El peor verano de mi vida para correr

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ANÁLISIS | LA CANTINA
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VALÈNCIA. Correr me apasiona. Muchos viernes abro esta cantina recóndita solo para hablar de correr. Siempre digo que lo mío no tiene mérito: avanzo muy despacio y hago algo que me gusta. No es un gran sacrificio. Conozco a mucha gente que no le gusta correr y corre. Al principio prueban, luego ven que evolucionan muy rápido, cumplen los objetivos cuanto antes y llenan sus redes sociales de imágenes de ellos alcanzando estas gestas. El subidón. Luego se quedan sin metas reseñables y ya son incapaces de ir más rápido. Entonces correr pierde la gracia. Y lo dejan. El bajón. 

Yo nunca lo he dejado. Ya son 41 años. Con sus altos y sus bajos, obvio. Con épocas de gran intensidad y otras en las que simplemente bajo al río, troto un rato y me vuelvo con un puñadito de kilómetros en las piernas. Es raro que una semana no me ponga las zapatillas. Así desde que tenía 15 años.

Nunca lo he pasado tan mal como este verano. Nunca. Ni cuando era un joven vigoroso que corría los miles en menos de cuatro minutos. Ni cuando preparé los pocos maratones que he corrido. Este verano ha sido un suplicio. Siempre digo que no tengo marcas de las que presumir, que mi única proeza, la única, ha sido no pararme nunca. Jamás. La tentación de acabar con ese sufrimiento no ha podido nunca conmigo. Esa ha sido mi modesta y única fortaleza. No rendirme.

Un día, hace poco, estuve a punto de hacerlo por primera vez. 

A medida que se acerca el verano, que lo detesto, voy adelantando la hora a la que tiene que berrear el despertador. En julio no suena más tarde de las seis. El calor me merma, pero el sol me destruye. Me funde como las lonchas de queso del sándwich. Me derrito. Así que no hay otra que buscar la hora del día con la temperatura más baja y la menor insolación. Cada mañana mi sueño se interrumpe a las seis.

Una hora después estoy corriendo. Un momento de tregua en estos veranos infernales tras el cambio climático. Hasta este año. El verano de 2026 está siendo, para mí, el más duro que he conocido. A las siete de la mañana ya estamos por encima de los 26 grados. No hay problema, me dije, saldré media hora antes: a las 6:30. Ni por esas. Es cierto que te podías ahorrar un grado con respecto a correr a las siete y media o las ocho. Pero esa ventaja tiene trampa: la humedad. El súper madrugón me permitía correr con 25 grados pero, a cambio, con más de un 80% de humedad. Una tortura.

Hace pocos días, un domingo, salí a esa hora y harto de ir siempre por el río, enfilé el carril bici que va hacia Pinedo. Que el paisaje, al menos, fuera diferente. Un punto a favor. Al poco de empezar noté que hacía calor, que la cara recibía un bofetón. El carril, además está hundido a menor altura que la carretera que va hacia El Saler y El Perelló. Y no soplaba ni una pizca de aire. Un amanecer sofocante. Hice siete kilómetros y di le vuelta. Cuando llevaba nueve no podía más. Por el camino no hay ni una fuente y la sensación era cada vez más desagradable. La boca seca, el sudor cayéndome a chorros, y una energía limitada después de haber salido de la cama tan temprano y con tantas prisas. La tentación comenzó a rondarme. Parar. No tenía sentido sufrir así cuando yo no busco ritmos ni grandes marcas.

Al final resistí, llegué al río y me metí casi entero debajo de una fuente. El agua me devolvió la vida y acabé el entrenamiento. Pero al día siguiente, me levanté y mi cuerpo estaba sin batería. Solo me pedía dormir. Miré el trabajo que tenía, entendí, débil como me sentía, que me había dado un golpe de calor y prácticamente me tiré 24 horas durmiendo.

El fin de semana pasado, en Málaga, en el Campeonato de España de atletismo, le pregunté a un par de atletas cómo había sido para ellos entrenar estas últimas tres semanas. Cómo había sido salir a rodar durante alguna de las olas de calor que hemos ido encadenando. “Una tortura, Fernando. A los 10 minutos ya era horroroso. Me costó un montón”, se lamentaba Nara Elipe, la mejor corredora de obstáculos de la Comunitat Valenciana. Andrea Romero, una fondista de Formentera, vi que contaba que también había sufrido un golpe de calor y que había tenido hasta vómitos.

Al día siguiente llamé a Toni Montoya, mi paciente entrenador, y me dijo que todo el mundo estaba igual, que todos sus corredores estaban pasándolo fatal este verano por una razón: no hay una hora en todo el día con unas condiciones mínimamente favorables. Hace un calor horroroso las 24 horas. Y eso es desesperante y, además, frustrante, porque miras el reloj y ves que los ritmos se resienten. Montoya me dijo que hay que adaptarse, bajar el ritmo, y las pulsaciones. Correr más lento, vaya. Aunque te parezca que es ir muy lento. Da igual. El objetivo es llegar al final del entrenamiento menos destruido. No hay milagros.

Ya solo queda agosto. Y septiembre, que también se las trae. Anuncian que viene otra ola de calor y yo miro el termómetro, lo veo a 34 grados y me pregunto: Y si viene una ola de calor, ¿esto qué es?

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