VALÈNCIA. El Valencia CF vuelve a estar contra las cuerdas. Apenas han pasado tres jornadas de LaLiga y el conjunto valencianista ya afronta una situación límite. La derrota por 3-1 en Riazor, acompañada además de una imagen muy pobre, deja al equipo con un solo punto de nueve posibles y con la visita del FC Barcelona a Mestalla como próximo compromiso.
El problema no es únicamente el resultado. Es la sensación de que el Valencia ha vuelto exactamente al mismo lugar del que no fue capaz de escapar la temporada pasada. El equipo transmite fragilidad, falta de calidad y enormes dudas, mientras Carlos Corberán pierde el poco crédito que le quedaba.
Una situación que era de esperar
Lo ocurrido en Riazor no es un accidente. Tampoco debería sorprender. Este Valencia llega a la temporada después de un verano inoperante en el que se ha cambiado demasiado poco para intentar obtener un resultado diferente.
Tras varias temporadas negativas, y especialmente después de lo vivido el pasado curso, la plantilla necesitaba cambios profundos. Podían llegar desde el banquillo, desde el vestuario o desde ambos lugares. Pero la realidad es que no se ha producido una transformación real en ninguno de los dos.
Corberán fue renovado y el bloque se ha mantenido prácticamente intacto. El resultado es un equipo que sigue arrastrando los mismos vicios, las mismas carencias y unas actitudes que ya habían quedado expuestas durante la pasada temporada. El verano pedía una limpieza. El Valencia, sin embargo, ha optado por la continuidad y esta es la consecuencia.

- Foto: LALIGA.
El mismo bloque, los mismos problemas
El Valencia puede cerrar ahora el mercado con un retoque de última hora además de Elliott, pero eso no cambiará el problema de fondo. La cuestión no está únicamente en las piezas que puedan llegar, sino en todo lo que se decidió no modificar.
Este equipo ya había demostrado sus limitaciones. Falta calidad, especialmente en varias zonas del campo, pero el problema va mucho más allá. También hay claras dudas sobre la actitud, el compromiso y la capacidad competitiva de una plantilla que no parece haber cambiado de mentalidad.
En Riazor se vio a un equipo perdido. Un Valencia incapaz de reaccionar, de competir durante demasiados minutos y de transmitir que el partido realmente estaba en sus manos y eso también afecta, por supuesto, a Corberán.
El técnico valencianista se encuentra cada vez más cuestionado. La afición empieza a perder la paciencia y, lo que puede ser todavía más preocupante, el equipo no transmite la sensación de creer en su entrenador.
Corberán está al límite y ha perdido ya todo el crédito, pero es solamente una parte del puzzle cuando la plantilla sigue siendo prácticamente la misma y la planificación no ha mejorado las raíces del problema.
La obra de Gourlay
Ron Gourlay aseguró a su llegada, hace aproximadamente un año, que no venía al Valencia para pelear por la permanencia. Sin embargo, con apenas tres jornadas, la situación vuelve a parecerse demasiado a la de los últimos años.
La realidad es que, más allá de un par de refuerzos, la dirección deportiva no ha realizado la transformación que necesitaba el equipo. Se mantiene el mismo bloque, con prácticamente los mismos problemas y con la esperanza de que el resultado sea diferente, pero no se puede esperar un cambio real sin tocar nada.
El verano ha sido una nueva oportunidad perdida. Después de varias campañas en las que el Valencia ha convivido con las urgencias y el miedo a mirar hacia abajo, este mercado debía marcar un punto de inflexión y la situación es exactamente la misma.

- Foto: Valencia CF.
Como si fuera la jornada 41
Es un tópico, pero la realidad es esa: el Valencia parece estar jugando la jornada 41. La temporada es simplemente una continuación de todo lo malo de la anterior.
Un equipo con poco fútbol, poca calidad y demasiadas dudas. Una plantilla con los mismos vicios. Un entrenador que empieza a estar muy cuestionado. Y una dirección deportiva que no ha conseguido cambiar el rumbo.
Ahora llega el Barcelona a Mestalla con el Valencia situado al borde del precipicio. Con un punto de nueve, un vestuario que no transmite confianza y una afición que ya ha comenzado a perder toda la paciencia.