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opinión | plaza redonda

Y Kempes me dijo una cosa que nunca podré olvidar

22/03/2019 - 

VALÈNCIA. Mario Alberto es leyenda del valencianismo y de alguna forma -o de mil formas-también es leyenda para mi a modo particular. Soy valenciano y valencianista de toda la vida y obviamente tengo una especial predilección por el fútbol, por mi Valencia, y como cualquier individuo de mi generación tengo una fijación extrema con Mario Alberto Kempes y todo lo que representa. Han pasado muchos años desde que descubrí por primera vez al Kempes futbolista y de alguna forma siempre he estado enamorado de él de una forma irreductible y sincera. Para que se den cuenta hasta donde llega mi amor por este tipo les diré que mi perro, adoptado y sin raza definida pero blanquinegre de colores, se llama Kempes desde que lo adoptamos y también alguna noches, ya algo cansados, pasa a ser Mario Alberto casi a voz en grito pero con un cariño inestimable. 

Como ven Kempes es mi ídolo futbolero para el resto de mis días y luego está el otro Kempes, al que llamo cien mil veces al día y francamente no me hace mucho caso. Bueno, bien, vuelvo de nuevo al gran Kempes, el que acaba de presentar su autobiografía. Uno que ya es veterano en estas lides de escribir comenzó a dar sus primeros pasos con Kempes formando parte de la plantilla del Valencia y yo iba a Paterna todos los días a ver el entrenamiento -era el único, por cierto, menos el día que había lista de convocados- y de alguna forma casi convivía con los jugadores a diario, repleto todo de confianza y buenas relaciones. Y en esas estaba, en un entrenamiento del Valencia en la antigua ciudad deportiva del Valencia -Paterna ha cambiado algo su ubicación original, esa que puso en marcha con mucho acierto Francisco Ros Casares en su época- y me quedé esperando a que salieran los jugadores para hacerles alguna entrevista o algo. Y entonces sucedió algo curioso que paso a continuación a comentarles y ya les advierto que en su momento a mi me llenó de orgullo de una forma formidable y evidentemente errónea. Pasen, pasen y lean, que el tema es gracioso de narices, pero les juro que auténtico.

"EH, VICENTE"

Bolígrafo en mano y un papelito medio arrugado para tomar nota del entrenamiento de mi equipo. El trabajo ya había acabado y yo esperaba tranquilamente en la puerta del vestuario del Valencia a que salieran los jugadores. Y entonces pasó algo inolvidable y que hoy repaso repleto de cariño por el paso del tiempo y por lo que supuso para mi. Sale del vestuario Mario Alberto Kempes, con su melena mojada casi sin peinar, y se encara conmigo y me dice a quemarropa, así de golpe y porrazo: "¡Eh, Vicente, la concha de tu madre!"... Y se marchó con cara de pocos amigos pero a mi me dejó medio alucinado y encantado de la vida de forma extraordinaria.

Y PENSÉ EN MI MADRE

Y oigan, el motivo del caso de mi sonrisa fue tan tonto y tan aparente como ahora les voy a contar. "La concha de tu madre"... y yo me quedé alucinado y feliz. ¿La razón? Pues una muy simple. Kempes era el ídolo de todo el valencianismo y así de golpe y porrazo se había acordado de mi madre de forma indisimulada y sorprendente. Mi felicidad por tal motivo era superior a cualquier cosa que ustedes se puedan imaginar. ¡Kempes había nombrado a mi madre y se sabía de memoria como se llamaba! !Flipante! Y yo me fui corriendo al diario en el que hacía mis primeros artículos y entonces portaba una sonrisa de oreja a oreja. Que Kempes supiera el nombre de mi madre -Concha Miquel- me llenaba de orgullo y de cierta alucinación, pero feliz como una lombriz. Y sí, llegué al diario con una expresión en la cara feliz como una lombriz, y nada más acceder a la redacción les comenté a todos lo que me había sucedido con una sonrisa de oreja a oreja casi imposible de disimular.

"¿PERO TU SABES LO QUE TE HA DICHO?"

En esas estaba, repleto de felicidad y orgullo, cuando así de buenas a primeras se me acercó el director de entonces -se llamaba Miguel Rico, hoy en día vigente todavía en las páginas de El Mundo Deportivo- y partiéndose risa me explicó que eso de la concha de tu madre era un insulto con todas las de la ley que se usaba y se usa en Argentina con cierta normalidad insultante. Y caí en la cuenta. Y me puse rojo a lo bestia de forma indisimulada. Kempes, ese día, no me había dado recuerdos para mi madre ni se había acordado ni sabía que mi madre se llamaba Concha. Kempes, simplemente, cabreo en mano y repleto de ese carácter que tanto conoce Ricardo Arias, había abandonado el vestuario cabreado por alguna información que yo había publicado en su época, y poco menos que me lo tiró en cara dedicándome un insulto típico de Buenos Aires del que yo no había oído hablar en toda mi vida.

CON MUCHO CARIÑO

Y ahora que Kempes vuelve a estar de actualidad en Valencia me he acordado de esa anécdota que en día me dejó cotado a lo bestia pero que a día de hoy recuerdo con cariño y con una sonrisa en la boca de oreja a oreja. El asunto se lo conté a mi madre que le dio un ataque de risa y hoy en día, pasado el tiempo y la literatura de aquella época, pienso en El Matador y le recuerdo con todo el cariñó del mundo. "¡Kempes estate quieto ya!"... le digo a mi perro algo cabreadete. ¿Y? Pues oigan, Kempes, el gran Mario Alberto, me dedicó en vivo en directo, y en su época de jugador en activo, un insulto que no podré olvidar jamás. Un insulto envuelto en todo el cariño del mundo. Un insulto apreciado y especial. Amunt Marito... gracias por tanto.

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