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el bodeguero errante

Los grandes ‘hits’ de Gutiérrez de la Vega

La vida, literalmente, le ha llevado por medio mundo, hasta que decidió echar el ancla en la localidad alicantina de Parcent, donde pudo compaginar su profesión en el Ministerio de Hacienda con su gran pasión: crear vinos únicos

22/02/2021 - 

VALÈNCIA. Desde la costa, la Vall de Pop corta la Marina Alta hacia el interior. Y desde Pedreguer, la carretera remonta la comarca y nos ofrece su cara más gélida en las zonas de umbría. Antes de llegar a la parte más alta del valle aparece Parcent, un pequeño pueblo en la ribera del río Xaló donde el campanario sobresale llamativamente como si fuera la antena de un insecto. Es el mismo río que riega los viñedos de uva moscatel, giró y monastrell con las que Felipe Gutiérrez de la Vega elabora sus afamados vinos, como el Casta Diva Cosecha Miel que se sirvió en la boda de Felipe II y Letizia.

Felipe, el rey del fondillón, recibe la visita como si fuera a salir de montería. Jersey y chaleco verde militar. El bodeguero es un hombre de 77 años con la memoria de un chaval. Tira de ella para reconstruir su vida en una charla donde pasa con pasmosa facilidad de la carcajada a la indignación. Una conversación donde no deja de fluir el vasto caudal de su cultura.

Pero antes de sentarse en una sala con vistas al Carrascal de Parcent, la sierra que hace de barrera entre la Vall de Pop y la de l’Algar, ofrece un recorrido por su casa, que es como un museo de las viejas costumbres valencianas.

Aunque la valenciana es su mujer, Pilar, que es de Xàbia y se dedica, mientras su marido anda enfrascado con los vinos, a trabajar en su almazara y su vinagrería. Hoy está en casa, por donde se mueve nerviosa con un delantal negro porque por debajo de la almazara hay una cueva y la humedad le muerde los huesos.

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Felipe ya está jubilado. Hace años que dejó de trabajar para Hacienda, pero sigue gobernando Bodegas Gutiérrez de la Vega, una empresa en la que los empleados son sus tres hijos: Felipe, el mayor, que se dedica a comercializar el producto; Clara, la pequeña, que se encarga de la contabilidad, y Violeta, la mediana, que se hizo enóloga en Burdeos. Hubo una cuarta, Berta, que murió a los diecinueve años por una enfermedad cardiaca. Junto a la oficina hay una especie de altar del vino en el que cada hijo y los dos nietos tienen un barrilete con su fecha de nacimiento. Los cinco, alrededor de uno mucho más grande dedicado a Berta.

*Lea el artículo íntegro en el número de febrero de la revista Plaza

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