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ANÁLISIS | LA CANTINA

El recuerdo de mi maestro Toni Lastra

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VALÈNCIA. Estaban los de siempre, su guardia pretoriana. Los corredores que, jaleados por la imaginación disparatada de su gurú, se creyeron invencibles y que ahora caminan renqueando después de tantas palizas con las zapatillas puestas. No es culpa suya: tenían mucho ímpetu y muy poca información. Y ahora, encima, tienen muchos años. Esta vez se han reunido para celebrar que el Ayuntamiento de València ha decidido concederle una plaza a Toni Lastra, el líder de la Sociedad Deportiva Correcaminos y su Grupo Salvaje de corredores durante lustros, fallecido en 2015. La elección esconde una cierta delicadeza. No se buscó un arrabal o un callejón de extrarradio para cumplir con el trámite, la placita está muy cerca de la salida imponente del puente de Monteolivete que él aún tuvo tiempo de conocer antes de ponerle el The End a una vida de película después de un almuerzo con sus amigos en L’Eliana.

Lastra, así de poderoso fue su carisma, sigue en el recuerdo de los corredores. Todos los años, el último día de febrero, nos reunimos para almorzar y rememorar a este personaje nacido en año bisiesto, que es lo mismo que decir olímpico. Las riquezas quedan atrás cuando se acaba la vida, pero me gusta pensar que seguir en la memoria de los amigos es el mayor tesoro que podemos llevarnos. El miércoles, el día de la inauguración de la plaza, volvió a reunirse un grupo numeroso de fieles que hablaba maravillas de él.

Uno de sus dos hijos, Toni, un hombre con un cierto aire lorquiano, habló en nombre de la familia, de su hermano, Rafa, y de sus cuatro nietos sonrientes y orgullosos. El primogénito, doctor en Filosofía, hombre de letras que heredó la pasión por la lectura de su padre, dijo lo que nadie podía decir, pues para algo es su hijo. “Era vanidoso y esto le hubiera encantado. Pero también le hubiera gustado que esta plaza se llamara Toni Lastra y sus amigos, y así creo que debéis sentirlo”. El comentario encierra cariño hacia la otra familia del añorado corredor. Su padre pasó tanto tiempo con sus hijos como corriendo y almorzando y debatiendo encendidamente con sus amigos. La vida doméstica, Correcaminos y el Levante. Tres porciones de su vida adulta.

En un lateral de la plaza, un remanso de paz al no tener tráfico, una mujer con el pelo naranja y un pañuelo a la cabeza sale de su comercio, Alquimia se llama, para observar con curiosidad la fauna que se ha reunido en esa plaza generalmente silenciosa de una zona residencial. La plaza es perfecta y seguro que nos gustará pasar por allí, mirar la placa y sentir algo de calor en el pecho al leer el nombre de Toni Lastra. Solo le falta algo para ser definitivamente perfecta: una fuente. A él siempre le gustaba tener las fuentes controladas porque servían para aliviar la agonía de los corredores. Una fuente era algo valioso en su escala de valores.

Esa comerciante sorprendida debió entender algo cuando la concejala Rocío Gil, una mujer de palabra, dijo que si hay una palabra que define a Toni Lastra es legado. Su legado es inmenso. Porque su legado, le pique a quien le pique, son los 30.000 corredores que toman la salida en el maratón el primer domingo de diciembre. O son también los récords del mundo que han llegado en el medio maratón, unas semanas antes. Aunque yo creo que su verdadero legado, el más valioso, es ver el río atiborrado de corredores cada mañana y cada tarde.

El jueves conocí a otro de sus incondicionales, Carlos Salinas. El hombre, que siempre ha vivido a caballo entre Madrid y València, me explicó que, de joven, él practicaba el kárate con su hermano y que a veces salían a correr por El Saler. Un día se le acercó un hombre de corta estatura -“soy una bombona de butano con orejas”, le gustaba bromear al propio Lastra- y les dijo: “Perdonen, caballeros, ¿a ustedes les importaría que yo corriera con ustedes?”.

Toni sentía una atracción fatal por los corredores y a muchos de los que el miércoles fueron a recordarle los convenció él para empezar a correr o, al menos, para que lo hicieran con cierta constancia. Lastra siempre tuvo magnetismo. A mí, que siempre lo consideraré mi maestro en las cosas del correr, me sedujo por la conversación, por las historias que descubría paseando por la Calderona, por su gusto por el atletismo, por cómo saboreaba el cine clásico. “Nunca sé si soy un corredor que escribe o un escritor que corre”, le gustaba decir de sí mismo con esa dosis de vanidad de la que hablaba su hijo.

Y ahora, pasados 11 años de su muerte, que me sacudió subido a un autobús de línea, donde, sin importarme el recato, rompí a llorar desconsolado, añoro al maestro al que le brillaban los ojos cuando le preguntabas por algo relativo al correr después de habernos comido un arroz de cangrejo. Entonces no lo sabía, o igual así, pero ahora entiendo que aquella curiosidad o aquel ansia por el conocimiento que siempre he tenido, era un regalo para él, que se deleitaba en la respuesta, muchas veces salpimentada con alguna invención para hacer la historia más bella o simplemente más épica.

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