VALÈNCIA. Llego a las oficinas de Correcaminos, donde cada vez me encuentro a más gente trabajando, y allí está Paco Borao, de pie, charlando con unos y con otros. Paco, aragonés de nacimiento y valenciano de adopción, cumple 80 años. La Sociedad Deportiva Correcaminos, su club, el club que preside desde 2006, le ha preparado una fiesta sorpresa con algunos de los socios más antiguos, pero también con otros más recientes.
Borao agradece, sonriente, el cariño de los suyos y luego recibe con emoción los vídeos de felicitación de Juanmi Gómez, director de la Fundación Trinidad Alfonso; de su antecesora, Elena Tejedor; la concejala de Deportes, Rocío Gil; la delegada del Gobierno, Pilar Bernabé, y hasta de la alcaldesa de València, María José Catalá, quien ensalza todo lo que ha hecho por su ciudad. “Esta ciudad vuela alto y cuenta contigo”, le dedica.
Alguien le pregunta a Paco si nunca llora, y él responde que es al revés, que desde hace años se ha educado para no llorar en público porque él, asegura, es llorón por naturaleza. Paco es un buen hombre. Un tipo que ha gobernado con templanza en una plaza tan complicada como Correcaminos, donde un grupo de gente sin notoriedad en la sociedad valenciana puso en marcha el club y, dos años después, en 1981, el maratón.
Ahora, décadas después, los veteranos se disputan la gloria iniciática con un punto de rencor que jamás alcanza a Paco Borao. Él, que los conoce desde que eran unos jovenzuelos flacos y entusiastas, sabe que es mejor no meterse en ese avispero y que es mucho más conveniente y saludable mirar al futuro que seguir pujando por la gloria de 1979 y 1981.
Borao siempre tuvo más mundo. El aragonés entró a trabajar en una multinacional como IBM y eso le permitió viajar por todo el mundo. Vivió en España, en Francia y en Estados Unidos. Y en todos esos países, antes de entrar a trabajar, salía a correr. Por eso, cuando los impulsores de Correcaminos empezaron a hablar de organizar un maratón, el único que en realidad había corrido uno (dos, en realidad) era él.
A Borao lo enganchó un amigo para correr la primera edición del Maratón Popular de Madrid (Mapoma). Ese amigo, Curro, que tenía la curiosidad de llamarse Francisco Franco, se fue a vivir a Estados Unidos y por eso le invitó a quedarse en su casa y correr también el maratón de Nueva York.
Cuando el presidente de Correcaminos trabajaba en València, cada mañana cogía el coche, iba a hasta la sede de IBM en la Pobla de Vallbona y allí, de siete a ocho, corría durante una hora. Luego se duchaba y se ponía a trabajar.
Uno de los momentos más complicados de la vida de Paco Borao se produjo cuando le comunicaron que tenía un cáncer de colon. El presidente de Correcaminos y de la AIMS, la asociación internacional de maratones y carreras en ruta, se recuperó y para demostrarse que ese mal trago formaba ya parte del pasado, siempre mirando hacia adelante, decidió correr la madre de todos los maratones: Atenas. Su preparación la llevó Maria Polyzou, la plusmarquista griega, una mujer que fue duodécima en el maratón del Mundial de Atenas 97. Borao corrió en Atenas en 2014 y cruzó la meta en 5h15, una marca irrelevante para alguien que solo pretendía demostrarse que podía correr otro maratón, el último de su vida.
Borao recuerda aquel trance sin dramatismos y hasta le gusta bromear con que salió de la operación con 42 grapas, como kilómetros tiene un maratón.
Ahora, a sus 80 años, ya no lleva la carga de trabajo que ha llevado durante lustros, pero aún sigue siendo el mejor embajador del Maratón de València Trinidad Alfonso Zurich. Paco ha aceptado con humildad dar un paso atrás, ahorrando momentos incómodos, porque sabe que el club y la carrera siempre están por delante, pero sigue acudiendo solícito a cada acto en el que se reclama su figura.
Más allá del cargo, de su importancia mayor o menor en la historia del club y de la carrera, Paco Borao es un hombre entrañable, gran conversador y un tipo que siempre está dispuesto a ayudar. València y Correcaminos han tenido mucha suerte con él. Y los que, de rebote, hemos hecho amistad con él, también nos sentimos muy afortunados.