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opinión

La factura

15/12/2018 - 

VALÈNCIA. Resultó tan impactante la declaración de Marcelino tras el encuentro en Mestalla contra el Sevilla asumiendo ser el máximo responsable de la situación deportiva del equipo pero… no el único culpable que quedaron otras reflexiones del técnico asturiano en segundo plano pese a ser, desde mi punto de vista, dignas de análisis. Preguntado por si lo acontecido el año pasado podría haber sido un espejismo el técnico dijo que no y que: “El inicio tan bueno del año pasado nos sirvió para demostrar nuestro máximo rendimiento. Y ahora una exigencia más alta nos está pasando factura”. Y creo que es digno de análisis porque, a diferencia del año pasado en el que –obviamente- el Club no se planteó objetivos ambiciosos en voz alta por venir de una temporada calamitosa, este verano sí que hubo unanimidad en cuanto a la meta marcada: clasificarse para jugar la Champions 19-20 es, como siempre debe ser para el Valencia, un objetivo y también una necesidad pero parece que tal exigencia, según el técnico valencianista, ha hecho mella en el equipo. Imagino que Marcelino entiende que sólo ha afectado a los delanteros puesto que en su discurso habitual sólo se advierte la pertinaz sequía goleadora como obstáculo para convertir los empates en victorias con lo que la ‘elevada’ exigencia’ de esta temporada es selectiva y no afecta al resto de jugadores de la plantilla. De cualquier manera, no es mi intención incidir en dicha incongruencia y sí en el fondo de la cuestión porque una de las características que todos destacamos el año pasado del entrenador pasaba por la presión que era capaz de inocular al grupo entendiendo que , precisamente, era eso lo que le venía faltando al VCF en los últimos años y que él había sido capaz de extirpar del vestuario a los ‘elementos subversivos’ incapaces de asumir –desde su cómoda auto complacencia- ese plus de exigencia para dotar al equipo de la competitividad de la que venía careciendo. Ahora resulta que la exigencia es dañina para el equipo y yo… ni lo comparto ni lo entiendo porque, desde mi punto de vista, quien venga a jugar o a entrenar al Valencia CF debe hacer propia la necesidad de estar arriba. Si el Valencia quiere ser un Club de los ‘importantes’ y codearse con la élite del fútbol europeo, que es lo que desean todos los valencianistas de bien, ha de ser capaz de trasladar a todos sus estamentos la exigencia necesaria para que así se produzca porque tampoco es cómodo ser jugador en la Juventus o en el Barcelona: ellos nacen cada temporada con la necesidad de optar a todos sus títulos domésticos y, además, luchar por ganar la Champions. El Valencia, pese a no estar a tan gran nivel, sí debe optar por hacer un papel digno en las competiciones de ‘andar por casa’ y, además tiene y debe tener la obligación de meterse entre los cuatro primeros de la Liga porque en la Champions está el principal botín económico o… el segundo gran botín por detrás de los derechos televisivos. Si a todo esto le añadimos el componente emocional que conlleva el Mundo del fútbol, no cabe arrancar una temporada en el Valencia CF sin compartir con los aficionados la satisfacción del ‘estatus Champions’. De ahí que le otorgue importancia a lo dicho por Marcelino hace hoy una semana. Soy de los que anduve tan satisfecho con la presencia de Marcelino en el Valencia, después de ver pasar tanto ‘chiquilicuatre’  por el banquillo, que cada semana que termina en ‘no victoria’ deseo que llegue la siguiente para ver al Valencia que yo quiero ver. No quiero que se me caiga el entrenador porque creí ver solventado el problema para muchos años con su presencia y porque me aterra pensar lo que pueden hacer Lim y compañía si se ponen otra vez a jugar al futbolín. Pero el entrenador que se siente en el banquillo del Valencia debe ser el adalid número uno de la exigencia.

Todo esto sucedió el sábado pasado y – espero sea una simple coincidencia- resulta que el miércoles sí vimos al equipo competir de verdad contra uno de los grandes. Sí… posiblemente en su peor momento pero… uno de los grandes y, habiendo escuchado las palabras del míster el sábado resulta imposible no preguntarse si el fútbol apareció porque el encuentro era inocuo y no estaba sobre el tapete la perentoria necesidad de ganar. Quiero creer que no es así y cuento las horas, los minutos y los segundos para comprobar esta noche si, en Ipurúa, donde hay que ganar sí o sí, hay factura o no hay factura. Quiera Dios que no la haya porque, aunque la cosa anda torcida, creo que el Valencia todavía está a tiempo de arreglar el desaguisado.

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