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opinión pd / OPINIÓN

La temporada de la vergüenza

24/07/2020 - 

VALÈNCIA. La espiral del horror en la que cayó el Valencia en septiembre del año pasado nos ha impedido comprender, de tan absortos que estábamos en nuestros problemas, la dimensión de la chapuza en la que se ha convertido esta temporada en el fútbol español, una cadena de despropósitos que no cesa ni siquiera cuando el balón ha dejado de rodar.

La temporada comenzó arrastrando la polémica generada en el curso anterior sobre la aplicación del VAR. Un año después de su puesta en funcionamiento, el espectador sigue sin saber cuáles son los criterios bajo los que actúan los ocultos “supercicutas” del arbitraje en muchos supuestos. A lo largo de la temporada hemos visto decenas de casos en los que, durante un mismo encuentro, se sancionan de diferente manera acciones similares. El VAR, en lugar de hacer el fútbol más justo, ha engordado la leyenda de la manipulación, ahora más sofisticada, por medio de un sistema que legitima el error por encima de la realidad. Y esta temporada ha completado su obra cumbre, sobre todo tras la reanudación del torneo, donde hemos podido asistir a un festival de decisiones incomprensibles cuyo beneficiado era siempre el mismo equipo. El VAR, en el fondo, ha empañado los méritos de un Real Madrid que ha sido el mejor equipo de esta extraña liga, porque en el recuerdo de todos quedará que el título lo ganó gracias al videoarbitraje, cuando lo habría conquistado igual sin ayudas externas.

De hecho, la liga la ha ganado el Madrid, entre otras cosas, gracias a la voluntaria rendición del Barcelona, que cesó a su entrenador en enero, cuando el equipo iba líder, y acabó tirando por la borda la ventaja que había adquirido en la primera parte del campeonato. Y eso que el equipo catalán contó con la reglamentaria (aunque poco ética) ventaja de poder fichar a un futbolista adicional una vez cerrado el mercado de invierno. Pero el fichaje de Braithwaite solo sirvió para dejar al pobre Leganés en cuadro cuando se jugaba la permanencia, pese a que, en el regreso de la competición, cuando ya se había recuperado el jugador al que sustituía el danés, se alinearon ambos futbolistas, gracias a un marco legal que permite impunemente adulterar la competición.

Claro que, en competiciones adulteradas, el premio se lo lleva la segunda división, en la que, por obra y gracia de una cacicada de Tebas, el campeonato ha acabado sin concretarse ni los ascensos ni los descensos, además de poner el peligro la salud pública. Todo un “strike” de la incompetencia. El extraño positivo por COVID-19 de la plantilla del Fuenlabrada, comunicado tarde y mal a las autoridades sanitarias, combinado con la absurda decisión de aplazar solo el partido en el que jugaba el club madrileño y no toda la jornada, ha desatado una tormenta de proporciones impredecibles, ya que los clubes de segunda se han lanzado a degüello a denunciar las irregularidades de la gestión de Tebas, cosa que los de primera no se atreven a hacer. La chapuza del caudillo de la LFP tiene difícil arreglo y acabará, a buen seguro, en los tribunales de justicia.

Todo ello es consecuencia del empecinamiento de Tebas por acabar la liga de la forma que fuera para no perder el dinero que las televisiones pagan por la emisión de los partidos (desde mi ignorancia en el tema, ¿no podrían haber incluido un seguro para causas de fuerza mayor en un contrato tan grande?), lo que ha propiciado un final del campeonato a puerta cerrada, con la televisión como único testigo y con un muestrario de efectos especiales de serie B para transmitirnos una emoción que no existía, desde muñecos en la grada hasta sonido de ambiente falso, pero con los futbolistas comportándose como si nada ocurriera fuera de su burbuja. Mientras a la población se le recomienda y ordena que respete las distancias con sus semejantes, el fútbol ofrece todos los días abrazos, besos y contacto físico para dar ejemplo de que vive en otro mundo.

La temporada de la vergüenza ha tenido mucho más. Una Supercopa montada para blanquear un régimen homófobo, misógino y sanguinario cuya final no jugaron los campeones de liga y copa del año anterior, un partido que ha sido calificado por los científicos como la bomba viral que ayudó a propagar el COVID-19 por Europa, y la sensación general de que, por culpa de la pandemia, todos los torneos han perdido credibilidad a causa de las diferentes condiciones en las que se jugaron y se jugarán los partidos después de que el mundo se parara.


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