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opinión

Se nos acabó el amor de tanto usarlo

10/09/2019 - 

VALÈNCIA. Hay amores que matan igual que hay pasiones que destruyen y se convierten en tóxicas, dañinas y odiosas. Esto, llevado al fútbol, ocurre cada vez más con los entrenadores y las plantillas: los primeros sienten que el roce ya no hace el cariño, sino la indiferencia y la falta de calado de las arengas, salvo si tu relación con la plantilla no se supedita a convencer a jugadores para que se unan a tu proyecto bajo juramento de ser importante pase lo que pase. No sé si esto es lo que le ocurre a Marcelino con algunos jugadores, pero, de algún modo, el técnico siempre huye de estos encontronazos con aquellos futbolistas que él mismo convenció para que se uniesen al equipo: en verdad, si nos fijamos, son esas las posiciones que no quiere reforzar con jugadores de mayor calidad (si es posible) ni caché, sino de un perfil algo más bajo que le permita tener un cierto nivel competitivo pero que, sin embargo, le ayude más a dar descanso que a competir por un puesto. No lo critico, solo lo analizo. Lo malo es que de tanto amor quizá salen algunas llagas entre los protagonistas o en sus círculos próximos y el propio entrenador no sea capaz de tomar decisiones justas con otros jugadores, solo porque tiene su amor comprometido de antemano; o puede ocurrir que el futbolista, acomodado ya de tanto afecto, decida dejarse llevar y no esforzarse como toca. Por suerte, en el Valencia CF esto segundo no pasa actualmente (que yo sepa), aunque me pregunto si lo primero sí ocurre (o ha ocurrido) en alguna ocasión.

Otras tantas me pasa con Mateu Alemany y Peter Lim, ahora que al singapurense un tal Gary Neville lo ha dejado a la altura de betún sin pretenderlo: de tanto poder delegado, de tanto halago trasnochado y de tanta confianza recelosa, a lo mejor la relación ya no avanza, porque cada uno está mirando de reojo al otro, aparentando una normalidad que solo existe en sus disfrazadas acciones cara al público. Una lástima, porque esta relación tenía muy buena pinta si la confianza se hubiera basado más en el diálogo que en el trasvase de competencias. O si, a lo mejor, no hubiese siempre otras terceras personas de por medio: porque esos intermediarios siempre buscan participar de la algarabía ajena, con o sin motivos. Parece difícil que una cena romántica (siempre en sentido figurado, claro), un baile a la luz de mucho focos y un par de poemas de amor (con alguno que otro de despecho) en rueda de prensa puedan obrar el milagro ni ahora ni a final de temporada, aunque, cuando salgan a pasear, se cojan de la mano y finjan estar más unidos que nunca. Sí, el amor es ciego, pero los de fuera no y sabemos que ahí ya ni hay amor, ni hay afecto: solo imagen.

Ahora falta Rodrigo Moreno, a quien la grada valencianista le ha declarado su amor y este ha tardado en responderle con un ligero movimiento de cabeza, como aceptando que sí o que no… que todo lo contrario. Se ha asustado el chico pensando que se le pedía matrimonio o algo así, pero se equivoca: nos bastaba con unas pocas palabras de tranquilidad en el momento de la espantada, y no después de que la aventurilla le saliera mal. Ahora, a lo mejor, tampoco sería justo que él esperase un amor incondicional, pues uno recibe lo que da, y Rodrigo, excelente profesional, ha dado trabajo, pero no afecto. Pues eso: por sus obras los conoceréis y los querréis. Mientras rinda, seré el primero que le aplauda y cuando no lo haga, pues no le silbaré, tan solo esperaré a que lo cambien, eso si el amor incondicional de Marcelino decide que ha llegado el momento de que descanse, claro.

En fin, ¡cuánto amor se respira en el Valencia CF! Y qué poco cariño parece que se te tengan a veces algunos cuantos. Y pensar que el único que realmente siente ese amor incondicional es el que paga y no el que cobra…en fin, solo el fútbol puede explicar estas complejas relaciones y sus inesperados resultados. Pero qué bonito es el amor cuando se usa, y qué triste cuando se rompe de tanto usarlo. Así de simple es la vida y así lo es también, en este club centenario.

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