/ OPINIÓN

República Bananera

2/04/2022 - 

VALÈNCIA. Arruinar la ilusión de una afición ante la disputa de una final de Copa sólo puede estar al alcance de unos pocos. Para conseguirlo es necesario ser lo suficientemente ruin para estafar al aficionado ocultando la intención de meterse en el bolsillo 8.000 entradas y satisfacer así a sus amiguetes o comprar voluntades dubitativas pero… para ser un tramposo se requiere cierta pericia que los mandatarios del Valencia CF no tienen. 

Poner en marcha un procedimiento informático de verificación de requisitos que se pueda vulnerar desnudando así unos datos que, por una parte delatan tus indecentes intenciones y, por otra, exponen una información privada rozando lo delictivo, sólo puede hacerlo quien sublima dos características que, juntas, pueden ser explosivas: tramposos y chapuceros. La chapuza es tal que, según contaba ayer el informático a preguntas del periodista Héctor Gómez, hay 25 abonados del Valencia que, con 122 años de edad, podrán estar en La Cartuja. 

Algo que llama mucho la atención por la feliz longevidad de los abonados y por el curioso hecho que supone el ser abonado del Valencia 19 años antes de que el Club existiese. Ante el escándalo destapado por Tribuna Deportiva, en un Club medianamente normal, sólo cabría un camino que es el de la dimisión previas explicaciones. 

Pero es una evidencia que ni Anil Murthy dimitirá, porque no va a renunciar al chollo que tiene montado en Valencia viviendo a cuerpo de Rey sin ‘pegar un palo al agua’, ni se atreverá a sentarse en la sala de prensa y explicar por qué se ha procedido de manera tan chapucera y, sobre todo, por qué cree tener derecho a arrebatar a la afición valencianista 8.000 localidades para la final de Sevilla por muy presidente del Club que sea. En otra época se habría organizado un tumulto importante a las puertas de la sede del Club reclamando dimisiones y exigiendo que las entradas vayan para los aficionados y no para los ‘amiguetes’ de Murthy pero en Valencia, lamentablemente, hemos acabado normalizando la indecencia.

La lista de agravios de los señores que han colonizado el palco para con el aficionado de a pie no para de crecer y, cuando ya creímos haberlo visto todo, son capaces de sorprender al más pintado sacándose de la chistera una provocación nueva con la que asombrar a una afición que sufre en silencio sus fechorías y que se siente impotente a lo encontrar un camino para desalojar a unos señores que se han propuesto destruir el Valencia CF y, además, divertirse haciéndolo. 

Es una impotencia similar a la que tantos españoles padecen cuando ven su vivienda ocupada y no sólo no encuentran recursos legales con los que echar a los ‘okupas’ sino que, además, tienen que costearle los suministros. Acabamos resignándonos a que nos mientan de manera reiterada, a que nos provoquen con gestos desafiantes desde el palco, a que nunca den una explicación sobre nada salvo cuatro filtraciones cutres a sus pregoneros cutres, a que silencien las redes sociales, a que traten de silenciar a los periodistas que no les ‘bailan el agua’ como el más tirano dictadorzuelo de una república bananera, a que tiren a las peñas de Mestalla, a que engañen repetidamente a los entrenadores que contratan y a que denigren la imagen de un club histórico hasta niveles nunca vistos. 

Y todo a cambio de la modesta satisfacción de ver a Carlos Soler marcar un gol y, la más importante, que nunca podrán alcanzar a entender, la de pertenecer de un sentir común que -muy a pesar de ellos- es indestructible.

Soy de los que creen que hay que terminar el estadio aunque no de cualquier manera pero me aterra pensar que la construcción del hogar común de todo el valencianismo esté en manos de estos ‘sujetos’ ,me preocupa el grado de sometimiento que estamos aceptando y me entristece profundamente que le quiten de las manos al aficionado la posibilidad de vivir una final. Es una vergüenza y una gran injusticia.

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