VALÈNCIA. En los últimos días he visto cientos de camisetas blancas con el escudo de España y la estrellita dichosa. Las he visto de pura cepa y las he visto más falsas que el Ecce Homo aquel. También he visto algún esperpento rojo, el único trapo de ese color que alguno encontró en el armario y con el que pretendía mostrar su apoyo a la Roja mientras conducía la furgoneta. He visto también a muchas personas con camisetas del Levante, del Betis o del Durango, aficionados que piensan que poniéndose la prenda de su equipo, al ser español, están apoyando a España. La cabeza de cada uno es la cabeza de cada uno.
Es el Mundial. La locura del fútbol que cada cuatro años se multiplica al cuadrado. Cada país lo vive a su manera y en España, cuando la gente levanta la nariz y huele que puede ser un torneo triunfal, saca pecho y se convierte en el mejor hincha de todos. A todos nos gusta ganar. Mi padre, que era un chaquetero y que nunca fue aficionado verdadero de ningún equipo, siempre iba con el que ganaba. Daba igual el país y hasta el continente.
A mí el fútbol no me provoca grandes emociones. Puedo disfrutar de un buen partido y hasta tengo mis equipos preferidos, pero lo vivo mucho más desapasionadamente que cuando era un adolescente. Ahora sí, que nadie me toque a Leo Messi. Lo sagrado no se mancha. En el Mundial de Catar vi más partidos de Argentina, por el deseo irrefrenable de verle campeón, que de España o cualquier otra selección.
España ha igualado esta vez mi atención. Y más después de esa semifinal memorable ante Francia. Pero Argentina, con Messi a la cabeza, sigue en pie y van a chocar en la gran final de Nueva York. Que Dios reparta suerte.
Tengo algunos amigos que andan mosca conmigo porque me escuchan o me leen jalear a Argentina. La vena patriótica no les permite comprender que uno, ya he dicho que no demasiado futbolero, pueda vibrar, o al menos disfrutar, con otra selección que no sea la española. El fútbol, para ellos, para la inmensa mayoría, es España o nada. Qué demonios les importa a ellos Haaland, Kane o Mbappe. Si hay más gente interesada en ver al Joker de Pamplona hacer el tonto en el encierro que a Vitinha manejar el balón con ese tacto tan suyo.
Disfruten todo lo que puedan, así es la vida, que hay que aprovechar los buenos momentos. Pero no se lo tomen todo tan a pecho. Yo llevo varios partidos haciendo alguna cena temática y por mi mesa han pasado huevos rotos, empanadas o chistorra troceada. Con el estómago lleno y contento los malos resultados importan algo menos. Aunque entiendo al hincha que esa noche, si su equipo pierde, no cene. Que cada uno lo viva como le dé la gana.
Yo, esta vez, prefiero que gane España. Pero si es al revés y es Argentina la que vuelve a levantar el trofeo dorado, también seré feliz. Me hace ilusión ver a los jovencísimos talentos del Barça, chavales que crecieron adorando a Messi en el Camp Nou, enfrentarse a él en la final de una Copa del Mundo. Se me hace difícil imaginar un escenario mejor para cualquiera de ellos. Pero seguro que también le hace ilusión a los demás. Encontrarse con el más grande en el partido más importante cada cuatro años, tiene que ser lo máximo.
Que ustedes lo pasen bien. Y no me esperen en la celebración. Ni de unos ni de otros. Así que no hagan mucho ruido, que yo madrugo…