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opinión

Poco cuello y mucho rostro

18/09/2019 - 

VALÈNCIA. Escribo estas letras antes del partido ante el Chelsea. Entre otras cosas, porque el orden de los factores, en esta ocasión, no altera el producto. Al grano: queridos lectores, como sabrán ustedes, nos hacemos mayores. Y quizá por eso, con el discurrir de los años, cada vez somos más intolerantes con las viejas letanías, los lugares comunes, los prejuicios y los tópicos. Por gastados, por sobados y por repetitivos. Quizá por eso servidor, con el paso de los años, recela cada vez más de esa imagen que nos dibuja a los futbolistas como seres caprichosos, mercenarios y que se suelen comportar como niños mimados. No es que esa descripción no se ajuste a la realidad en muchos casos – que lo hace-, sino que forma parte de una serie de lugares comunes que periodistas y aficionados repetimos, hasta la saciedad, incluso cuando no son ciertos. Con motivo del silencio de la plantilla del Valencia para denunciar la falta de sensibilidad de Singapur, están surgiendo todo tipo de teorías y reproches contra la postura de los jugadores. Que si se deben sólo al club, que si trabajan para el Valencia y no para Marcelino, que si les paga el dueño y no el entrenador, que si el club les da igual y sólo les importa su culo, que si ganan demasiado como para negarse a hablar, que es muy fácil culpar al empedrado y que la plantilla es inmadura porque siempre se queja, que estos mercenarios son el reflejo de las nuevas generaciones acomodadas y que si la abuela fuma. Y con la venia, incluso creyendo a pies juntillas que esto pueda suceder a menudo, tanto en los vestuarios profesionales de algunos clubes, como en diferentes empresas y ámbitos de la vida cotidiana, creo que todos estos reproches son injustos.

Nunca he sido demasiado condescendiente con la figura del futbolista, esa es la verdad. Por lo general, los jugadores suelen ser bastante egoístas y acaban por mostrar su auténtica personalidad cuando cuelgan las botas. Casi siempre – no siempre-, suele ser así. Y sin embargo, en esta ocasión, entiendo perfectamente a los jugadores del Valencia CF. Alguien podrá pensar que están pecando de caprichosos, pero la realidad es que tienen motivos para estar digustados. Son profesionales, en efecto. Pero antes, son personas. Ni un sólo cargo del club, ni un sólo empleado, les ha dado una sola explicación oficial del despido del que hasta ahora era su entrenador. Incomprensible. Y cuando les acusan de tener un carácter voluble, de ir a la suya y de falta de carácter, creo que también se les juzga con ligereza: estos jugadores son los mismos que el curso pasado tuvieron la gallardía de sacar adelante una temporada que comenzó torcida, donde tuvieron que unirse para sobrevivir cuando el proyecto estaba en el alambre, mostrando carácter para acabar clasificándose entre los cuatro primeros, ganando un título tras once años de sequía. A estos chicos se les podrá acusar de cualquier cosa, menos de profesionalidad y de falta de carácter. Esa no es una asignatura pendiente en ese vestuario.

Habrá quien les culpe de pensar en aceptar ofertas para irse en enero, quien les eche a la afición encima si el equipo no gana e incluso habrá quien pretenda hacerles comulgar con ruedas de molino para convencerles de lo que tienen que decir, pensar y hacer en el futuro. Correcto. Ahora bien, el grupo que forma parte de la caseta del Valencia CF ahora mismo es, sobre todas las cosas, un grupo maduro. Uno que, a base de temporadas duras, se superar errores propios y ajenos, ha alcanzado esa madurez – con perdón-, a base de recibir y encajar hostias. Unas merecidas y otras no. Y a ese vestuario, dolido por la injusticia de la propiedad, no se le puede pedir que de la cara y hable para faltar a su verdad o para escucharle medias verdades, que son las peores mentiras. En este momento es muy sencillo cargar contra los jugadores, pero la realidad es que nadie mejor que ellos para entender que su silencio es la única manera de protestar y denunciar la falta de sensibilidad de una propiedad que, de esta manera, ve dañada su imagen y línea comercial. No es posible afearle a esta plantilla esa actitud cuando ya en verano pidieron un cara a cara con el dueño en Singapur, porque no se fiaban de los interlocutores asiáticos del club. No parece demasiado correcto darle cera a este vestuario cuando muchos de sus miembros conocen, de primera mano, que Singapur sugirió a Marcelino el curso pasado que tirase la Copa y también, vamos a decirlo todo, la Europa League. Los futbolistas están cargados de razones. Hasta un ciego podría verlo.

Parejo, Garay, Paulista, Rodrigo, Carlos Soler y compañía, por más que se repita por activa y por pasiva, por más que se incida en eso en algunos foros populistas, no se están comportando como caprichosos niños millonarios. Al contrario. Vende poco decirlo y es una postura impopular, pero estos jugadores saben de bien nacido es ser agradecido. Y que tienen que dar un paso al frente, porque el escudo está por encima de todo y de todos. También del dueño de las acciones, que no de los sentimientos, porque sin gente del Valencia CF, no hay Valencia CF. Es posible que en estos momentos la postura más cómoda consista en afear la conducta del vestuario y que su silencio se interprete como una pateleta de niños consentidos y mercenarios.  Incluso es factible que, en unos partidos, si no llegan las victorias, algunos tengan poco cuello para girarse al palco y mucho rostro para pedirle cuentas al vestuario. Que no cuenten conmigo para eso. 

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