El fútbol volvió a sacar el odio de sus aficionados

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ANÁLISIS | LA CANTINA
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VALÈNCIA. Llevo semanas excitado ante la proximidad del eclipse del 12 de agosto. Imagino que ya saben, el primer eclipse total -ni parcial, ni anular- que se va a poder ver en una franja de España en más de cien años. El otro día estuve en una conferencia de Nacho Pérez, un astrónomo valenciano, sobre este asunto y me sorprendió que prácticamente se llenó el auditorio Santiago Grisolía, que es grande. Decenas de curiosos, como yo, acudimos con los ojos bien abiertos para descubrir más cosas sobre ‘El eclipse de nuestra vida’. Un alineamiento del Sol, la Luna y la Tierra, una coincidencia que se produce de vez en cuando durante esa danza eterna e infinita entre la estrella, el planeta y su satélite, que aterrorizaba a las antiguas civilizaciones. Los egipcios, que adoraban a Ra, el dios del sol, pensaban que el eclipse era el fin del mundo.

¿Somos capaces de ponernos en situación? ¿Se imaginan estar convencidos de que, al ver el cielo oscurecer repentinamente, nuestra vida se va a interrumpir de forma abrupta e inminente? Ahora nos parece ridículo que pudieran pensar eso. Pero no es más descabellado imaginarse que se iba a extinguir la humanidad al desaparecer el sol que cualquiera de las teorías conspiranoicas que han corrido como la pólvora en Argentina tras ver caer a su selección ante la formidable formación de España. Les resumo una de las más extendidas: el combinado de Lionel Scaloni tuvo que dejarse perder para evitar una sanción de 10 o 20 años por exhibir en las semifinales, justo después de eliminar a Inglaterra, una pancarta que reivindicaba que las Malvinas son argentinas. La teoría viene avalada por una arenga de Leo Messi antes del partido en la que animaba a sus compañeros a intentar “olvidarse de todo”.

Miles de personas han abrazado esta conspiración y, aliviados, han entendido así el pobre desempeño de sus ídolos ante España. Lo más triste del partido, el más importante que se celebra -¿sería acertado, sabiendo lo que sabemos ahora, utilizar el verbo celebrar?- cada cuatro años, ha sido el odio que ha despertado entre dos países que deberían considerarse hermanos. Dos naciones que comparten idioma y mucho más. Unas horas antes del duelo, harto ya de leer sandeces supuestamente patrióticas en un par de grupos de WhatsApp, salí despavorido tras ver que hablaban de los argentinos poco menos que como unos macarras, y supuestamente muertos de hambre, a los que habíamos dado de comer, como quien da una limosna un Domingo de Ramos, a pesar de ser unos deslenguados, unos provocadores y unos ingratos.

Creo que ninguno de los que escribió estas estupideces, intercalándolas entre memes con muchas banderas de España, mucho toro bravo y ciertas alusiones al Ejército (¿?), debe saber por qué nos llaman gallegos al otro lado del Atlántico. Creo que hemos olvidado muy pronto que antes de que miles de argentinos salieran asustados del país del corralito para ganarse la vida dignamente en España, muchos años antes, y me estoy remontando a finales del siglo XIX y principios del XX, miles de españoles, hartos de pasar hambre, se subieron a un barco para intentar ser más felices en Argentina. Entre 1881 y 1914, según Wikipedia, Argentina experimentó una de las mayores oleadas migratorias de su historia, recibiendo más de cuatro millones de inmigrantes, muchos de ellos gallegos.

Los bisnietos y tataranietos de aquella generación, afortunadamente una minoría, pero una minoría significativa, se dedicaron el domingo por la tarde a hacer sonar el claxon de su coche y a insultar a aquellos argentinos que paseaban por València con la camiseta de su país. Vi esta escena repetida varias veces, como había leído antes aquellos comentarios xenófobos varias veces, y no lograba salir de mi incredulidad.

¿Qué me había perdido?

Le di vueltas, muchas vueltas, intentando adivinar de dónde provenía este odio visceral. Dónde había nacido esa rabia hacía el país de Diego Armando Maradona, Carlos Gardel, José Luis Borges o Ricardo Darín. Luego vino lo demás. Las masas saliendo a las calles de Madrid o Buenos Aires y, ya que estamos, aprovechemos e insultemos al otro. Ellos también han estado a la altura de nuestros descerebrados.

Pronto todo esto pasará y, mientras, limpiaremos nuestra alma yendo a una sala de los cines ABC Park a ver ‘La Odisea’ de  Christopher Nolan en 70mm gracias a ese proyector que ha facilitado Yuri Aguilar, un pirado del cine. O saldremos el día 12 de agosto al monte, a un lugar elevado, con un horizonte despejado, a contemplar ese fenómeno de la naturaleza que permitirá, a las 20:32 horas, que el día se convierta en noche cerrada durante casi un minuto y medio, antes de volver a hacerse de día. “La experiencia dependerá mucho de con qué ánimo acudan a ver el eclipse ese día”, nos advirtió Nacho Pérez. Y yo me preguntaba, mientras, en silencio, por qué los aficionados al fútbol acudieron a ver la final de la Copa del Mundo el domingo con ese ánimo.

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