VALÈNCIA. Están pasando tantas cosas en los enfrentamientos entre el Valencia y el Panathinaikos que pienso que saldremos todos de esta serie con una barba blanca y unos cuantos años de más. Nunca había vivido el equipo valenciano un duelo tan intenso como este. Jamás. Ni las finales de la Liga ACB contra el Real Madrid. Ni las semifinales contra el Hapoel. Nunca. Estamos viendo, tanto en el Roig Arena como en el OAKA, un baloncesto extraordinario y a dos rivales que se levantan cada vez que se caen. El Valencia lo hizo en el tercer partido cuando estaba prácticamente sentenciado, pero el Panathinaikos ya lo hizo en el Roig Arena en diversos momentos del segundo partido en los que el conjunto de Pedro Martínez se había distanciado en el marcador.
En tres días hemos visto espectáculo, jugadores geniales, jugadores ganadores, jugadores que se han hecho pequeños, fanfarrones, chulos, groseros, artistas… Tres partidos y una rivalidad para toda la vida. En el tercer lance se encararon Ergin Ataman y Pedro Martínez como dos pitbulls en una pelea de perros en los bajos fondos de cualquier ciudad. El español recibió la expulsión y se marchó con cierta dignidad. Sus fotos abandonando la cancha, con Ataman, su archienemigo, desbocado, teniendo que ser contenido por sus propios jugadores para que no se lanzara encima de Pedro Martínez, entran del tirón en la iconografía de la historia del Valencia Basket. Como Fede Kamnmerichs subido a una canasta de la Fonteta para celebrar la Copa ULEB o Víctor Claver haciendo un mate, con sonrisilla maliciosa, por encima del pívot belga Axel Hervelle.
Yo, la verdad, no termino de ver qué ganó el Valencia con esa acción, con esa decisión de ponerse a la altura de Ataman, pero alguien ha vendido el relato de que eso evitó que los árbitros empezaran a ayudar al técnico turco y todo el mundo parece haberle comprado por la sencilla razón de que el Valencia acabó ganando el partido. ¿Y no lo hubiera ganado si no lo llegan a expulsar cuando su equipo iba 11 puntos arriba (56-67)? Me parece que a la gente le gustan mucho las películas.
Lo normal, diría, es que el Valencia caiga este viernes en el cuarto partido. Volver al Roig Arena me parecería una proeza mayúscula. Remontar un 0-2, entrar directamente en la historia: solo el Real Madrid le ha dado la vuelta a un 0-2 en circunstancias similares.
Pero, llegados a este punto, me da igual la Final Four, me da igual la Liga ACB y me da igual la Copa del Rey. Este equipo, lo que ha conseguido este equipo, cómo ha cogido a la hinchada del cuello y se ha ganado su respeto, su devoción, cómo ha maravillado a todo el baloncesto europeo, lo bien que nos lo hemos pasado viéndolo jugar, cómo hemos vibrado en los partidos importantes, a pesar de caer ante el Real Madrid y dos veces ante el Panathinaikos. Cómo va a medirse ahora a este equipo mítico solo por los títulos. Su baloncesto va mucho más allá de un trofeo. Esto, por si nadie se ha dado cuenta todavía, es el inicio, espero, de un proyecto cada vez más grande, cada vez más ambicioso, urdido por esa cabeza privilegiada de Pedro Martínez.
El entrenador ya nos regaló una Liga. Solo por eso ya ha pasado a la posteridad. Pero ahora, encima, ha puesto a jugar al Valencia como nunca lo había hecho en su historia. Eso, estoy convencido, vale más que muchos títulos. Así que imagínate si además de jugar así, si además de luchar así, si además de tener una identidad tan clara, vas y ganas un título. ¿No sería maravilloso?