VALÈNCIA. Soria siempre me trae buenos recuerdos. Un viaje maravilloso en los 90 y el emocionante eclipse de sol visto desde Valdeavellano de Tera -¿puede tener más nombre de pueblo castellano?- en agosto puntuaban muy alto. La tercera visita se produjo el pasado fin de semana y acabó como un puñetazo en la boca del estómago. Sabía que el Medio Maratón Ciudad de Soria Abel Antón era duro, pero no tanto. Nada más cruzar la meta, mientras Fermín Cacho me hacía preguntas que casi no tenía aliento para responder, supe que acababa de terminar la carrera más dura que he corrido nunca.
“Meter a un valenciano a más de mil metros de altitud es una tortura”, me consolaba, siempre empático, mi amigo Álex, una pluma que antes había volado en el 5K sin despeinarse y que no puede imaginarse lo que es transportar más de 90 kilos durante 21 kilómetros y 500 metros. Sí, en Soria un medio maratón tiene esa extensión. Por si no han dolido suficientemente las cuestas, dos de ellas interminables. O el calor sofocante, al filo de los 30 grados. O la altitud, claro. En una ciudad a más de 1.000 metros que durante la carrera te acerca a los 1.200. Todo eso con datos de mi Garmin, que no es la palabra de Dios. El relojito también dice que salvamos un desnivel de 285 metros, que es mucho. En València, una autopista, el desnivel da hasta risa: 16,7 metros.
A mí me mató que con el calor y las primeras cuestas, ya me ardía la cara en el kilómetro 2. Me chocó encontrarme tan mal tan pronto. El rostro congestionado, la garganta seca. No estaba siendo agradable la carrera y quedaban 19 kilómetros. En el cuatro, contando lo que faltaba para el primer botellín de agua, sofocado, ya intuí que iba a ser una tarde sin gloria.
En el kilómetro ocho empezaron los pensamientos intrusivos: “Esto es insoportable, déjalo, qué obligación tienes de pasar por esto”. El paisaje había mejorado y ahí justo cruzaba por el puente de piedra para salvar el río Duero. Era un momento para deleitarse, pero yo miraba al frente y veía a la gente perderse en otra larga subida. Venían más de dos kilómetros y medio, alejándose de la ciudad, que se hacen interminables.
Tan largo es ese tramo que cuando vuelve, otros 2,5 km ya de bajada, tampoco supone un alivio. Te espera la puntilla después de unos hermosos hectómetros en paralelo al río, junto por donde había entrenado en verano. El sol ya ha empezado a caer. Ahí apareció mi amigo Nacho, el organizador, en bicicleta. “Tranquilo, Ferches, una última subida muy dura y luego, a partir del 16, ya es todo favorable”. No me quedaban fuerzas, tampoco vergüenza. No tenía ganas de sonreírle ni siquiera de fingir un paso más digno, ya iba muy despacio en ese momento, para lucir algo más decente en el vídeo que sabía que me iba a grabar.
Entrar en la mítica pista de Los Pajaritos y darle la vuelta sí me sacó una sonrisa, pero luego venía el final de la rampa y, eso decía Nacho, el terreno favorable. La frase se quedó rebotando dentro de mi cabeza. “Ya es todo terreno favorable, terreno favorable, terreno favorable…”. Pero girabas una curva y aparecía una cuesta. Y luego, otra más.
Llegados a ese punto ya había mucha gente andando. Muchos no podían seguir corriendo hacia arriba. Pero ya veías el centro, la Dehesa, que estaba al lado de la meta, y sabías que se acercaba el fin a tanto sufrimiento. Pero entonces embocas una calle y ves, aunque no te lo puedes creer, no te lo quieres creer, que viene otra cuesta larga y dura. El reloj ya te ha dicho que has superado el kilómetro 21 y deberías estar viendo la meta. Pero no. Te alejas.
Todo lo malo pasa. También este suplicio de carrera que termina adentrándose por el centro de la ciudad con toda la gente animándote. Oigo a mi espalda el grito de Marta: “¡Vamos, Fernando!”. Y aunque no llego a verla, noto en el tono que hay un punto de lástima en sus palabras. Creo que me ha visto lo lento que voy y le he dado pena. Me fui hacia la meta pensando qué debe pensar una plusmarquista española de 1.500 como ella al ver a un hombre penar de aquella manera. No me gusta pensarlo. Todos tenemos un orgullo. Como tampoco me gusta verme después en los vídeos que me mandan Nacho, Alba y Álex. Me hablo mal. No veo ahí el fruto a tres meses de entrenamiento estoico durante un verano demoledor.
Pero es lo que hay y, poco a poco, con un cerveza en el Lázaro y la compañía de los amigos, vas difuminando los malos ratos y anteponiendo los buenos, como la comida con los dos mejores atletas españoles de todos los tiempos: Fermín Cacho y Abel Antón. Ahí me gusta callar y escuchar a los grandes. Las historias de su época amenizan el almuerzo. Entre plato y plato, me fijo y veo que Cacho lleva dos relojes. En la muñeca izquierda lleva uno de estos relojes inteligentes. En la derecha, una reliquia. Uno de aquellos Casio de los 90. El campeón olímpico de 1.500 cuenta entonces que se lo compró en el Mundial de atletismo de 1991, en Tokio, y que no se lo ha quitado desde entonces. Ha pasado tanto tiempo que el reloj, que no estaba programado para sobrevivir 35 años, se ha pasado de vueltas y, aunque todo funciona a la perfección, ha regresado a 1981.
Fermín me avisa entonces de que la carrera va a ser dura. Y me habla de la altitud, de las cuestas, de la boca seca… Yo le escucho, pero pienso que ya sé todo lo que me está contando y pienso que estoy preparado. Infeliz.