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¿Y si es que sí?

19/04/2022 - 

VALÈNCIA. Era la última bala. La final por la permanencia. Uno de sus partidos que marcan el destino. Ganar o ganar. Defunción o resurrección. Y vas a Granada rodeado de un ambiente adverso, con el recuerdo del doloroso precedente de hace seis años con Rubi, y haces un poquito más posible lo imposible con una goleada para la historia, como otros 1-4 como el de Almería en abril de 2015 o el de Vigo en febrero 2019, y de paso igualas el golaveraje con el conjunto nazarí tras el 0-3 en el Ciutat. Brillante. Este es el camino; el de un vestuario comprometido, entregado, consciente de lo que hay en juego y que se está reponiendo del peaje acumulado, de lo mucho que se ha hecho mal.

A 13 puntos de la salvación, más de los que llevaba el equipo en el casillero (11), el Levante visitaba el Wanda. Era el 16 de febrero. Dos meses después, conviviendo en esta travesía de nueve enfrentamientos con un sinfín de contratiempos físicos (el domingo sin Roger, De Frutos, Clerc, Mustafi, Cáceres ni el sancionado Campaña), encajando golpes anímicos muy duros y plagados de polémica arbitral (espero que no tengamos que recordar el penalti sobre Dani Gómez contra el Espanyol) y perpetrando derrotas que no entraban en los planes como las de San Mamés y, sobre todo, la de Pamplona, la permanencia está ahora cuatro puntos. No hemos estado tan cerca de la machada.

Sigo manteniendo que mirar más allá del encuentro inmediato es un error, así como echar un vistazo a la jornada y ver contra quién juega cualquiera de los rivales que están en idéntico jaleo. Los demás que se apañen. Hasta le recriminé a mi padre que estuviera mirando la clasificación en el Teletexto (todavía hay quién entra) porque solamente vale el partido a partido. Me reafirmo en que el objetivo está en manos del Levante y eso que todavía hay que recortar distancia. Es el mejor de los que luchan por no caer al abismo. Tanto por sensaciones como por juego. Un equipo que sumó ocho puntos en la primera vuelta (con el casillero de victorias a cero) y lleva 17 en la segunda, todos con Alessio al frente del banquillo. No hay nada hecho todavía. Cambiar el discurso y creerse más de la cuenta sería volver a las andadas y convertir el sueño en un espejismo.  

Faltaba dar ese golpe encima de la mesa que confirmara que el equipo esta más vivo que nunca. Un subidón para reilusionarse. Resulta increíble que aún haya tiempo después de todo lo sufrido. El fútbol regala una nueva oportunidad. Igual de real era empezar a asumir que el destino del Levante era dar un paso atrás para coger impulso desde la División de Plata como que ahora se ha abierto una puerta para reengancharse a la supervivencia y los granotas la han reventado con contundencia. Hubo momentos críticos como el 5-0 en La Cerámica, la derrota en casa contra el Cádiz después del primer triunfo del curso ante el Mallorca también en el Ciutat, el 2-4 que nos propinó el Betis o el duro revés ante Osasuna, de los de tirar la toalla y resignarse porque apenas había motivos para creer y lo único que quedaba era que cada cita no se convirtiese en un suplicio, pero esta temporada es un sinsentido de principio a fin y todo es posible. Es mejor no buscar una explicación. Que estemos en esta situación es lo más parecido a un milagro. Y falta el más grande todavía: resistir en Primera siendo el equipo con peor racha negativa de la historia con 27 jornadas sin ganar, ocho en el ejercicio pasado.  

Ya habrá tiempo para extraer conclusiones y tomar decisiones que sirvan para no repetir los errores que nos han hecho transitar en el sufrimiento tantísimo tiempo, sea con la gran gesta o con el adiós a la máxima categoría. Ahora es el momento de ir a muerte, de echar el resto en estas últimas seis finales, y hacer todo lo posible para que el Ciutat sea el jueves un fortín como en los tiempos de la unión es la salvación. La próxima batalla es ante un Sevilla que veremos cómo le afecta la derrota frente al Madrid, que se ha caído físicamente y que ha perdido esa chispa que le hizo candidato al título y que ahora siente que su puesto en Champions se tambalea. Da igual quién esté delante en esta recta final muy poco recomendable para los granotas que padezcan del corazón. Va a ser una locura. El fútbol está en la cabeza, es una cuestión emocional y contribuye a que fluyan las piernas. Este Levante está mentalmente en su pico más firme.  

El 1-4 tuvo tres nombres propios de portada: el Comandante Morales, Alessio Lisci y los 200 y pico valientes que partieron de madrugada desde Valencia para llevar en volandas al equipo a una victoria clave. Ellos abrieron el marcador desde la grada. El técnico italiano ejecutó un plan perfecto desde la pizarra y el capitán ejerció de líder una vez más. Nadie en su sano juicio puede poner en duda el compromiso absoluto de una leyenda. Porque Morales es eterno. En Granada dio dos asistencias y marcó un penalti que además forzó. Ya son 60 tantos en Primera y 28 regalos de gol a sus compañeros. Es el faro que ilumina a todos y va a dejarse la vida por sostener a su Levante en la cúspide. Y si hay que bajar, ahí estará el primero para liderar un hipotético regreso.  

Pase lo que pase, Alessio debe tener el reconocimiento que merece. En Granada le dio un repaso táctico a Torrecilla como en su día anuló a Simeone, a Emery, a Francisco y tuvo al Barça de Xavi contra las cuerdas hasta el cruel desenlace, recibiendo además el reconocimiento público del técnico catalán antes y después de la injusta derrota. Tiene un mérito extraordinario lo que está consiguiendo. Ha convencido a la plantilla de que es posible cambiar la hoja de ruta y resistir entre los mejores del panorama nacional. Ha sentado unas bases. Ha dado con la tecla. Sabe lo que hay que hacer porque analiza las virtudes y los defectos del rival al milímetro. Luego el plan puede salir bien o mal, porque por supuesto que ha cometido errores, pero jamás deja nada a la improvisación.

El Wanda fue su punto de inflexión. Esa fue su finalísima y la superó por creencia y convencimiento. Desde aquel día, consciente de que su futuro estaba en el alambre como así dio a entrever Felipe Miñambres en su rueda de prensa de presentación, el italiano ha podido sentirse entrenador al cien por cien, sin ninguna responsabilidad más y ha cambiado la historia. Porque hasta ese instante, en el Levante reinaba una fractura estructural impropia de un club profesional y que, evidentemente, no podía traer consecuencias positivas. El míster italiano iba abocado a ser una víctima más de la autodestrucción, de la acumulación de despropósitos y de las incomprensibles pérdidas de tiempo. Ahora ha logrado, con total merecimiento, que se replanteé un futuro al frente del Levante a la conclusión de la temporada que parecía escrito. Hay un entrenador como la copa de un pino que hará carrera aquí o fuera de Orriols. 

Alessio se ha ganado el respeto de todo el mundo. La afición está entregada a él desde el primer minuto. De puertas para dentro ya ha dejado de ser el chico de prácticas en el que muy pocos confiaban. Ojalá acabemos recordando este desenlace como el de la permanencia con Luis García de la 2010/11 rubricada en Mestalla o el de las ocho victorias en los once primeros partidos de Paco López en la 2017/18 para lograr el objetivo y empezar a construir un legado que ha quedado para siempre.  

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