Manolo Boix y la belleza de la pilota a través de sus ojos

Polideportivo

ANÁLISIS | LA CANTINA
  • Escultura Arc daurat, en Xàtiva.
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VALÈNCIA. Me obsesiona la belleza. En todas sus formas. Me deslumbra con la misma fuerza una cara bonita, una escena bien rematada de una película, un cuadro de Anselm Kiefer o ese arcoíris inesperado que se curva en el horizonte. Me gustan los ojos de Natalie Portman tanto como Es Caló d’Es Mort, un recoveco de la orilla de Formentera. Un quiebro de Messi o una verónica de Morante. Un ninot singular de una falla de barrio o la cabeza de Nefertiti en Berlín. Cómo no quedarse prendado a los pies del David de Miguel Ángel. La belleza.

La pilota me sacudió cuando la conocí en profundidad a principios de los 90. Allí dentro, enmarcada en la curiosa y asimétrica geometría de un trinquete, se mezclaba la fuerza bruta con la precisión. Sin darte cuenta vas descubriendo que la muralla está fraccionada en números o que la pelota de vaqueta está hecha de con ocho triángulos de piel de la testuz de la vaca. El día que te dejan entrar al vestuario ves que los jugadores se preparan las manos minuciosamente con mil artilugios: un guante de piel, trozos de un naipe -antes, ahora ya no-, esparadrapo y hasta unas protecciones para las falanges.

Manolo Boix, un artista valenciano que en 1980 fue coronado con el Premio Nacional de Artes Plásticas, nunca había ido a un trinquete hasta que Josep Lluís Bausset, heredero de Lorenzo Millo como redactor de 'La partida del dissabte' en el periódico Levante, que vivía en L’Alcúdia, como Boix, logró convencerle y se lo llevó una tarde a Pelayo. El genio se quedó estupefacto ante aquel espectáculo, el deporte nacional de su tierra.

  • Manuel Boix. 

El artista conoció más adelante al Genovés y cuando Paco le mostró sus manos, grandes como una hogaza de pan y con esos dedos retorcidos por tantos pelotazos, Manolo Boix las convirtió en un fetiche. Ahí, de esa pulsión, y por la insistencia de Bausset y gente de la pilota como Juli Sanchis —aka Harca, un viñetista genial—, se animó a crear algo. El impulso definitivo lo recibió en un viaje al México caribeño, donde descubrió un lugar consagrado al recuerdo del juego de pelota de los aztecas, que practicaban un deporte que consistía en colar la pelota por un aro. “El hombre vio aquello y pensó en hacer algo parecido con la pilota valenciana”, recuerda Pepe Cataluña, entonces vicepresidente de Bancaixa, el principal patrocinador de este deporte.

Manolo Boix convirtió este juego del pueblo, que causaba pasión entre los labradores, en un arte sublime a través de una colección de obras que agrupó bajo el título El punt dins del moviment. Un compendio de pintura, escultura y tipografía  La primera vez que se expuso fue en Sagunt con motivo de la inauguración del rehabilitado teatro romano. Unos meses después se trasladó a la Sevilla de Curro —la mascota de la Expo ’92— para incluirla en la Exposición Universal.

Aún conservo, cubierto de polvo, el libro que se editó con motivo de la exposición, con un prólogo de Joan Lerma, presidente de la Generalitat Valenciana en 1992. “Este valenciano de la Ribera ha sabido conjugar su creatividad artística —que le supusiera el Premio Nacional de Artes Gráficas en 1980— con el compromiso que siempre patentiza su obra”, glosaba Lerma. 

Luego, en páginas posteriores, Josep Palacios habla de la importancia de las manos en nuestras vidas y hasta en la humanidad. Y que si a una manos les unes una pelota tienes el juego de pelota. Una palabra, juego, que conjuga el deporte, el entretenimiento, y la apuesta, cuánto te juegas. Y si a esto nos inventamos un trinquete, una suerte de sofisticado frontón, “una escena impecable desde el punto de vista geométrico”, tenemos el juego valenciano de pelota.

Yo, obseso de la belleza, tampoco olvido el primer día que sujeté con mis dedos una de las brillantes pelotas manufacturadas por Álvarez, el gran artesano de Carcaixent. Una obra de arte que consigue convertir esos ocho triángulos de piel en una esfera perfecta rellena de lana y cosidos por dentro para que las costuras no afecten al bote ni al vuelo de la pelota.

Un objeto impecable, como ensalza Palacios. “La pelota consigue, en el caso valenciano, un punto de perfección acaso irrepetible, entre el guijarro certero y funcional de David-y-Goliat y el diamante rosa de Tiffany’s”. Y sentencia: “Se diría que el juego de pelota era un tema hecho a medida para Manuel Boix”.

El artista de la Ribera sublimó este juego que reunía fundamentalmente a gente rudimentaria, poco dada a visitar museos ni contemplar esculturas. Nunca el arte elevó más alto este juego tan básico y tan complejo a la vez. Hubo que esperar hasta hace unos años, cuando el artista Vinz y el fotógrafo Txema Rodríguez hicieron una exposición muy rompedora en el Centre Cultural del Carme, para ver otra visión tan enriquecedora.

Muchos días, cuando camino por el centro y siento la llamada de la belleza, me desvío por Pintor Sorolla para ver una vez más las enormes manos de bronce que sujetan sutilmente, con las yemas de los dedos, una pelota. Esas manos son aquellas manos estropeadas del Genovés que enamoraron a Manolo Boix. Ahora esas manos me enamoran a mí. Y cuando voy a Xàtiva me gusta empezar la subida al castillo para ver el legado del artista y allí, en el Bellveret, me quedo pensativo admirando l’Arc daurat, con esas manos entrelazadas de pilotari.

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