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análisis | la cantina 

Algo se muere en la pilota

29/04/2022 - 

VALÈNCIA. Estoy en un punto de mi vida en el que voy a más entierros que a partidas de pilota. Se está muriendo la generación con la que crecí en los trinquetes allá por los años noventa. La década en la que aquel periodista tímido e ingenuo se fundió entre gente generosa, divertida y diferente. Un mundillo donde no quería estar nadie del gremio. La pilota era un deporte menor que despreciaban todos los periodistas, pero que a mí, que no tuve la oportunidad de elegir, me cambió la vida. Allí encontré un juego hermoso y gente muy castiza y muy auténtica.

En los últimos días me he reencontrado con algunos de ellos. Primero en un cumpleaños y luego en un entierro. Así es la vida. Y como siempre, en el acto alegre y en el triste, he sentido su calor. Porque ya no frecuento la cancha, pero ellos saben que hice un esfuerzo por promocionar su deporte, por dignificarlo, y son muchos los que me hacen sentir de la familia.

El miércoles por la mañana estuve cerca de Pelayo con Fredi, una de las mejores personas que he conocido en el mundo del deporte, y Antonio Reig ‘Rovellet’, una fuente inagotable de anécdotas y recuerdos valiosos. Tonín tiene noventa años, pero él que cree que, en realidad, tiene uno o dos más porque tardaron mucho tiempo en inscribirle en el registro cuando nació.

A mitad de la charla, llega alguien y le saluda: “Rovell, ¿qué tal estás?”. Y él, con un punto de sarcasmo, le responde: “Pues ahora bien, pero quién sabe cómo estaré dentro de un rato”. Cuando el visitante se va, se gira y me suelta: “A estas edades no te puedes fiar…”. Y para cargar de razón ese mal presagio que le acompaña desde que es mayor, aunque con un porte y una memoria que ya quisiéramos otros más jóvenes, empieza a relatar la historia del día que tomó café con Pesudo, aquel portero del Valencia CF y del Barça de los años 60 y 70. Al acabar, se despidieron, pero a la tarde se encontró con un vecino que le dijo que Pesudo había muerto. Rovellet, que había estado con él hacía solo un rato, le afeó la broma, pero aquel insistió y al final resultó que era cierto. “A determinadas edades, estás tan pancho y al rato ya no estás”, me confiesa mientras espera que le traigan el pan.

Me despedí de él con un apretón de manos y el sentimiento, como siempre que tengo la suerte de disfrutar de su amena charla, de que, con él, estamos dejando escapar la memoria de un deporte, de una ciudad y de una época a la que muy pocos han sobrevivido en 2022. Porque Rovellet se acuerda de todo y encima vivió en un tiempo en el que un pilotari estelar como él estaba a la altura de cualquier celebridad. Porque él tuteó a los futbolistas del Valencia CF, muchos de ellos asiduos de la grada de Pelayo, a los artistas y a los toreros más pintados. Y cada mañana acudía con los genios del balón al mismo zapatero para que le sacara brillo a los pies.

Hoy, décadas después, es capaz de recordar un momento singular tanto con Claramunt como con Juanito Valderrama. Y me reconcome saber que un día se irá para siempre y, con él, una biografía que hubiera disfrutado con deleite. Porque se me está muriendo la gente de la pilota. Como Bernat Santabasilisa, que fue durante lustros los ojos de Bancaixa en los trinquetes. Bernat fue uno de esos hombres sin pelos en la lengua que te decía las cosas a la cara. Siempre llevaba un paquete de tabaco en el bolsillo de la camisa y un cigarrillo humeante en la mano. Y entre cigarrillo y cigarrillo, un caramelo de eucalipto para suavizar la garganta mientras imitaba el ruido de un trombón en cualquier pieza de música clásica que sonara en su cabeza. El día que se levantaba con mal pie, era mejor sentarse lejos de él, pero cuando estaba de buenas te demostraba que era muy noble.

Con Bernat disfruté sobremesas fantásticas y viajes intensos que ya sé que no volverán. Como los que hice gracias a la generosidad de José Luis López cuando le dio por descubrir los lugares del mundo donde se jugaba a pelota a mano. Al final de uno de ellos, en Quito (Ecuador), José Luis me pidió que me acercara al final de la comida. Con gesto apesadumbrado, el mecenas me explicó que no tenían billete de vuelta para todos y que dos de los integrantes de la expedición nos teníamos que quedar unos días más. Me quedé de piedra. José Luis me confesó que tenía que quedarme en la otra punta del mundo con Tomaset, un hombre mucho mayor que yo con el que no tenía demasiado trato. Pero me dijo que estuviera tranquilo, que le dejaba la Visa a su hombre de confianza para que no tuviéramos que gastar nada esos días de propina.

Yo pensaba que era una broma porque José Luis López era aficionado a ellas y porque era capaz de elaborar la más retorcida que pudiera salir de su cabeza. Era habitual que sonara el teléfono de la habitación del hotel a mitad de la noche simplemente porque le divertía ordenar en recepción, antes de irse a dormir, que llamaran a dos o tres habitaciones a las cuatro de la madrugada. Y a la mañana siguiente, en el desayuno, se regocijaba escuchando al damnificado explicar extrañado lo que le había sucedido. La escena acaba siempre con José Luis riéndose como un niño.

Así que yo pensaba que era otra broma suya y que dos minutos antes de partir me iba a decir que subiera al autobús que les llevaba al aeropuerto, Pero llegó el momento, todos partieron y Tomaset, al que todos conocían como ‘El Tigre’, pese a que era un tipo enclenque y desdentado, y yo nos quedamos con la boca abierta viendo como se marchaban sin nosotros. Hubo una hora de desconcierto. Nos fuimos a la barra del bar y nos consolamos con un par de copas. Entonces no lo sabíamos, pero aquel momento era el inicio de tres días que jamás olvidaríamos y que recordaríamos -lo que pasa en Quito, se queda en Quito- para toda la vida.

El otro día, en el cumpleaños, hablando de esto y aquello, alguien dijo que El Tigre había muerto. Me quedé helado. No éramos amigos de llamarnos por teléfono ni de felicitarnos las Navidades, pero aquel viaje a Ecuador había creado un vínculo que nos unió para siempre. Luego vino la muerte de Bernat, como meses atrás llegó la del gran Paco Cabanes ‘El Genovés’. Y con cada pérdida se acentúa ese sentimiento de que, como dice Rovellet, un día estás y al otro ya no.

Y encima miras los trinquetes y los ves tristes, como tristes están desde que llegó José Daniel Sanjuán a la presidencia de la federación. No me gusta lo que me cuentan de él, demasiado turbio todo, ni de que le esperan puestos de más alcurnia en el deporte valenciano, pero yo, sobre todo, espero que no tarde en llegar el relevo. Ya sea José Cabanes o quien sea, pero con la pilota me pasa como con el Rovellet, que me da miedo que un día se pierda lo que yo conocí. Como Genovés, como Bernat, como Tomaset…

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