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OPINIÓN

Carta abierta de un paleto de Madrid

Porque en Madrid, queridos, como ya saben, del Valencia sólo se habla bazofia. Y cuando aparece uno que no lo hace y le trata con el respeto que merece, pues a alguno le parece que ese no debería tener barra libre de opinión, no sea que peligre el patio de la comunidad de vecinos.

8/08/2018 - 

VALÈNCIA. Queridos lectores: Soy de fuera. Concretamente, de lo que muchos por aquí llaman La Meseta. No soy del VCF. Soy, como todo el mundo sabe, primero periodista -hago el periodismo que quiero o que puedo- y después, aficionado del Atlético de Madrid. Hace años vengo opinando de la actualidad del VCF por ser un equipo que tiene mi afecto -raro siendo colchonero de cuna, esa es la verdad- y trato de hacerlo con la mejor intención y la máxima información. Entre otras cosas, porque el gusanillo por el murciélago me lo inocularon en vena maestros como Vicente Ordaz, Nacho Cotino, Manolo Montalt y compañía. Gente de orden y con sentido común que, en la vida como en el periodismo, son el menos común de los sentidos. Ellos me enseñaron a respetar, comprender y vivir qué significa un club histórico, grande de España y Europa, sin condiciones, sin pedir ni repartir carnés, sin exigir filiaciones y sin dibujar fobias. Gracias a ellos sembré un afecto notable por el VCF y poco a poco, traté de acercarme a su día a día.

Así que después de una pila de columnas, opiniones y artículos, comenzaron a llamarme muchos medios de Valencia. Desde el pequeño pero entrañable programa de El Matador, pasando por Tribuna Deportiva en Radio Levante, hasta desembocar en Plaza Deportiva. Nunca me dijeron qué podía decir, qué debía escribir o cómo me debía comportar. Me dieron un cheque en blanco para opinar con libertad. Hoy lo agradezco. Sobre todo, en unos días donde el interés del Valencia CF en un fichaje colisiona con los de mi equipo, el Atlético de Madrid. Supongo que debido a mi condición de “valencianólogo” -término despectivo popular que se suele usar para despreciar al que opina siendo de fuera de Valencia-, mis argumentos parecen haber levantado alguna que otra ampolla. Uno ya está mayor para detenerse en insultos, faltas de respeto, rabietas o pequeñas envidias, pero no tiene piel de elefante cuando nota rechazo, injusticia o daño gratuito. Si hay quien me considera el típico producto de la fascinación valenciana por los forasteros, adelante. Y si hay quien cree que lo único que funciona es el jarabe de palo, adelante. Este, por fortuna, todavía es un país libre.

El otro día mi compañero Paco Polit, a quien tengo en alta estima, decía estar hasta el gorro de escuchar la famosa frase: "Ha tenido que venir alguien de Madrid a decirnos las cosas como son". Dice Polit que los que la repiten ahora son plaga y que el asunto es estomagante. Hay mucha razón en su reflexión. También la hay en pensar cómo es posible que mucha gente de Valencia tenga esa percepción. O qué no habrán hecho mal algunos para que otros sientan más cercanía y credibilidad por uno de fuera que por uno ahí. O por qué demonios en Madrid no hay gente echándole en cara a los periodistas sus puntos de vista por no haber nacido en Alcobendas, Alcalá de Henares o Chinchón. O cómo es posible que habiendo tantos magníficos profesionales en Valencia, con tanta calidad en su trabajo, el pasatiempo local consista en pequeñas guerras de Taifas entre unos y otros. Uno no sabe cómo son las cosas ni se las quiere decir a la gente de Valencia. Lo que sí sabe es cómo no son las cosas. Las cosas no funcionan repartiendo carnés y cobrando facturas de tapadillo en las redes.

Que el VCF está en buenas manos con Mateu y Marcelino es un hecho, que el equipo ha recuperado el estatus de grande es otra realidad, que la gestión está mejorando no es nuevo y  si las cosas siguen así, el VCF seguirá creciendo, no es novedad. Lo que por lo visto sí lo es, es que esto lo diga uno de Madrid, sea un paleto o no lo sea. ¿Saben por qué? Porque en Madrid, queridos, como ya saben, del Valencia sólo se habla bazofia. Y cuando aparece uno que no lo hace y le trata con el respeto que merece, pues a alguno le parece que ese no debería tener barra libre de opinión, no sea que peligre el patio de la comunidad de vecinos. Como a uno no le pagan por apasionarse, sino por opinar, le cuento que hace semanas detecto un estado de cabreo permanente en el personal, una letanía insoportable. Mucho valencianista que vive, por alguna extraña razón, en un bucle de queja continua que le impide disfrutar del equipo y del club. Gente que usa a Simeone como una piñata, pegándole por no soltar a Gameiro, cuando aplaudiría a Mateu si no soltase a un jugador hasta tener recambio; gente que se rasga las vestiduras porque Guedes no viene por el precio que quieren ellos y no por el que marca el PSG; gente que se vuelve histérica rajando de Piccini y dos partidos después se compra su camiseta; gente que pone a parir a Peter Lim por no fichar y le pega cuando ficha; gente que quiere que Gameiro salga barato pero que pide lo máximo por Rodrigo; gente que está harta del Madrid y del Barça pero que se pasa la vida echando pestes del Atleti y del Sevilla; gente que protesta por todo y también protesta si no hay nada sobre lo que protestar; gente a la que no le gusta el fútbol, porque sólo le gusta el VCF. Pero no el club, sino sólo su idea de lo que debe ser el club. No es el Valencia. Es ‘su’ Valencia.

Gente que sacude al de aquí por ser de aquí y al mismo tiempo, al de fuera por ser de fuera. Gente que no opina, porque sentencia. Gente que no argumenta, porque ofende. Gente que se pasa la vida retratando a los demás y acaba retratada. Gente que quiere establecer un cordón sanitario entre los que opinan como ellos y los que no, gente que se queja de que no se habla del Valencia y que, cuando se habla del Valencia, se queja de lo que se habla del Valencia. Gente que ha entrado en el Valencia, pero que no permiten que el Valencia entre en otros. Gente que se pasa la vida poniendo puertas al campo. Gente que quiere un VCF grande y lo hace pequeño. Tenía que aparecer algún paleto de Madrid para decirlo.

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