Correr y el juicio social

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ANÁLISIS | LA CANTINA
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VALÈNCIA. Hoy ya no hacía ese calor insultante de estos últimos y largos meses. A las nueve había una temperatura agradable y he bajado al río con la sonrisa de un niño. Ya hacía tiempo que no corría tan ‘tarde’. La vuelta al cole ha traído de regreso a todos los runners que habían dejado el parque más o menos tranquilo durante este verano. Y los personajes que nos veíamos y nos cruzábamos casi a diario nos hemos ido perdiendo, casi difuminando, entre la muchedumbre de corredores que ya preparan, presurosos e intensos, el medio maratón y el maratón de València.

Ya hay corredores por todas partes otra vez. Y ya es difícil encontrarse con el hombre mayor, flaco y algo agitanado que corre sin camiseta. O cruzarme al que tiene cara de informático y que, en vez de correr, camina con un estilo parecido al de la marcha atlética con una cinta de esas ochentera cruzándole la frente. O esos guiris que se suben al tren y que casi parece que, más que salir a correr, estén viviendo una experiencia inmersiva en València.

Yo estoy a punto de rematar la preparación del Medio Maratón de Soria. El calor ha hecho que sea especialmente dura y, la verdad, tengo ganas de acabar. La suerte, mi suerte, es que me gusta entrenar y, aunque sea durante 500 metros, sentir por un momento que vuelvo a ser medianamente rápido. Pero no. Es una ilusión. Soy viejo y gordo.

Es curioso esto de la degradación humana. La pérdida de facultades por desuso, diría, más que por la suma de determinados años. Porque la capacidad de ir sumando kilómetros con cierta comodidad sí que la ha recuperado, aunque ha costado y mi entrenador, Toni Montoya, ha sabido llevarme por un largo camino, sin atajos, que van siempre directos hasta una lesión.

Si tienes más de 50 años, tienes que trabajar la fuerza. Tus piernas, tu abdomen, tu espalda y tus brazos se mueven cada vez menos y es necesario ayudarles con sesiones de gimnasio. Joan y Jokin se encargan de esto en Halo Funcional Movement Club, y muchos días, cuando salgo a correr, maldigo su recuerdo porque la víspera hicimos sentadilla búlgara y tengo los isquiotibiales como piedras. Pero no hay vuelta de hoja: o fortaleces todos tus músculos o se acaban atrofiando, mal asunto si te encaminas hacia la vejez.

Soria espera a finales de septiembre. A más de mil metros de altitud, con cuestas y dos kilómetros finales que te llevan desde la orilla del río Duero hasta la plaza de Mariano Granados, en el centro, por una dolorosa pendiente que terminará de sustraerte las pocas fuerzas que te queden. Pero me apetece. Correr es de las pocas cosas que me hacen sentir vivo. Como sentarte en una cómoda butaca, que la sala se quede a oscuras y que Javier Bardem y Victoria Luengo borden sus interpretaciones como en ‘El ser querido’ de Rodrigo Sorogoyen. Los ves actuar y es imposible no vibrar con esto, no sentir una emoción que te aprieta el pecho.

A correr solo le veo un problema: el juicio social. La comparación. Todos corremos más rápido o más lento que el prójimo. Igual que podemos ser más oscuros de piel, más flacos, con unos dientes más perfectos o que nuestra piel huela mejor. Y no solemos, quizá únicamente por educación, aunque nos nazca, hacerlo con los demás. Pero todo el mundo -bueno, todo el mundo que corre- te pregunta a cuánto corres. O qué marca has hecho en tu última carrera. Y a mí me nace responder: ¿Y a ti que narices te importa? Pero la marca o el ritmo que seas capaz de llevar servirá para meterte en un cajón o en otro.

Conozco a gente que ha sido profesional o que ha estado cerca y que te mira con cierto desdén porque corres despacio. Y no entiende que entrenes cuatro días a la semana siguiendo un plan científico ideado por un entrenador que te cobra por ello. Tampoco comprenden que te gastes 150 euros en unas zapatillas con una espuma muy reactiva que te ayuda en cada zancada. Hay quien piensa que si corres a más de cinco minutos el kilómetro, tienes que irte a Decathlon y comprarte las zapatillas más baratas que tengan. Lo contrario es de tontos.

Pero yo soy tonto y viejo y lento, pero estoy casi convencido de que yo soy más feliz que ellos corriendo. Y, encima, me da igual a qué ritmo corras. A mí en esto de correr muchos kilómetros solo me impresionan Sawe y Kejelcha, que han acabado un maratón en menos de dos horas. Eso sí que es correr deprisa. Los demás sois todos unos paquetes. Que no, hombre, que es broma.

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