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opinión pd / OPINIÓN

Miedo y alma

7/01/2021 - 

VALÈNCIA. La verdad siempre por delante. Aunque escueza mucho, porque es mejor ponerse una vez colorados que doscientas amarillos. El Alteti se fue a Segunda con Haselbaink, Kiko, Solari, Valerón, Santi o Molina. El Villarreal corrió el mismo camino con Senna, Bruno Soriano, Marco Rubén, Mussacchio y Cani en sus filas. El Sevilla se hundió en el pozo con gente como Tsartas, Prosinecki, Salva Ballesta, José Mari o Almeyda. Y el Celta no se salvó de la quema con jugadores como Mostovoi, Cáceres, Berizzo, Luccin o Gustavo López. Todos esos equipo tenían mejores plantillas de las que tiene, ahora mismo, lo que queda del Valencia CF, reducido a un vestuario desmembrado, por necesidad y por voluntad propia, por su ilustre propietario, Meriton Holdings. La palabra tabú en Mestalla es la que es: Segunda. El miedo es libre y la situación del club invita a pensar que un descenso a segunda podría precipitar la desintegración deportiva y económica de un club herido de muerte.

En la amplia fila de culpables, los empresarios de la tierra que decían servir al Valencia y se sirvieron de él, los que no tuvieron más remedio que elegir entre susto (Peter Lim) o muerte (extinción) y por supuesto, los actuales propietarios, que han destrozado un club campeón, reduciendo a cenizas el legado de Mateu y Marcelino. Sí, a nadie escapa. Peter Lim por su ineptitud a control remoto, Anil Murthy por su manifiesta incompetencia desde el epicentro de la crisis y Meriton Holdings, por su insondable modelo prepotente, son los culpables. Lo pueden pintar de verde y ponerle un lacito colorado, lo pueden esconder en diferentes fanzines amigos e incluso lo pueden parchear abrazados a los cómplices mediáticos que siguen empeñados en blanquear su gestión, pero lo cierto y verdad es que no hay valencianista de bien que no tenga claro que son culpables de este disparate.

Dicho todo eso, sabiendo que el valencianista duerme con el enemigo en casa y que liberarse del yugo accionarial de Meriton será una batalla tan larga como encarnizada, ahora al Valencia le toca levantarse del suelo, de una vez por todas, para evitar la tragedia. Sí, al Valencia. Porque el club no sólo es un paquete de acciones, ni un balance de cuentas, ni un despacho, ni siquiera se corresponde con unos ejecutivos que se pasan el día metiendo la pata y desprestigiando un sentimiento centenario. No, el Valencia no es sólo eso. Es mucho más. Están sus empleados, su cuerpo técnico, sus jugadores y por supuesto, el único patrimonio real del club, los únicos que no tienen cláusula de rescisión y se sacan el abono cada año, religiosamente, sus aficionados. Y todos esos deben unirse, de una vez por todas, para levantar la cabeza antes de que sea tarde.

Que echar a Meriton debe ser el objetivo de todo aquel que quiera al Valencia está claro. Ahora hace falta que el personal tenga claro que hay algo por encima incluso de eso: la supervivencia del club. Hay que empezar a ganar partidos. Por lo civil o por lo criminal. Pero hay que empezar a ganar. Y como en tiempos de pandemia en aficionado no puede echar una mano al equipo, porque no puede reventar Mestalla y dar cariño a su equipo, toca pedir más a los jugadores. Tienen que querer, saber y poder dar más.  Este es un vestuario sano y honesto, un equipo que casi siempre quiere y pocas veces puede, un Valencia que lo intenta casi todo sin salirle casi nada. Y eso, más allá de la capacidad y nivel de los futbolistas, está empezando a ir a peor porque el miedo se ha hecho un hueco, a base de codazos en forma de malos resultados, en el vestuario. Y ese es el gran enemigo del Valencia ahora mismo. El miedo. Cada jugador debe librar su batalla particular contra sí mismo.

Jugar en época de bonanza y títulos, con el viento a favor, es sencillo. Poner la cara para que te la partan, jugar con el viento de cara y vivir en una época de descomposición social, económica y deportiva, es lo difícil. Y la única solución posible para no bajar a Segunda es dar mucho más de uno mismo. Salir al campo a morir, darlo todo, masticar tornillos si hace falta y apretar los dientes en cada balón dividido. Lo de toda la vida: jugar con sangre en el ojo. Hay que pedirle más a los que lo dan todo, como Soler y Gayá. Hay que exigirle más a los que pueden dar más, como Gameiro, Wass, Guedes o Paulista. Hay que pedir a los que se quejan de jugar poco que salgan y se coman la hierba, como Kang In Lee. Hay que pedirle más a los que incluso podrían no dar para más. Y por pedir, hay que pedirle a todos los que forman este vestuario que piensen en algo muy sencillo: no pueden pasar a la historia como el grupo de jugadores que bajó a Segunda al Valencia. Pongan el alma ahí dentro.


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