Baloncesto

ANÁLISIS | LA CANTINA

Brad Branson nos hizo sentir poderosos

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VALÈNCIA. Los 80 y los 90 fueron otros tiempos. Vestíamos diferente, nos peinábamos diferente y el baloncesto era diferente. En los 80, más que en los 90, mi vida era el baloncesto. O jugaba o veía baloncesto. Esos vídeos VHS clandestinos con el mítico mate a aro pasado del Dr. J. Cómo nos sacudieron Larry Bird, Magic Johnson y todos aquellos grandes jugadores, O los nuestros: Epi, Chicho Sibilio, de cuando un negro era algo exótico en un país sin negros, Corbalán, Romay, que era una especie de rareza en aquella España de bajitos que empezaba a ser de colores. O criaturas mitológicas como Vladimir Tkachenko y esos 2,21 con mostacho. Me gustaba mucho el baloncesto y cuando podía permitírmelo, que no era muy a menudo, iba a la Fonteta. Allí vi ascender al Pamesa desde uno de los fondos. El baloncesto, ya digo, era otro. 

Hace unos días me encontré en la panadería a mi amigo Paco, un compañero del colegio, y me contó que había comprado entradas para ver a los Harlem Globetrotters. El comentario me sorprendió. Yo pensaba que ya habían dejado de girar porque su espectáculo ya no tenía sentido. Los Globetrotters tenían sentido en una época en la que, en España, como en otros países de Europa y del mundo, era rarísimo ver un mate o un pase de espaldas.

A Europa venían a jugar los estadounidenses que no valían para la NBA ni para cualquiera de aquellas ligas de desarrollo. Llegaban, sobre todo, pívots no muy altos para cubrir la ausencia de materia prima en una España que todavía tenía la genética de la posguerra. Aquí no abundaban las torres y muchos equipos tenían pívots de dos metros. Los mates que se veían eran de gente como Romay, que medía 2,13 y si la cogía debajo del aro era capaz de dar un saltito y machar el aro. Pero no se veían grandes vuelos ni acrobacias. De ahí que la gente fuera a ver a los Harlem Globetrotters como quien va a ver ahora el Circo del Sol. Era algo extraordinario.

En ese contexto, después de triunfar en Italia y haber tenido un papel muy relevante en el Real Madrid, en los tiempos en los que el Madrid, sobre todo, y más recientemente el Barcelona, dominaban el baloncesto español. Estos dos equipos se repartieron las diez ligas de los 80. Así que, para un equipo tan joven y tan modesto como aquel Pamesa, el fichaje de Brad Branson fue un acontecimiento para la ciudad.

Mi ‘padrino’ Juanma Doménech, el decano de los periodistas de baloncesto en València, me cuenta que a él le tocó cubrir para el periódico la boda de Brad Branson con Bárbara, una valenciana a la que conoció en Madrid. Todo lo que hacía tenía repercusión. Si hasta Enrique Ginés le pidió un millón de pesetas para que fuera accionista y pudiera poner en marcha la 97.7 Radio.

La afición del Valencia sintió por primera vez que tenía a un grande en sus filas. Y Brad Branson, además de lo que aportaba con su juego, con rebotes, posteando y con excelentes porcentajes de tiros libres, le demostró a la ACB y a España que el Pamesa Valencia iba en serio. Que su proyecto merecía ser tomado en consideración. Que querían ser alguien. Y chavales como Víctor Luengo subían de la cantera a entrenar con el primer equipo y se quedaban impresionados por su figura y por la voz tan grave de aquel hombretón de 2,08 metros.

Branson nos hizo creer que el Valencia, que derrotó al Barça y al Madrid, podía ser alguien. Los hinchas tenían a Branson en su equipo y por primera vez se sintieron poderosos. Así que el Valencia Basket y su afición estarán siempre en deuda con este pívot estadounidense que se enamoró de València. Y esta semana, los que tuvimos la suerte de verle jugar, lloramos su pérdida.

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