El medio maratón dejó también un récord de racistas

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ANÁLISIS | LA CANTINA
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VALÈNCIA. Aún recuerdo que la irrupción de Bruno Hortelano fue una conmoción para el atletismo nacional. España tenía, al fin, un velocista capaz de luchar por la medalla de oro en el Campeonato de Europa. En unas pocas carreras se convirtió en una estrella. Hortelano, hijo de científicos españoles, es blanco y tiene un apellido muy patrio, pero aquel joven atleta había nacido en Australia, había pasado por Canadá y estaba estudiando en Cornell, una de las universidades mas prestigiosas de Estados Unidos, donde tenía a su entrenador. La comunidad del atletismo le abrió sus puertas de par en par. Era un orgullo.

Años antes, vino otra mujer de Estados Unidos, aunque esta había nacido en Kansas. Sandra Myers, también blanca y occidental, era velocista, saltadora de longitud y pianista. Esta atleta llegó de casualidad. Myers se quedó sin poder ir a los Juegos de Los Ángeles, donde vivía y entrenaba en UCLA. Para desconectar, viajó a España de vacaciones y un día, en Madrid, entró en la pista, se encontró a un grupo de atletas y se puso a correr otra vez. Después conoció a Javier Echarri y se casó. Los récords de España de Sandra Myers también se celebraron. Años después recordaba que igual no era tan querida como una nacida en España, pero que jamás escuchó una crítica por venir de Estados Unidos. No percibió odio y varias marcas comerciales le pagaron para hacer publicidad.

Thierry Ndikumwenayo y Rodrigue Kwizera son negros y nacieron en Burundi, uno de los países más pobres del mundo. Un lugar donde, solo en junio, murieron diez personas por ataques de hipopótamos en el río Rusizi, que va del lago Kivu al lago Tanganica. Tres de cada cuatro habitantes viven bajo el umbral de la pobreza. Ndikumwenayo llegó a Alicante hace diez u once años. Desde entonces ha entrenado en España y a finales de 2022 recibió la nacionalidad española. Kwizera siguió los pasos de su amigo, al que considera un hermano mayor, y llegó con la misma edad: 19 años. Hace unos meses recibió la nacionalidad española.

El domingo triunfaron en el Medio Maratón de Valencia. Kwizera se llevó el triunfo, el récord de España y 41.000 euros en premios. Ndikumwenayo entró segundo y se quedó muy cerca del récord de Europa. En unos minutos empezaron a aparecer por las redes comentarios racistas que venían a decir, resumiendo mucho para no llenar de cochambre esta cantina, que no tienen derecho a batir el récord de España, que no son españoles y que siguen considerando al anterior plusmarquista, Carlos Mayo, como el poseedor del récord.

Mayo ya había hablado antes de la carrera y había dejado claro que estaba en contra. Esto es peor, como esos silencios del día del récord en el que casi ningún compañero les felicitó públicamente por su gesta. El atleta aragonés aseguraba que le sentaba mal que la federación les hubiera nacionalizado -no fue una nacionalización exprés, ni mucho menos: Ndikumwenayo lleva once años y Kwizera, ocho- y que eso le perjudicaba a él y al resto de fondistas españoles. “A mí no me da pena por mí, creo que hace daño a las generaciones posteriores. Los chavales que vienen ahora no tienen la posibilidad de hacer este récord nunca. Lo digo así de claro. Es muy duro para ellos”, se quejó Mayo.

Algo parecido pasó cuando se nacionalizó Orlando Ortega, un vallista que no vino con 19 años, sino más tarde. Los vallistas españoles crearon un grupo en las redes sociales para criticarle a él y a la federación. Ortega, un chico humilde y muy educado, me contó en una entrevista que su grupo tenía las puertas abiertas para todos aquellos españoles que quisieran entrenar con él o simplemente tener más información. Ortega batió el récord de España, pero no supuso el final para los atletas nacidos en España, ni mucho menos, y unos pocos años después, los 60 m vallas y los 110 m vallas presentan el nivel más alto que se ha conocido nunca con Quique Llopis, Asier Martínez, Abel Jordán y alguno más. Yo creo que, en lugar de perjudicar, ayudó a que sus compañeros corrieran más rápido.

Los dos atletas de Burundi, donde le han construido o van a construir una casa a sus padres, gente con muy pocos recursos, llegaron a Alicante y después a Castellón con poco más que un par de zapatillas. Durante el confinamiento se sintieron muy solos y el Playas de Castellón les ofreció un hogar. Ndikumwenayo acabó en casa de Tomás Fandiño, un técnico gallego que vivía en Sant Joan de Moró. El entrenador volvía de trabajar por la noche y se encontraba que el chico, agradecido, había recogido la ropa y se la había dejado doblada encima de la cama. Tan estrecha era la relación que un día su hija de seis años le preguntó si Thierry era su hermano.

Kwizera durmió muchos días en casa de Pepe Ortuño, alma mater del Playas de Castellón y su entrenador hasta hace un par de años. Cuando se los llevaba a alguna carrera o a algún campeonato, Pepe les invitaba siempre a comer. Un día entraron en una estación de servicio y el dueño le dijo que a los dos negros que no los atendía, que solo a él, y Ortuño se dio media vuelta y se marchó después de decirle cuatro cosas.

Pasado un tiempo, cuando los dos atletas ya habían alcanzado cierto estatus, aunque lejos todavía del poderío actual, coincidieron en otro viaje y después de comer, cuando el entrenador se disponía a abonar la cuenta, Thierry y Rodri le cogieron del brazo. “Pepe, cuando estés con nosotros, tú no vas a volver a pagar nunca más”.

Minutos después de cruzar la meta de València, los dos atletas, que ahora entrenan con Lluís Torlà, llamaron, cada uno por su lado, a Pepe Ortuño y le dijeron que tenían que quedar para irse a comer una paella para celebrarlo. “No se han olvidado de mí. Me llaman con frecuencia y se siguen preocupando por mí. Yo los considero como  los hijos que no he tenido”, recuerda este profesor jubilado. 

Kwizera es un tipo feliz al que muy probablemente le resbalen todos esos comentarios repletos de odio. Pero Ndikumwenayo, que ya ha conseguido, después de muchos esfuerzos, traer a Vila-real a su mujer y su hija, es más sensible y en alguna ocasión, como cuando escuchó el himno nacional después de ganar el Campeonato de Europa de cross, le ha dolido leer todos esos cometarios racistas.

Ellos no piensan en robarle el pan a los jóvenes atletas, más bien quieren devolverle a su nuevo país, sin renunciar a sus orígenes, todo lo que les ha dado, y en cada competición lucharán por conseguir una medalla para España. Le pese a quien le pese.

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