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María quiere hablar del suicidio

Foto: KIKE TABERNER
6/09/2020 - 

VALÈNCIA. María de Quesada aparece por Viveros como si fuera una sacerdotisa. Viste un vestido largo, casi una túnica, que le llega hasta los tobillos. Va de amarillo, como el cordón donde lleva amarrado el móvil, porque desde hace unos meses es La niña amarilla, el proyecto que lleva entre manos para hablar del suicidio. De qué es bueno tratar sin tapujos y qué es mejor callar. Porque esa tácita ley del silencio que impera en España no ayuda a reducir el número de víctimas que, en todo el mundo, según la cifra que dio la OMS en 2014, ronda las 800.000 muertes al año.

La niña amarilla va a ser un libro de relatos sobre el suicidio. Historias reales de diferentes personas de todo el mundo, sobre todo de Latinoamérica, contando sus casos. María, que tiene 40 años y cree que ya ha reconstruido su alma rota, está decidida a abrir su corazón las veces que haga falta. Y hoy, a la sombra de una jacaranda enorme, mide sus fuerzas para hacerlo de nuevo sin quebrarse. "Espero no llorar", advierte más por pudor que por miedo.

Esta historia puede arrancar en el Estado de Nueva York, en Rochester, un lugar venido a menos desde que Kodak entró en decadencia con la llegada de la era digital. Allá recalaron María y su marido en 2017. Él iba a trabajar y ella, que había estado empleada para una compañía norteamericana, Yelp, quiso aprovechar y hacer una formación de yoga y un posgrado de redes sociales. Ella viajaba y vivía con un secreto a cuestas, crecía lastrada por un viejo silencio con más de veinte años de antigüedad.

Hasta que llegó a Rochester.

Un compañero salió a presentarse antes del curso de formación y, después de decir su nombre y su edad, contó que había intentado suicidarse a los 16 años y que, por eso, el sistema de Salud le derivó a practicar el yoga. "Aquello me impactó porque yo también lo intenté con 15 años", explica tres años después de aquel encuentro en Rochester.

Aquello la cambió para siempre. "Ese día supe que tenía que contarlo. Es algo que se había quedado en casa. Solo se supo lo que vieran los amigos de la adolescencia que vinieron a visitarme después de haber estado dos días ingresada en un hospital. Porque eso (el intento de suicidio) pasó un viernes y el lunes ya fui al colegio. Mi familia y yo corrimos una cortina y seguimos viviendo".

La naturalidad de aquel joven de Rochester resultó tan estimulante que María se atrevió a hablar con él. Era la primera vez en la vida que contaba su caso. "Me resultó menos duro que hacerlo con alguien conocido", matiza. Aquella conversación la cambió de tal forma que María se decidió a acabar con ese incómodo secreto. Porque no lo sabía nadie. Ni las amigas del alma, ni sus compañeros de trabajo, ni su marido... "Con unos me costó más que con otros, pero resultó liberador; fue algo que me afectó muchísimo y que he arrastrado mucho tiempo".

María empieza a habituarse a compartir su historia, pero aún escuece. Por eso a veces desvía la mirada hacia los niños que juegan en el parque, pone la espalda recta y con la mano izquierda estruja los dedos de la derecha. Pero luego vuelve, sonríe y continúa. De repente da un salto y se planta en las pasadas Navidades. "Entonces se me ocurrió contar mi experiencia en un libro y buscar relatos similares. Porque, en realidad, todos estamos a una persona del suicidio, pero es un tema tabú". Por eso aquella adolescente se calló. Y por eso y otros miedos no se lo contó a nadie en lustros. Pero esto es algo tan profundo que no cura ni el tiempo. "Esto no desaparece, no se va, se queda en el cuerpo".

Una niña sin autoestima

Aquel intento de acabar con todo enraíza en su infancia. "Siempre tuve baja autoestima, desde niña, y la fui manteniendo. De hecho es algo que sigo trabajando. Me cuesta confiar en mí y en mi potencial".

Le pega un sorbo al vaso de agua con gas que ha pedido sin hielo y con limón, y pasa a la teoría, a hablar del 'efecto Werther', el motivo por el que se silencian los suicidios, para no facilitar que otros les imiten. Este concepto se extrae de Las penas del joven Werther (1774), de Goethe. "Es un joven enamorado que al final no puede soportarlo y se suicida. Es un relato homosexual oculto y provocó una oleada de suicidios, sobre todo de hombres, en su época que hizo creer en el efecto contagio. Pero lo que yo creo es que compartirlo no genera el contagio sino compartirlo mal. Como compartir maneras de hacerlo, alentar a otras personas, darle un aire romántico... El autor se retractó después".

Hubo tantos suicidios que algunos países llegaron a prohibir la novela. Pero, en contraposición, está el 'efecto Papageno'. "Se inspira en un personaje de La Flauta Mágica que se va a suicidar por desamor y vienen unos espíritus de niños que le hablan de las virtudes de la vida y de la importancia de vivir cada momento, le animan a seguir viviendo. Y es el nombre que se da a otra versión. La OMS ya lleva años diciendo que hay que hablarlo. Si te encierras y te aíslas, te quedas en un pozo y la salida la encuentras suicidándote, pero si lo hablas, encuentras a gente que te puede ayudar".

