Hoy estoy tocado. Pocas veces he salido tan triste de una entrevista como esta mañana. La historia, sobre una chica iraní, la podréis leer el domingo en El Callejero y no seré yo quien me haga spoiler a mí mismo, pero ya os podéis hacer una idea de por dónde van los tiros. Ha sido una de esas situaciones que te recolocan, que te sueltan un guantazo y te demuestran lo trivial que es casi todo, incluido lo que muchas veces te obsesiona.
Mi forma de combatir la tristeza suele ser la búsqueda de la belleza. Y esta se puede encontrar en muchas partes. Desde romper mi norma de no correr con música y concederme una excepción rodando por la Marina, bajo un sol imperial, mientras la divina Rosalía me empuja con las canciones de Lux. O encerrándome en la sala de un cine del centro para ver La Grazia, la última maravilla de Paolo Sorrentino con un magistral Toni Servillo soportando el peso de casi toda la película. O ver el último post de Pakow, un chico catalán que está de Erasmus en Toronto y que cada día sube a Instagram una historia deliberadamente ligera que, sin darme cuenta, me ha enganchado. Los posts de la cuenta @vlogpako me ponen contento.
Igual que busco la belleza, intento huir de lo burdo. Y pocos deportes me parecen más burdos que el MMA, la historia esta que ha encumbrado a Ilia Topuria como ídolo nacional. Dos personas peleando como si estuvieran luchando por sus vidas en un callejón. Lo mismo vale un puñetazo que un patadón. Una brutalidad.
La MMA pasó la semana pasada por València y los combates llenaron el Roig Arena. Es decir, hubo 14.000 personas que pagaron una entrada para ver a un hombre machacar a otro. Seguro que ahora hay algún campeón que me tacha de ser un melindroso, pero dudo que sin el fenómeno Topuria hubiera ahora, de repente, esa legión de fans. No es nuevo: esto ya lo vivimos anteriormente con Fernando Alonso y la Fórmula 1.
Hace tiempo que defiendo la teoría de que los hombres, los varones, somos como los orangutanes. A quién no le ha pasado de ir por la calle, cruzarse con otro hombre y llevarse una mirada desafiante. Ahí está, el orangután marcando su territorio. Por qué son los chicos, y no las chicas, los que acaban a guantazos en un garito. O el demonio que sale de dentro de los hombres al volante. Los de la mirada desafiante, yo creo, son también los que aprovechan los días soleados para, con el pretexto del calor, quitarse inmediatamente la camiseta para demostrar que son los macho alfa.
Bien, pues ahí, me parece, están los 14.000 del Roig Arena. Nunca entenderé que no haya ni cinco mil personas que quieran ver un tiro de tres de Leo Fiebich ni mil que se deleiten con el dau de Puchol II. Pero imagino que esto será como el cine, que La Grazia la programan en la sala más pequeña porque interesa a unos pocos y Torrente presidente, en la más grande porque se llena cada día. ¿Y no será que mucha gente es como Torrente pero le encantaría ser como Topuria?