Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Política de Cookies Aceptar

GRUPO PLAZA

opinión

Nuestro Messi

22/03/2019 - 

VALÈNCIA. Lo mejor del Centenario no ha sido la procesión cívica, aunque fuera toda una manifestación de reivindicación de su pasión por parte de la gente. Ni el partido de las leyendas que se jugará el domingo, que tendrá más de acto emotivo que de encuentro de fútbol. Ni siquiera que los aficionados y los periodistas hayan acabado por apropiarse de él, de darle una dimensión diferente a la que planeaba el club. Lo mejor del Centenario ha sido recuperar la figura de Mario Kempes.

Los menores de 40 años piensan en Kempes como un superhéroe, como un ser mitológico cuyos únicos vestigios son 15 minutos de vídeo en Youtube marcando goles formidables. No lo vieron jamás y eso estimula la imaginación. Los mayores de 40 años sabemos que todo eso es verdad. Que Kempes era un superhéroe, el mejor jugador del mundo, el Messi de la segunda mitad de los 70. Y jugaba en el Valencia.

Yo vi a Kempes cuando era adolescente, una edad en la que necesitas referentes en la vida. Mario Kempes fue uno de ellos, no solo por su gigantesca presencia en la cancha, melena al viento, potencia descomunal y una innata capacidad para sortear adversarios, sino por todo lo que significó en su tiempo. Pocas veces he visto un futbolista con tanta influencia sobre el juego como la que tenía Kempes. En el Mundial del 78, él solito ganó el título para Argentina, cada vez que recibía el balón a 20 o 30 metros del área la sensación era que algo iba a pasar. Y así sucedía. En el Valencia, la percepción era similar. Recuerdo uno de sus primeros partidos, con el Espanyol, en el que marcó un gol estratosférico, después de una de sus incursiones desde el medio del campo hasta el borde del área, desde donde disparó con tanta potencia que la pelota rebotó dos veces contra el larguero y el suelo antes de alojarse en la portería. O el día que le metió cuatro goles al Rayo Vallecano en una noche inolvidable. O las tardes y noches, todas, en las que el árbitro señalaba una falta al borde del área a favor del Valencia y Mestalla al unísono coreaba “Kempes, Kempes” con la seguridad de que las posibilidades de que se convirtiera en gol eran máximas gracias a la zurda del Matador. No era un futbolista fantasioso ni pinturero, era un jugador práctico con el gol como única obsesión. De su dimensión más allá de lo futbolístico me quedo con el día en que fui a jugar un partido de fútbol-sala y, en el equipo contrario, que vestía con la camiseta albiceleste como la selección argentina, había un tipo alto y con la misma melena que Kempes. Llevaba el 10 a la espalda  era zurdo pero, evidentemente, cuando se puso a jugar todos nos dimos cuenta de que solo era Kempes en su disfraz.

Tengo la sensación de que Kempes hizo más por el Valencia que el Valencia por Kempes. Vale, lo rescató de un fútbol argentino en decadencia, que venía de hacer el ridículo en el Mundial de Alemania, construyó a su alrededor un equipo que le ayudó a brillar y le pagó una buena pasta. Pasta que, por lo que parece, no invirtió demasiado bien el argentino. Pero el Valencia lo utilizó como moneda de cambio para saldar su deuda y se lo comió con patatas cuando River lo devolvió como prenda por su impago. Recurrió a él una década más tarde en tiempos convulsos, como segundo entrenador de Héctor Núñez, pero la extraña pareja duró solo once partidos en el banquillo. Y, por fin, lo nombró embajador internacional del club, pero pronto se arrepintió, enseñándole el camino de salida.

El fútbol era muy diferente en el tránsito de los 70 a los 80 de lo que es ahora. Entonces era difícil que un club pusiera sobre la mesa una cantidad exorbitante para llevarse a tu estrella, como ocurre en la actualidad. Los ingleses, demasiado preocupados por contener la ola de hooliganismo que se les venía encima, rara vez incorporaban futbolistas extranjeros a sus equipos y, en España, solo Real Madrid y Barcelona estaban en condiciones de fichar a una estrella como Kempes. Pero él nunca se fue y no recuerdo haber temido jamás que Kempes acabara vistiendo de blaugrana o de merengue. Con el reclamo de Kempes, el Valencia sacó rédito en giras absurdas por Japón, Colombia o Venezuela Kempes jugó lesionado, con un hombro dislocado y, probablemente, con resaca, pero pocas veces se escondía. Siempre estaba ahí.

Es lógico que una pandilla de singapurenses sin memoria histórica consideren a Kempes como nosotros consideramos a Paolo Rossi, un futbolista del que solo recordamos sus goles en el Mundial del 82. No es Cristiano Ronaldo para ellos. Pero no es lógico que, por la ignorancia futbolera de sus propietarios, el Valencia no convierta a Kempes en leyenda viva del club, como Di Stéfano o Cruyff lo fueron en el Madrid y en el Barça. Afortunadamente, la transmisión oral de los que vimos jugar a Kempes hacia los que no ha conseguido que los aficionados se den cuenta de que Kempes fue nuestro Messi, un icono de nuestra historia.

Noticias relacionadas

next

Conecta con nosotros

Valencia Plaza, desde cualquier medio

Suscríbete al boletín VP

Todos los días a primera hora en tu email