Tras las huellas de Cacho y Antón en Soria

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ANÁLISIS | LA CANTINA
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VALÈNCIA. Al caer la tarde, un puñadito de atletas sorianos sacan una llave, abren el candado y entran en la pista de Los Pajaritos, un santuario del atletismo. Allí han entrenado los dos más grandes de este deporte en España, Fermín Cacho, oro y plata olímpicos en 1.500, y Abel Antón, doble campeón del mundo de maratón. Baja el aire caliente mientras la cuadrilla da vueltas a la pista para ir poniendo a tono las piernas. A un lado, Marta Pérez, finalista olímpica y plusmarquista española en 1.500, que nació nueve meses después del oro de Cacho en Barcelona, se sienta en un banquillo para alimentar a la pequeña Lola, de mes y medio. La atleta soriana lleva ya varios días saliendo en bicicleta y esta tarde va a dar sus primeras vueltas a la vieja pista de tartán que resiste, estoica, desde 1989. Ya no se hacen materiales como los de antes…

Sigo estos días, a la espera del eclipse, los pasos de Cacho y Antón, y salgo por las mañanas, cuando el fresco del alba ha derrotado al calor en su pugna diaria, por la orilla del Duero, cuesta arriba, cuesta abajo, y en cada repecho resoplo porque mi organismo no está acostumbrado a correr por encima de los mil metros y siente que le falta el aire. Maldigo también el torrezno de la noche anterior. Pero el corredor siempre se queja y luego sigue corriendo hasta que le toca frenar y parar el cronómetro.

Marta mira con un punto de melancolía a Nacho, Miguel, Sara y los otros que corren, ya a un ritmo serio, en una sesión de tempo. Y, mientras, me cuenta que ella empezó de niña y que no entrenaba en Los Pajaritos ni por la ribera del Duero, que entonces no estaba tan bien acondicionada para correr o pasear como ahora, sino que ella iba, desbordante de ilusión, a la Dehesa, en el cogollo de la ciudad, un pequeño parque donde el entrenador, Ramón Zapata, les mandaba unos entrenamientos algo exigentes para unos niños. Y que los sábados, cuando sus padres quedaban libres de sus ocupaciones, la llevaban a Valonsadero, el monte donde también hacían sus rodajes largos los atletas y que este miércoles fue tomado por los los turistas que habían venido a ver el eclipse.

Antes que el de ella o el del maratoniano Dani Mateo, fue el momento de Fermín Cacho, Abel Antón, Tomás de Teresa, Reyes Estevez, Manuel Olmedo, Diego Ruiz… Grandes del atletismo que alimentaron las leyendas que corrieron de generación en generación. Como el día que el campeón de Ágreda hizo un 800, corriendo él solo durante un entrenamiento, en 1.46. O aquella tarde que Reyes Estévez acabó un mil y se quejó del tiempo, que no entendía cómo se le habían podido ir un segundo por encima de la marca prevista… hasta que cayó en que se había olvidado de quitarse unos pesos que llevaba en los tobillos.

La historia, los datos, se funden con las leyendas. Y los jóvenes que ya han acabado el entrenamiento cuentan que no saben si Cacho corrió en ese tiempo, pero sí tienen claro que el portugués Isaac Nader, otro que se hizo campeón del mundo de 1.500 (el año pasado en Tokio) bajo la tutela del sabio Enrique Pascual Oliva, el entrenador que es un catedrático del atletismo, marcó 1.44 en otro ochocientos tomado a mano.

Marta Pérez da unas pocas vueltas y regresa con Lola, que dormita en los brazos de Nacho, su padre. Apoyado en el suelo, un ordenador abierto con la jornada de la tarde del Europeo de Birmingham. El atletismo flota en el ambiente de Los Pajaritos, que entre 1989 y 2000 convivió con el fútbol, con el CD Numancia. En total, 37 años de historia, grandes atletas y un tartán naranja que sobrevive a todo. Ya no quedan vestigios de aquel pedazo de campo donde los sorianos iban a coger pajaritos.

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