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opinión

Perder el norte

14/05/2019 - 

VALÈNCIA. Las señas de identidad de un club no se negocian: se siguen o no se siguen. No se cambian: se actualizan, evolucionan. Todas y todos debemos asumir que el Valencia CF es como es y abandera lo que abandera y eso no significa que deba ser lo que nos guste o no nos guste. Este escudo está por encima de toda manifestación individual y por encima de todo interés particular: te llames Peter Lim o Pepito Piscinas. Lo que hace que seamos un club de fútbol no es la dimensión internacional de la empresa, ni los gestores, ni el márquetin solapado o no a los sábados o domingos. No somos parte de un club de fútbol porque llevemos un escudo en una camiseta, sino porque esas señas de identidad nos unen, nos afianzan como colectivo, nos garantiza apoyarnos unos a otros y, sobre todo, nos coordinan ante los rivales y nos fortalece. Eso es la identidad y a ella nos ajustamos cuando decidimos ser valencianistas, seas de donde seas y tengas la edad que tengas.

Que haya voces discordantes nunca es malo. Que la crítica ayude a que no surjan grietas más grandes en el futuro nunca es señal de debilidad, sino de cooperación. Que la plantilla sienta que la afición le exige nunca puede parecernos algo negativo, porque sin exigencia no hay rendimiento. Y lo mismo digo del cuerpo técnico: la autocomplacencia nunca es buena, porque hace que pierdas las perspectivas de las cosas y que deformes los números hasta que te encajan en tus valoraciones, aunque todos los demás estén viendo otra cosa. Nunca es bueno que todo ruede perfecto, porque si todos estamos de acuerdo en que la perfección no existe, entonces es que alguien está engañando a alguien con esa cortina de humo que es la insulsa calma.

La identidad es lo único que tenemos, porque pasan los futbolistas, los dirigentes, los aficionados, los periodistas, las camisetas, las marcas publicitarias, y hasta el campo. Pasa todo, menos esa identidad que no podemos traicionar, porque nos define ante los demás. Me explico: Marcelino ha perdido parte de su sello en el último mes y medio y el equipo encaja demasiados goles. El Valencia CF no puede jugar a los golpes, porque no tiene un púgil destacado arriba. Si acaso, mira el Arsenal y su estilo de juego, tan caótico como productivo en la secuencia de golpes. Entre Aubameyang y Lacazette te hicieron besar la lona en dos partidos en los que siempre te pusiste bien pronto por delante. El rigor y la rudeza defensiva forman parte de ti, de tu estilo y si lo pierdes (creo que esto fue clave para que a Emery no se le recuerde por sus méritos) estás jugando con fuego o te estás paseando por el alambre en cada partido. Y no estoy diciendo eso de que no hay que cambiar de sistema: no hay mayor mentira que los sistemas, porque al fin es el jugador el que está o no está metido en el partido, el que la enchufa o no la enchufa o el que está atento a la jugada o no lo está. Marcelino hace lo que puede, que es arengar, gestionar, hacer malabares con las palabras para no decir lo que ocurre, ocultar enfados, motivar egos, etc. Y hay que tener arte para hacerlo y tener éxito, aunque desde aquí me niegue a aceptar que, a fecha de hoy, el club tenga motivos para considerar que esta temporada está siendo un éxito. De momento, no lo es y ojalá que acabe siendólo.

Por otro lado, está la Curva Nord y los dirigentes del club, que se han enzarzado en descalificaciones y en medio de la batalla está el equipo y el resto de la afición. Mira, ya no sé quién tiene o no tiene razón, ni me importa. Lo único que sé es que algo se está haciendo mal para que estemos en esta situación tan decepcionante, porque el Valencia CF no puede perder su norte, y el norte no puede dar la espalda a quien le da sentido y razón de ser jornada tras jornada. Aquí la identidad sí juega un papel fundamental, porque esta grada de animación es importante y nunca puede asumir para sí que es imprescindible, de tal modo que el club no puede dejar de comprender que no son prescindibles (buenos, los violentos, si los hay, sí, pero no me lo parecen) y que juegan un papel importante para el equipo vaya donde vaya. Sin entender que nuestra identidad sobrepasa el legado de unos dirigentes y la voz de unos específicos aficionados estamos todos perdiendo la orientación de nuestra Historia. Dejémonos de guerras civiles, de conflictos y de soberbias de medianoche: esto no trata de ver quién tiene la mejor jugada en su mano, ni quién sabe echar el mejor farol, sino de hacer todos un colectivo, remar todos en una dirección, porque quien anima bajo presión o poniendo condiciones no lo está haciendo de corazón, sino de cabeza; y quien dirige sin delicadeza y sin prestar atención a quien le anima con espíritu y tesón no está usando la cabeza, sino el ciego corazón, que tiende a ciertas fobias irracionales. Nada de esto nos beneficia a nadie: quizá esto explique el hartazgo de Mestalla, pero ¿y si todos asumen para qué están y cómo deben actuar desde la comunicación y no desde el despotismo y la soberbia? Este equipo es humilde y firme desde sus orígenes ¿a quién estamos traicionando ahora con estas actitudes?

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