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opinión

Un héroe muy discreto

5/07/2019 - 

VALÈNCIA. La historia de todos los clubes de fútbol está llena de héroes, de futbolistas que consiguieron goles decisivos, hicieron paradas antológicas o completaron partidos memorables, de entrenadores que firmaron campañas sorprendentes, de gente que, en definitiva, contribuyó a hacerlo grande. Pero, en la trastienda de esa historia, también hay héroes olvidados, discretos, personas que pasaron por la entidad y aportaron un grano de arena importante pero poco visible, hombres para los que la gloria fue efímera.

El Valencia tiene héroes para llenar un álbum. El Kempes de las arrancadas en el medio campo que, tras varias paredes, acababan con un disparo letal, o el de los dos goles de la final del Calderón contra el Madrid. El Piojo que se convirtió en pesadilla de Van Gaal y en el insecto voraz que domesticó Ranieri. El Mendieta de los goles imposibles y los penaltis infalibles. El Baraja de aquella noche de ensueño ante el Espanyol en el que se ganó una liga 31 años después. El Rafa Benítez de los tres títulos grandes en solo tres años.

Pero hay héroes que no tienen cabida en ese álbum porque su contribución a la gloria fue breve, porque, en el recuerdo del aficionado, su legado lo han usurpado otros. Koldo Aguirre, fallecido esta semana en Bilbao, fue uno de ellos. Ni siquiera era valencianista, pues amaba al Athletic sobre todas las cosas, pero, gracias a él, muchos valencianistas vivimos uno de los días más felices de nuestras vidas.

Situémonos en la temporada 82-83, solo tres años después de que aquel equipo de leyenda que había construido, a golpe de talonario, Ramos Costa alcanzara su cima en la final de la Recopa en Bruselas. El Valencia ya no es lo que un trienio antes porque las dificultades económicas aprietan, la afición empieza a desertar de Mestalla y los refuerzos que trae una directiva ahogada por las deudas tienen nombres que ahora producen sonrojo: Idígoras y Serrat. Cierto que recupera a Kempes, después de su fracasada venta a River Plate, pero el Matador, aquejado de una lesión en el hombro, no es el que había dominado el mundo futbolero solo unos años antes. En marzo, cuando restan siete partidos para acabar la temporada, el equipo es colista tras perder en Sarriá por 5-2 (con música de fondo de “a segunda” incluida) y ya había consumido dos entrenadores: Manolo Mestre y Miljan Miljanic. Entonces, la junta directiva se agarra a Koldo Aguirre.

Aguirre había vivido su edad de oro como entrenador en la segunda mitad de los 70, cuando llevó a su Athletic a la final de la Copa de la UEFA, un hito que ningún equipo de la liga española había alcanzado desde la extinción de la Copa de Ferias, a comienzos de aquella década. Sin embargo, su prometedora carrera como técnico se había estancado y, tras pasar por el Hércules, con el que descendió a segunda, se le consideraba un entrenador para solventar urgencias. El técnico de Sondika asumió el difícil reto de conseguir la permanencia del Valencia en solo dos meses, tiempo insuficiente para cambiar los hábitos de un grupo de jugadores desangelados, pero recurrió al oficio y basó su trabajo en dos premisas: reforzar el sistema defensivo para que el Valencia dejara de ser un colador y diseñar unas cuantas jugadas a balón parado, algo insólito en el fútbol español en aquellos tiempos. Pese a que su trayectoria no fue la deseada (tres victorias, dos empates y dos derrotas en los siete partidos en que dirigió al equipo) el Valencia logró llegar al último encuentro de liga con remotas posibilidades de salvar la categoría.

Lo que ocurrió el 1 de mayo de 1983 es historia. Todo el mundo recuerda el gol de Tendillo que, combinado con cuatro resultados favorables en otros campos, obró el milagro. Todo el mundo recuerda los tres remates al palo del Real Madrid, las noticias que llegaban de Madrid, Valladolid, Pamplona y Vigo vía transistor. Todo el mundo recuerda que aquel día vio llorar a más gente en Mestalla que cuando se ganaron títulos. Pero nadie se acuerda de que el Valencia ganó aquel partido gracias a una jugada de estrategia y una solidez defensiva que rompió una racha de dos meses y medio encajando goles. El trabajo de un héroe muy discreto como Koldo Aguirre dio sus frutos el día menos esperado, el día en que tenía que dar sus frutos. Y, de paso, hizo campeón a su Athletic, hasta el punto de que muchos aficionados bilbaínos consideran que aquella liga, aunque la ganó Javier Clemente, fue también suya.

Como tantas veces ha sucedido a lo largo de la historia, el Valencia se deshizo de Koldo Aguirre tras agradecerle los servicios prestados. Pero en el álbum de héroes sin gloria quedará siempre aquel vasco honesto como el entrenador más decisivo de la historia del club en relación a los partidos que dirigió. 

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