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opinión

La broma infinita

10/01/2020 - 

VALÈNCIA. Es una pena que David Foster Wallace se ahorcara en el patio trasero de su casa, en Claremont, California, hace más de once años. Estoy seguro de que, en el improbable caso de que algún medio lo hubiera acreditado como enviado especial, habría escrito una crónica maravillosa de lo que sucede en Yeda esta semana. Ya lo hizo en el Festival de la Langosta de Maine, los AVN Awards (los Oscar del porno) o la campaña electoral, con un humor incisivo, cáustico y demoledor. Para los curiosos, las aproximaciones de Wallace a esos mundos esperpénticos, como reportero de la revista Rolling Stone, están reunidas en el volumen Hablemos de langostas.

El autor de La broma infinita, una de las obras más caóticas y celebradas de la narrativa norteamericana, habría disfrutado mucho en la Supercopa que ha organizado Rubiales. Se habría pitorreado, con estilo, del propio Rubiales sentado como un jeque en un sillón blanco al lado del cacique de turno, habría advertido la inexistente presencia de mujeres en las gradas, analizaría con ironía la pasión impostada de los aficionados madridistas (incluso alguno con la camiseta del Barça), bromearía con la canción con la que Real Madrid y Valencia saltaron al terreno de juego (un tema escrito e interpretado por un homosexual, condición prohibida bajo pena de muerte en el país que acogía la competición) y, en definitiva, escribiría una crónica cruenta contra una de las patochadas más increíbles que ha vivido el fútbol español en su más de un siglo de historia.

Wallace, como es obvio, no tenía ni idea de fútbol, por lo que difícilmente podría haber analizado el papel del Valencia en este paripé ridículo. Pero pongámonos en el caso de que Wallace estuviera vivo y supiera de fútbol algo más que pensar que es un absurdo deporte en el que es posible un empate a cero. Al fin y al cabo, estos textos también permiten hacer ficción de la realidad.

Diría que el Valencia no hizo el ridículo en Arabia, pese a perder 1-3 en tierras saudíes. Es más, acabó riéndose de todos. Salió al campo a jugar andando, como si de un amistoso de pretemporada se tratara, sin meter la pierna en ninguna disputa y solo dando alguna leve patada a aquellos que se tomaban en serio la broma infinita que había montado Rubiales en Arabia, encajó un gol mientras Jaume y sus defensas charlaban amigablemente en medio del área, siguió jugando al trantrán, rezando por que Sergio Ramos no hiciera una de sus clásicas cagadas y tuviera que correr un poco para meterse en el partido, y ni siquiera protestó el penalti que el propio Ramos cometió en el último minuto, que Parejo lanzó como quien rellena un formulario para pedir una subvención a la Generalitat, con firmeza y desgana.

Pero, sobre todo, cogió los dos millones y medio que le adjudicaron los defensores de la justicia, los que dijeron que iban llevaban la Supercopa a Arabia Saudí a implantar la igualdad, y se marchó a Valencia para preparar con ganas la segunda parte de la temporada. Los retos que esperan son mayúsculos, puesto que la clasificación para la próxima Liga de Campeones está a tiro haciéndolo bien y el título podría estarlo también haciéndolo muy bien, puesto que la Champions le ha regalado un hueco para acceder a cuartos y, una vez alcanzada esa ronda, soñar que no tiene techo. Y, sin duda, la Supercopa (o Superbroma) es solo un estúpido trámite, bien remunerado, que se olvidará muy rápido, como las cosas que no tienen importancia.

Lástima que David Foster Wallace no haya vivido para contarlo.

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