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OPINIÓN / OPINIÓN

Florecimiento Futbolero

22/02/2020 - 

VALÈNCIA. Cuando finalizó el partido en Milán y los futbolistas trataban de digerir el ciclón que les había pasado por encima, la maquinaria de propaganda del club ya había puesto en marcha la estrategia de la Reamuntada. El mensaje estaba convenientemente cocinado y los intérpretes saldrían a ponerle cara y voz a la sala de prensa y zona mixta. Se trataba de hablar lo mínimo de lo acontecido en San Siro y mucho de lo que pueda suceder el próximo 10 de marzo en Mestalla. Lamentar las ocasiones erradas y fiarlo todo a la vuelta como si el resultado nada tuviera que ver con el Valencia y el sorteo nos hubiera deparado una eliminatoria a partido único pero con un 4-1 en contra. Como si los cuatro goles encajados fueran fruto de un decreto ley y no de una inexistente disciplina defensiva. Seguramente, cuando el jueves vieron, leyeron y escucharon en los medios las alusiones a la remontada y las evocaciones a aquella eliminatoria contra el Basilea, en la Oficina del Presidente’ se miraron unos a otros con la sonrisilla de quien ha conseguido su objetivo. Pero lo de tapar el fracaso con una cortina de humo es más antiguo que un bosque y, seguramente, piensan que han inventado algo porque ellos son los nuevos, pero está más visto que el TBO. 

Y sí, hay mucho que tapar. Porque lo visto en San Siro no es sino el resultado de su propia torpeza y egocentrismo. Despojar a un equipo de su sello y su personalidad para tratar de convertirlo en otra cosa que parece estar claro lo que quiere ser pero que no lo es, ni de lejos, no es sino otro brindis al sol de Singapur. Siendo Celades responsable de lo que ocurre en el equipo no puede cargar con toda la culpabilidad y, aunque será él quien acabará ‘pagando el pato, el técnico catalán no es más que la consecuencia de un ataque de celos en el que no tuvo nada que ver. El señor de Singapur y su agregado diplomático han desnortado un grupo que, con errores y aciertos, sabía siempre perfectamente dónde estaba el norte metiendo en el vestuario a un entrenador inexperto que, en lugar de perseverar en las virtudes que ya había hecho propias el equipo, se ha empeñado en navegar sin brújula. Y así juega el Valencia, sin brújula. Cada partido es una aventura alocada sin más estrategia que la consistente en lanzar golpes al rival tratando de alcanzar su mandíbula sin protección ninguna. Un ataque desordenado y voluntarioso gobernado por la furia y la improvisación. 

En esa búsqueda del nirvana se han quedado por el camino todos los automatismos aprendidos en tiempos de orden. Un mecanismo tan aburrido como efectivo que se trabaja en la Ciudad Deportiva, que requiere una buena dosis de constancia y que hay que regar todos los días porque, siendo sencillo de interiorizar, requiere miles de repeticiones hasta que se produce de manera automática cuando rueda la pelota pero que, además, también tiene un componente casi disciplinario: se puede salir a dar un paseo pero la puerta siempre se cierra con llave antes de salir. La disciplina defensiva se ha perdido y el Valencia se ha convertido en un equipo muy vulnerable. Lo ha sido con sus centrales titulares y lo es, todavía más, ahora que no están. Algo tan básico y obligatorio en el fútbol ha pasado a ser prescindible para una nueva generación de entrenadores que, teniendo muchas virtudes y mucha ‘big data’ a su alcance, priorizan una suerte de ‘florecimiento futbolero’ sobre los fundamentos del fútbol real imbuidos por la estela de Guardiola y jaleados por un ejército de engolados opinadores. De todo lo demás... de desmontar la paraeta cuando rendía razonablemente bien, de montar ‘campañitas’ para alimentar su ego y el de su amo, de vaciar de animación la grada de Mestalla, de tratar a los aficionados como si fueran gilipollas con una falsa apuesta por la cantera, de titubear para firmar un central de garantías cuando es de vital importancia y de dinamitar el prestigio de un club centenario... Celades no tiene culpa ninguna y ojalá encuentre el camino correcto y empiece a hacerlo hoy mismo en San Sebastián porque, de no ser así, le van a hacer pagar todas las facturas que no le corresponden.

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