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opinión pd / OPINIÓN

Moraleja del cuento

21/04/2020 - 

VALÈNCIA. Nos ha quedado bien demostrado que el fútbol, sin la pelotita en juego, huele feo, destila un color aburrido y soso. No es cuestión de despachos, sino de interés por lo que hacen aquellos que nunca llegarán a ser protagonistas de este deporte. En verdad, así debería de ser siempre con respecto a los dirigentes en las diferentes áreas de un club: que lo hicieran tan bien y tan discretamente que nunca tuvieran protagonismo, más allá del reconocimiento (traducido en confianza) de la afición y de los empleados del club. Claro, esto llevado a la vida real significa que hay que hacer menos autobombo de la gestión propia y dedicarse más a seguir ganando la admiración del mundo entero desde la máxima discreción. También es verdad que muchos aficionados a veces quieren más a un agitador de entusiasmos que a un buen presidente o gestor, pero eso ya es otra cosa, porque tan importante es saber administrar como saber ilusionar, ya que no están reñidos, a pesar de los pesares. Cuando encontramos gente capaz de cubrir, con equilibrio, las dos caras de esta responsabilidad, entonces creemos estar ante el capitán perfecto para esta nave, como ocurrió, por ejemplo, con Mateu Alemany: ya no eran tan importantes sus errores como sus aciertos. Y en lo deportivo lo mismo pasó con Marcelino, aunque a este último le costaba ilusionar a los aficionados, pero sí lo conseguía hacer con algunos jugadores, y ahí están los resultados. Y, por lo visto, no acabó nunca de ilusionar a la propiedad, que se quedaba embelesada con Gary Neville o Pako Ayestarán, como grandes inventores de este noble arte de dirigir plantillas: después de los espectáculos que sus respectivos equipos daban allá por donde pasaban (y que últimamente GOLTV ha querido recordar, para compensar las noches mágicas de los valencianistas, recobradas en otras cadenas), normal que la mayoría accionarial que dirige el club viera a Marcelino como un proyecto poco estimulante. Normal: palabra que en manos y mente de Meriton se convierte en extraña.

En fin, pasando a otro punto de la cuestión, me quedan dos o tres cosas que comentar de esta rabiosa y vibrante actualidad valencianista: la primera, es que alguien debería controlar lo que come Rubiales antes de pensar en el Valencia CF, porque no le acaba de sentar muy bien y, seguramente, esto le trae un recuerdo, que en boca de Freud, se acabaría llamando trauma. No sé qué le pasa al actual Presidente de la Federación, pero es que no se le ocurre ni una que beneficie, ni de refilón, al conjunto ché. Mira que lo intenta, que lo piensa y lo repiensa, pero no le sale y por eso yo creo que da marcha atrás y decide que el mejor de los caminos es el que se hace a costa de asaltar el de los demás. No te creas tú que se le ocurrió proponer, como se plantea en otros países, que vayan a Europa aquellos clubes que, por orden, tengan mejor coeficiente UEFA, donde el Valencia CF saldría beneficiado; o que repitieses los que han disputado competiciones este año y han pasado la primera fase, por ejemplo, etc. Eso no se le ocurre. Cada vez que el Valencia CF se acerca a pedir un poco de cariño a Rubiales, este siempre tiene dolor de cabeza. No lo critico, porque sus motivos tendrá, pero me llama la atención, ciertamente.

La segunda cosa es que Celades estará contento este mes, porque lleva invicto unos cuarenta días, así que el Valencia está viviendo una cuarenta gozosa, en la que no solo no ha perdido, sino que, además, no ha encajado ni un gol, a no ser que Diakhaby, al salir al balcón de su casa a aplaudir, le diera con la mano a algún balón por ahí perdido y nos pitaran penalti, o que el V.A.R. ese artilugio cuya misión es generar una verdad y objetividad que sigue teniendo los mismos objetivos partidistas (y con cierta sensibilidad acuciante) de los dos grandes de esta liga y de Europa, nos diga que, además, hay que expulsarlo de su casa: cuestión que sería un drama, porque no se puede salir por el confinamiento, así que tendremos Mouctar para rato, aunque, por suerte, hayamos dejado de verlo en las alineaciones del Valencia.

La tercera cuestión es lo de Ferrán, del que me niego a pensar que ya no es tan valencianista como lo era hace un año. No voy a caer en la trampa de quienes han llegado muy tarde a una reunión y culpan a los puntuales de ser poco solidarios por dejar la impuntualidad como un defecto. Es que lo es, porque quien está más preocupado de sacar pecho por una gestión que se ha encontrado medio hecha en lugar de afrontar los nuevos retos que le van viniendo, nunca llega a tiempo a nada. Y es que somos rápidos para salir a los medios y decir que el club no hará un ERTE porque no lo ve justo, cuando era muy pronto para decir algo así, y tres semanas más tarde forzar a la plantilla a firmar una necesaria (y lógica) rebaja del salario. Darse prisa en aparentar te lleva a estas meteduras de pata. En cambio, como decía, con el tema Ferrán no hubo movimiento rápido para anticipar lo que hoy tienes ante ti: que va a ser difícil que el chaval renueve contigo, porque mientras el New York Times le pregunta al presi y este les responde, media Europa sigue tejiendo un proyecto, con una idea, una brújula, un goteo constante de muchos dirigentes que no sabemos ni quiénes son, pero que siguen haciendo más grandes y rentables sus clubes. A veces se nos olvida que la tortuga ganó a la liebre en la carrera y que lo hizo por su constancia y su anticipación de los hechos y eso está muy lejos de la improvisación y de la precipitación. Moraleja: qué poco interesa el fútbol sin la pelotita en juego.

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