La vida dura una semana en el Europeo de Birmingham

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ANÁLISIS | LA CANTINA
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VALÈNCIA. El Europeo de atletismo pasó por Birmingham en una semana, pero ahora miro para atrás y parece que fuera una vida completa, con el día más caluroso del año en el Reino Unido, noches de sudadera, un eclipse parcial, chavales ciegos de fentanilo saliendo manchados de sangre de un garito por la noche y atletismo a ‘cascoporro’. La ciudad es mejor obviarla. No fue fácil encontrar allí la belleza, rodeados por una arquitectura hostil y apenas una zona verde remota con una laguna en medio por la que trotar sin tener la sensación de llevar un tubo de escape metido en la boca. Pero si un canal mugriento es uno de sus grandes reclamos…

El atletismo se ve en la grada, o en el sillón de tu casa, y se desmenuza en la zona mixta, el confesionario de los atletas, donde llegan todavía con las piernas hinchadas y las pulsaciones altas, dispuestos a hablar con el corazón en la mano. Por allí pasan atletas eufóricos y otros deprimidos. Chicos que parecen adultos y otros que se convierten en niños y lloran desconsolados. Hay de todo en una zona mixta. Allí puedes ver a alguien vaciar el desayuno, dar saltos de felicidad o pasar recto porque se siente incapaz de contar lo que ha ocurrido sin que se le quiebre el alma. La zona mixta es otra vida en una sola tarde de atletismo.

El que mejor lo resuelve, entre los españoles, es Adrián Ben. El gallego, de Viveiro, contó una vez que él, por la mañana, en la habitación del hotel, piensa qué decir después de la carrera, y como no sabe qué va a pasar, estructura en su cabeza un mensaje para el éxito y otro para el fracaso. Adry se explica bien y siempre te presenta una radiografía perfecta de lo que ha pasado unos minutos antes sobre la pista.

El Europeo empezó frío y acabó ardiendo. Los primeros días patinaron muchos españoles y apenas hubo momentos excitantes desde el plano internacional. Pero luego todos empezaron a despertar. El punto de inflexión para España fueron las chicas del 800 tuteando a las mejores en las dos primeras rondas de la prueba con más calidad del campeonato. Luego llegó todo lo demás que volvió a colmarme. Celebramos la vuelta de Jakob Ingebrigtsen; admiramos el triunfo de las dos opciones más sólidas de medalla de España en los Juegos de Los Ángeles, María Pérez y Paul McGrath; achinamos los ojos para discernir el podio en la final de longitud femenina porque dos centímetros separaron al oro del bronce y seis del primer puesto  (7,00) al sexto (6,94); soltamos un “oooooh” cuando Andy Díaz se asomó al récord del mundo de triple salto, cuando Julian Weber pasó de los 90 metros con la jabalina o Bence Halasz envió el martillo más allá de los 84 metros; coronamos a Amy Hunt (cuatro oros) y Nadia Battocletti (campeona en 5.000 y 10.000), y nos quedamos asombrados al ver correr en solitario hacia la medalla de oro a Andreas Almgren, un viejo conocido de las carreras de ruta en València, y Alisia Vainio, la fondista que llegará al Maratón de Valencia como campeona de Europa.

Y luego están los momentos que te tocan, que analíticamente no son los más destacados, pero te emocionan. Ahí, y no tengo un motivo claro, coloco muy alta la medalla de bronce de España en el 4x100 mixto. Quizá sea por la combinación tan aleatoria de personalidades en un mismo equipo con el inexpresivo, un témpano de hielo, Guillem Crespí, una andaluza salerosa como Maribel Pérez, que resistió el empuje de Dina Asher-Smith, el soplo de aire fresco del singular Andoni Calbano, que le entregó el palo, dando gritos, a la clase a raudales de la pequeña Jaël Bestué, que corrió como la pólvora tras Amy Hunt. De Calbano supimos después, tras leer a Karel López en el ‘Diario Vasco’, que había dejado el atletismo y que después, en 2021, regresó. Cada día cogía el autobús de Bergara a San Sebastián y allí se montaba en una bicicleta para llegar hasta Anoeta. Este año decidió coger una habitación en Donosti y para poder pagarla se puso a trabajar de camarero unas pocas horas en el bar de la familia de su novia. Calbano estaba radiante en la zona mixta.

También me sacudió el oficio de Marta Garcia en la final de 5.000 para asegurarse la medalla de plata tras el ataque imperial de Battocletti. O la valentía de Idaira Prieto, harta ya de ser una secundaria de la que nadie habla, en la carrera de 10.000. O el discurso de Tessy Ebosele tras su mala actuación en la longitud. “Sed buenos con nosotros”, exclamó, llorosa, después de hablar del daño que hace la gente en las redes sociales.

Pero lo que me puso más feliz de todo fue la vuelta de María Vicente. Ella y Ramón Cid, su entrenador, condensan lo que representa el atletismo para mí. Él, una institución en el atletismo español, un hombre culto e inteligente, ha repetido varias veces que si la solución para María, uno de los mayores talentos que hemos visto nunca en nuestro país, es irse a entrenar a otra parte, que ya tarda, que ella está por encima de todo y de todos. Pero ella no se mueve de San Sebastián y aprende de atletismo y de la vida al lado del maestro. Y, sin darse cuenta, su carácter se ha ido mimetizando al de él, hombre generoso, dicharachero, ocurrente… A su lado ha aprendido a amar este deporte de manera desesperada. Y ahora, después de muchos meses de oscuridad, de lágrimas, desconsuelo y frustración, han visto la luz. Nadie la merece más que ellos. Y ese récord de España de heptatlón de Birmingham debe quedar en una anécdota dentro de unos años.

María Vicente y muchos otros están ansiosos por competir en el Europeo de València. Es una generación que apenas ha competido en casa y ya sueñan con brillar ante el público español en el Luis Puig, donde ya quedan pocas entradas. Solo espero que, al fin, haya llegado el momento para María de dejar de pelear por estar para empezar a luchar por ser la mejor. La catalana lo tiene todo para ser la mejor. Solo falta una pizca de suerte que le permita estar sana. “Lo mejor no ha sido el récord de España”, me decía Ramón el día de su cumpleaños. “Lo mejor es que ha acabado sin un dolor, un vendaje ni una tirita. Ya era hora”.

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