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opinión

Soler, ‘uno de los nuestros’

Mestalla exige porque paga y porque puede, pero siempre se entrega a futbolistas que aman la camiseta que defienden. No hay valencianista de bien que no se sienta orgulloso de Soler. Lógico. Ya lo dijo el taxista: “Es uno de los nuestros”...

4/04/2018 - 

VALÈNCIA. Hace dos años aterricé en Manises y pedí un taxi. Hablé con el conductor de lo que uno suele hablar en esas ocasiones, de fútbol. La atmósfera en aquel entonces era irrespirable y después de conversar con aquel entrañable taxista durante casi quince minutos, de hablar de lo divino y de lo humano sobre los males del Valencia, mi interlocutor me hizo pensar: “La única alegría es ver a los nanos que salen de Paterna. Échele un ojo a Carlos Soler. Uno de los nuestros”. Bajé del coche, tomé nota y me fijé en su progresión. Dos años después, la conclusión es de puro sentido común: mi amigo taxista tenía razón, porque no hay nada mejor para un jugador que estar enamorado de la camiseta que viste. Es el caso de los diamantes de Paterna, esa fábrica de futbolistas que, cuando no basta con la cartera, demuestran que se puede con la cantera. En la prolífica academia de Paterna han brotado grandes futbolistas: allí emergió el talento excepcional de Isco, la calidad inmensa de David Silva, el remate de primeras de Paco Alcácer o la elegancia por la banda de José Luis Gayà. Arrobas de calidad con denominación de origen de Paterna. Todos han acabado siendo figuras, pero ninguno ha explosionado con tanta fuerza, ni generado tanto grado de adhesión como Carlos Soler. El chico debutó en los años de plomo, jugó con descaro, se hizo un hueco en el primer equipo, luego descolló y a sus 21 años, es el icono soñado por cualquier club: una estrella salida de la cantera, que conoce el club, que siente la camiseta que defiende y que honra el escudo, dentro y fuera del campo, porque el VCF es una forma de vida. Así los quiere Marcelino. Así los necesita un Valencia CF en el camino de recuperar prestigio y estatus. 

Soler nació donde mandan los cánones románticos del fútbol, a lo Maradona, soñando algún día jugar en Primera para a su familia ayudar, empezando su cuento de hadas en los campos de tierra. Forjado en Bonrepòs i Mirambell, con apenas cinco años e impulsado por José Luis Rodríguez, ´Rodri´, Carlos Soler contó con el estímulo de sus padres, y sobre todo, de su abuelo, que le regaló una consola de videojuegos para lograr que se apuntase a una escuelita de fútbol. Así que mientras el Valencia de Rafa Benítez, aquel equipazo integrado por Cañizares, Ayala, Albelda, Baraja o Mista firmaba un doblete histórico que todavía retumba en las tripas de Mestalla, Soler daba sus primeros pasos en el modesto Querubín. Llegó a jugar contra niños dos años mayores que él, impresionó a todos y el día que su equipo se enfrentó al Valencia benjamín, convirtió tres goles. Ahí había madera y el VCF, presto y dispuesto, tardó cinco minutos en reclutarle para la causa. 

Soler fue quemando etapas, creciendo paso a paso, como futbolista y como persona, hasta ser un diamante de Paterna. Los sabios consejos de su asesor, Javier Cordón, un tipo que se viste por los pies y conoce el oficio, fue decisivo para conducirle con maestría. Carlos fue creciendo, partido a partido, temporada a temporada, hasta alcanzar el primer equipo. Llegó en un momento delicado para la entidad, cuando la afición padecía y el desarraigo era una amenaza. A Soler le tiraron la camiseta, se la puso y lejos de quedarle algo grande, le quedó justa. Hoy Carlos no persigue su sueño. Lo vive. Con sus mejores virtudes, pasión y descaro, pero con equilibrio, con mano izquierda y un IKEA en el cerebro. Calidad tiene. Cabeza también. Mediocentro, enganche o volante por la derecha, Carlos Soler ya no es una promesa, sino una realidad. Un diamante de la factoría de Paterna, un cromo que nunca puede estar repe en el álbum del valencianismo. Llegó cuando todo iba mal, se ofreció cuando el resto se escondía y ahora que Marcelino ha obrado el milagro de multiplicar los panes y los peces, Soler se ha consolidado no sólo como titular indiscutible, sino como un referente. Lleva toda su vida preparándose para ser lo que es: jugador del Valencia CF. Es el hincha número uno del club, honra la camiseta y respeta el escudo. A veces se dice que el valencianismo es más indulgente con los de casa que con los de fuera, pero en el caso de Carlos Soler, ese sentimiento tiene base: la memoria. No llegó con el viento a favor, sino cuando soplaba de costado. No tuvo su oportunidad porque el primer equipo iba como un tiro. No le fueron dando minutos para que creciera poco a poco, hasta sentarse. Soler no tuvo tiempo para todo eso. El equipo agonizaba, no podía esperar a nadie y se había acostumbrado a perder. Así que le tiraron la camiseta y en vez de quedarle grande, le quedó justa. Eso exige respeto. Y con la venia, un plus de cariño. Mestalla exige porque paga y porque puede, pero siempre se entrega a futbolistas que aman la camiseta que defienden. No hay valencianista de bien que no se sienta orgulloso de Soler. Lógico. Ya lo dijo el taxista: “Es uno de los nuestros”.

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