/ OPINIÓN

Sacar a pasear el fetichismo del Doblete

16/02/2023 - 

VALÈNCIA. Meter al equipo por detrás -entrando a Mestalla como quien accede sospechoso por la cocina de un restaurante - tiene más que ver con fabricar confusión que con proteger al equipo. El equipo, el del Valencia, no está en discusión. No hay señalados entre quienes juegan, lo cual evidencia la anomalía. El Valencia está en descenso pero no es a los jugadores a quienes se enfoca. No ocurre porque los problemas superan por mucho a los de un puñado de veinteañeros en tránsito que están desconcertados más que cualquier otra cosa. No son sospechosos porque, de tanto cambiarlos, de tantos despersonalizar a la plantilla, ni tan siquiera tienen peso y arraigo como para ser merecedores de cualquier culpa. Simplemente, son insignificantes. Y eso explica, en parte, su posición en la tabla. 

La treta de esconder al equipo, volverlo clandestino, además de un acto poco honorable, busca situar a los futbolistas al otro lado de la trinchera. Los rehenes con los que los alguaciles del poder de Lim creen que pueden desviar la atención para obtener el titular definitivo: ‘el Valencia está así porque Mestalla falla’, ‘en lugar de protestar, es momento de animar’. Qué puede fallar en esta estrategia infalible que se acompaña de otros trucos mágicos: como prohibir grabar desde el balcón del estadio o abonar con restos orgánicos cabinas de radio (‘para lo que nos queda en el convento…’, parecen insinuar). 

Esparcir basura como respuesta a una situación crítica desnuda la estrategia 'fake' de una presidenta que, menos escatológica en público que su precedesor, es más letal en privado: la sumisión infinita a un propietario al que nada le importa las aguas fétidas en las que chapotea ‘su’ club. 

Al Valencia, a su equipo, no se le esconde. Las miles de personas desesperadas el sábado en el zaguán de Mestalla protestaron justo por poder seguir teniendo un equipo. Ya puestos, un buen equipo. Es gente ansiosa por tener un plan de salvación. Por escuchar a un representante del club dispuesto a sacar al equipo del pozo. Por tener representantes institucionales más preocupados por sostener a los jugadores que por defender a su amo lejano. 

La elección de Baraja y Marchena, recurriendo al fetichismo del ‘doblete’, tiene el aspecto de un ejercicio de aprovechamiento de su memoria con el que apaciguar al público. Una tregua en el incendio. Una operación más preocupada en la defensa de la reputación propia que en el rendimiento inmediato. ¿Se ficha a unos entrenadores o al efecto que producen sus dos nombres? Da un poco igual: son la última bala para que no haya que elegir entre club o equipo.

Ellos dos han aceptado sumirse en el riesgo máximo de una gestión colonial entregada a un desconocido. Lo hacen porque es una oportunidad -a cara o cruz- en sus carreras, pero también por una creencia casi poética en el club en el que estallaron como futbolistas. Merece la pena intentarlo.

Ver a Marchena y a Baraja será recordar que el club era otro club antes de que lo castraran. El último truco de magia. También la última bala.

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