El confinamiento fue inspirador para María de Quesada. Fue un periodo de reflexión y una noche, sin venir a cuento, soñó con la portada de un libro amarillo con una niña. Al despertar lo recordó y tuvo claro que el título de su obra sería 'La niña amarilla'. Ya cuenta con 25 relatos y se apoya en una plataforma, una página web, donde explica por qué comparte su relato y pregunta si alguien le quiere ayudar.

Tenía claro que era el proyecto de su vida. Nada le iba a parar. Ni siquiera el dinero. Los ahorros iban a encuadernar su historia y la de otras personas que vivieron una situación tan angustiosa que decidieron quitarse la vida. Pero Penguin Random House finalmente se ha interesado y será la que edite el libro. Una obra que pondrá la lupa sobre un detalle crucial: "Un segundo es lo que puede diferenciar la vida de la muerte". Y lo reforzará con su historia personal pero también la de gente de Ecuador, Chile, Colombia, Brasil, Estados Unidos... "Todos tenemos algo en común, y es que en un momento de nuestras vidas hemos querido desaparecer. Y eso es mucho".

Todo este proceso le ha servido para madurar y para digerir aquella tragedia. "Yo siempre me he sentido rota y ahora ya no me siento así. Y gracias a aquello soy lo que soy ahora".

María es la segunda de tres hermanas. Dice que siempre ha sido muy generosa, de ofrecerse a los demás. Y muy sensible. "Como mi padre", afirma. "De niña viví una serie de experiencias en casa, como convivir con la depresión de mi padre, pero sin hablarlo. Y yo me culpaba de ver a mi padre enfadado o triste porque tenía y tengo una profunda admiración por él (murió en 2007). Me enseñó muchas cosas pero él no supo quererse ni valorarse, y yo aprendí eso".

La importancia de comunicarse

Aquel hombre buscó consuelo en el alcohol. "Nunca le he visto feliz y eso me pasó factura en la adolescencia". María se convirtió en una chica frágil, que se veía muy vulnerable ante los demás. Se exigía mucho y siempre le parecía insuficiente. Esa percepción se acaba convirtiendo en una carga muy pesada que te va aplastando lentamente. Al mismo tiempo se van colando en la cabeza ideas autodestructivas para acabar con ese sufrimiento. A partir de un día, María comenzó a dormir con un cuchillo en la mesilla de noche. Jamás lo utilizó, pero le hacía sentir que tenía una salida a mano. "Yo no quería morirme. El sentimiento que yo tenía cada noche era que no quería despertarme. Cuando me iba a la cama, lo pensaba".

Afortunadamente encontró otras vías de liberación, como escribir compulsivamente en los diarios, donde había una frase recurrente: "Dejemos las penas y vayamos a las alegrías". Renglones que leídos en la edad adulta descubren un problema de comunicación. "A esas cosas hay que darles importancia", sentencia ahora, a los 40 años. "Porque después del intento de suicidio veo que el silencio no me ayudó en nada. Ahora veo que tuve una depresión que después se repitió a los 20. La medicación ayuda en momentos puntuales, pero el cambio está en nosotros mismos".

La niña amarilla no es un negocio, pero le ha conectado con la vida. Si hay algún beneficio económico irá a la asociación del mismo nombre que va a crear para desarrollar proyectos relacionados con la prevención del suicidio.

María, que es periodista y colabora con una agencia llamada Agua y Sal Comunicación, está obsesionada con que los periodistas aprendan a abordar esta temática y quiere organizar talleres y cursos para ellos. Por eso se fue a estudiar un máster de suicidología a Bilbao. Porque cree que es necesario un cambio para reducir drásticamente unas cifras que impactan: 3.539 fallecidos por suicidio en 2018, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). "Son diez muertes al día en España y una en la Comunitat Valenciana", subraya María, quien añade que el número sería el doble si se incluyeran las tentativas que fracasan.

Después de Rochester, María le confesó su secreto a su marido, a sus amigas, a la gente de su alrededor. Pero fue posponiendo a su madre. Hasta que no quedó nadie más y la web estaba a punto de salir. Entonces le tocó enfrentarse a ella para volver juntas a 1995. "Tenía miedo de lo que le iba a remover. No le había preguntado nunca una cosa muy importante y es cómo se sintió ella en ese momento. El día que se lo conté, estuve tres horas y fue muy emocionante. Ese día, manteniendo la distancia, con abrazos con mascarilla, pudimos reconectar con ese momento en el que ella estuvo sola. No recordamos a mi padre. Ella siempre se ha culpado de aquello, pero buscar culpable no tiene sentido. Solo fue una mala decisión que tomé como adolescente".

María, 'yogui' convencida, se marcha por Viveros con andares tranquilos. Camina sin prisas. Es una mujer nueva, liberada, que ha reordenado su tiempo, consagrado ahora a lo que le gusta: el yoga, la meditación, los idiomas, llevar las redes sociales de empresas en las que cree... Dice que es menos que mileurista, pero que se siente mucho más rica. "Tengo un sueldo de mierda, pero soy tan feliz", exclama. Tuvo sus días en Yelp ganando tres mil euros, con ordenador y teléfono de la empresa, viajes por todo el mundo, pero fueron días en los que solo trabajaba. Y la vida es mucho más. Como poder salir un martes por la mañana y quedarte conversando tranquilamente bajo los árboles mientras los perros se alivian junto a un tronco y los niños juegan entre adultos con mascarilla.

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