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opinión

Súper vergüenza

7/01/2020 - 

VALÈNCIA. El Valencia CF afronta esta semana su primer título no como si fuese el regalo de Reyes que es, sino como si le hubiesen quitado, precisamente, parte de ese regalo que era para él. La Federación Española de Fútbol, de una manera un tanto cuestionable, tuvo a bien que formaran parte de esta fiesta la reina madre de la capital y su cohorte y, para compensarlo, pensó en darle mucho más dinero que al campeón legítimo de la Copa de su Majestad el Rey en el 2019. Les daba igual si el supercampeón de España es un equipo que no ha ganado nada de nada: se impuso el brillo de la Champions, el escaparate internacional y la necesidad de seguir engordando la gula de los más grandes a nivel económico. Daba igual que los seguidores valencianistas no pudieran ir a ver a su equipo para disputar una final que se habían ganado en el terreno de juego; daba también igual si los españoles no podían ver, mediante un medio público y gratuito, un espectáculo deportivo que subvencionan con impuestos, pues las federaciones nacionales viven, en parte, de lo que el Estado les concede. Eso era lo de menos: era mejor que el mundo entero contemplara la grandeza del fútbol nacional español resumida en una deseada (y propiciada) final Barcelona-Madrid, que — insisto— si pudiesen se cargarían el propio campeonato nacional. Eso daba igual, porque en Arabia Saudí, como todos (y todas, claro) sabemos les fascina nuestro fútbol y apoyan las libertades e igualdades que el deporte representa. Rebajarse por esa cantidad de dinero no es de ser débiles, sino fuertes (que diría aquel), porque así damos una muestra de nuestros principios allá donde quizá solo tengan dinero.

Fíjate que estaría muy bien una final Valencia CF-Atlético de Madrid, al menos para tocar las narices, aunque los colchoneros tampoco hayan hecho nada para estar allí: o quizá sí, pero fuera del campo. Tengo la sensación de que una victoria valencianista puede hasta escocer demasiado, porque dejaría todavía más al aire las vergüenzas de quienes han ideado esta falacia de torneo invernal. Lo que correspondía en este caso es que solo los campeones la jugaran y que se disputara en territorio nacional; y de no ser así, que el reparto fuera equitativo o, al menos, acorde a los méritos obtenidos para estar compitiendo; y de no ser así…¡qué más les da! Al final sí es cierto que algo huele a dictadura en todo esto y no sé bien quién la ejecuta, poniendo como cortina de humo el dinero mal repartido. Eso sí, los dos grandes del campeonato nacional (de momento) tienen bien garantizada su presencia por unos años, así que las migajas del pastel es para los demás. Pudiendo ser tan justo todo y que acabe siendo una muestra de sublime injusticia: el gran perjudicado es el de siempre, el Valencia CF. Casi tanto como la patética aplicación del VAR en favor y en contra del conjunto valencianista con el temita de las manos en el área.

Lo peor de todo es que algo me dice que este será un título que no voy a celebrar con mucho ahínco: sí, doy por seguro que vamos a ganar la Supercopa, porque el Valencia CF sabe cómo apretar los dientes cuando nadie confía en su capacidad de superación y de esfuerzo. Con todo en contra, solo puedes tener la suerte a tu favor. Lo demás, dependerá de muchos factores, como el arbitraje. Pero no quiero hablar de árbitros esta vez (lo haré otro día), porque su difícil labor se junta con una notable falta de preparación y una preponderante soberbia, sobre todo cuando el jugador no es galáctico. No creamos que esto solo ocurre en primera: detecto una curiosa gallardía en algunos árbitros que me descoloca, básicamente porque su autoridad se confunde con despotismo y con amenazas de “te expulso como sigas así” aunque no le faltes el respeto y solo comentes lo que has visto. Lo detecto en primera división y lo veo hasta en veteranos, donde es más fácil que te saquen una roja por cuestionar una decisión más que dudosa que por agredir a un rival sin balón con un puñetazo. Todo no lo pueden ver, está claro, pero a veces solo ven lo que quieren y cuando quieren. Y eso va para todos. No obstante, es muy difícil arbitrar y de ello cabe hacerse cargo y eco: no sé si algunos comprenden las pulsaciones o la tensión. Precisamente, jugar contra el Madrid te pone de los nervios no porque les favorezcan con un penalti inexistente (que también), sino porque no te dejan jugar con intensidad y el criterio es muy dispar, ya que una falta de Parejo acaba en tarjeta y seis faltas iguales de Casemiro, no. Me espero esta disparidad de criterios, pero tampoco me desesperaré demasiado, porque si la gana el Madrid se sabrá que habrá sido desde la descalificante realidad de haber disputado una final que nunca debió jugar y si la gana el Atlético, otras tantas de lo mismo. Si la gana el Barcelona caerán en su curiosa paradoja, porque si fueran independentistas convencidos ya hubieran renunciado a ser supercampeones de España y hubieran preferido jugar contra el Terrasa o el Fulleda y llevarse la gloria de su quimérica idea de país. Todo esto junto me provoca cierta náusea, cierto rechazo y un gran malestar: esto huele a súpervergüenza más que a otra cosa, ganemos o no el título.

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