeo y, de alguna manera, somos participes de todo lo que está pasando".

"¿Dónde están las flores en este mundo tan brutal?", se preguntaba por su parte ayer Teresa Juan. Se remitía entonces a otro poeta, Paul Celan, que desafió con sus versos a Theodor Adorno, quien dijo que no era posible escribir poesía después de Auschwitz. Pero el jardín siempre acaba encontrando recovecos por los que aparecer.   

Éramos
manos,
vaciamos las tinieblas, encontramos
la palabra que remontó el verano:
flor.

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