VALÈNCIA. El algoritmo, que es como nuestro padre, me lanza, conocedor como nadie de mis pasiones y mis perversiones, vídeos de atletismo, que es algo que me gusta mucho. Y en las últimas semanas me han aparecido dos que son realmente preocupantes. El primero fue en Castellón, en una carrera de 10 kilómetros. Nada más sonar el disparo y salir todos los corredores en tromba, una chica, creo recordar que la belga Jana Van Lent, se cayó en medio de la multitud. Lo sorprendente, lo reprochable, es que la inmensa mayoría solo se preocupó por esquivarla y seguir.
Van Lent no debe pesar ni 50 kilos. Quiero decir con esto que si cualquiera la hubiera cogido de un brazo y tira de ella, ahí se hubiera acabado el problema. Pero no. Los corredores estaban mucho más preocupados en no perder un segundo que en socorrer a una joven en apuros, tirada en el suelo en medio de una estampida de búfalos. Esta escena no sé si habla de cómo es el ser humano o criba un poco más y nos habla de cómo son los runners, tipos obsesionados con acabar determinadas carreras y hacerlo por debajo de una marca concreta, por lo visto, a toda costa.
La confirmación de esta creencia vino unos días después. La escena se produjo esta vez en la Marató de Barcelona. Una ambulancia entró en el circuito para atender una emergencia médica cerca ya de la llegada. Los sanitarios pidieron a los corredores que se detuvieran, pero muchos ignoraron la orden y se colaron por donde pudieron para sortear a la ambulancia y poder seguir su carrera sin rémora en su tiempo. Todos ellos, retratados por un vídeo imparcial, demostraron que preferían alcanzar su objetivo que colaborar con una emergencia de salud.
Otra vez el runner antes que la persona.
Yo llevo 41 años corriendo. He visto la evolución de todo esto desde dentro. Leí de niño que había algo llamado ‘jogging’, dije en casa de adolescente que me iba a hacer ‘footing’ y, ya de adulto, he conocido la explosión del ‘running’. He sido de los que ha corrido los domingos en la Alameda, donde se cortaba el tráfico y acudíamos ávidos los corredores porque entonces, en los 80, aquel era uno de los pocos lugares donde sabíamos con certeza que de fuente a fuente la Alameda mide exactamente un kilómetro. He sido también de los atletas que trotaron por el río cuando aún era un río. Y he corrido el Maratón de Valencia cuando salíamos menos de 3.000 personas.
Así que sé de lo que hablo y puedo asegurar que los corredores eran diferentes a los runners. ‘Unpopular opinion’. A todos estos comportamientos revelados por este par de vídeos hay que sumarle una nueva tendencia que se expande por toda España: los ‘social run’. Lo sufrimos la semana del maratón de València y lo sufrieron la semana pasada en Barcelona. En Madrid no hay semana que las marcas deportivas no organicen uno.
El ‘social run’ consiste, básicamente, en reunir a un grupo de personas, a ser posible lo más heterogéneas posible, y llevártelas a correr por la ciudad en manada. Los organizadores, como si a un grupo de 30 o 40 personas no se le viera pasar, suelen añadir unas banderolas y un altavoz para que la música vaya anunciando al mundo entero que allá van ellos. La carrerita, que suele ser por la ciudad, por las calles, para que todo el mundo les vea, acaba en uno de esos lugares de café de especialidad. Y allí toman té matcha o kombutcha, que debe ser algo muy ‘cool’.
En el maratón me invitaron a un lugar donde se reunía la gente molona de los social run. La cosa tuvo su gracia. Esa especie de club para runners estaba en uno de esos lugares con aspecto de viejo almacén donde meten un DJ y entonces se vuelven modernos. Los runners, los chicos, iban todos iguales: gorra de visera recta, bigotito, ropa negra y unos zapatillones en los pies. Ellas, más o menos, también. Gorra de visera recta, ropa holgada por arriba, mallas ceñidas por abajo y unos zapatillones en los pies. Un aspecto imponente.
A mí me da igual lo que haga la gente siempre que no molesten. Y el problema de los ‘social run’ es que toman las calles porque a ellos les da la gana. Tengo varios amigos y conocidos que después del maratón me preguntaron quiénes eran esos que iban arrollando a todo el mundo por la calle. Les expliqué la moda de los ‘social run’ y pusieron cara de incredulidad. Ya no es suficiente con ponerte una camiseta, un pantalón, unas zapatillas y bajarte a correr al río. Ahora se tiene que enterar todo el mundo.
Hace años que lo repito: el ego es la gran plaga del siglo XXI.
Hace semanas que dejé de mirar los vídeos que me salían de los ‘social run’. Es la única forma de burlar al algoritmo, y si ya me repele verlos correr, tan uniformados ellos, por la calle, imagínate invadiendo mi Instagram.