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/ OPINIÓN

Ampliación de capital y afecto

13/01/2022 - 

VALÈNCIA. Lo normal en este estado de nerviosismo en el que nos encontramos ante la posible salida de Daniel Wass, es que los columnistas medios nos dedicaramos a sopesar pros y contras de un movimiento de mercado así de delicado.

Disculpen: vamos a hablar de afecto. La semana pasada le leí esto al periodista deportiva Jordi Giménez: 

“Dilluns (abans de Vila-real) vaig comprar 2 entrades per al partit del Mallorca (126 €). Mon pare té Alzheimer i volia tornar a Grada Central amb ell, per a vore al @LevanteUD en Primera. Com quan anàvem junts en els 90' en 2B. Demà, allí estarem!”.

Es un simple tweet, ni tan siquiera un hilo. Encierra, sin embargo, gran parte del misterio de por qué nos gusta y nos interesa el fútbol, de por qué nos gusta y nos interpela ser de un equipo. Y tiene poco que ver con tokens, ampliaciones de capital o con efervescencias que, tal que un capricho, se bajan cuando se rebaja la fiebre del fan. Un misterio que apenas se puede tangibilizar y que, precisamente por eso, se ve ensombrecido frente a una maraña de aspectos cuantitativos que facilitan la idea del scroll infinito. 

Nos gustan nuestros clubes -a Jordi Giménez y a su padre el Levante, a muchos de nosotros el Valencia- porque nos fijan a una comunidad, de la misma manera que nos gusta sentirnos parte de un lugar porque nos ayuda a no ser simples unidades orbitales desarraigadas.

Carlos Marzal ha publicado estas semanas un tratado sobre ello en Nunca fuimos más felices. Un libro que contribuye a consolidar al Valencia como el club con el momento literario más potente, aunque ni el club ni la mayoría de su entorno parezca darse por enterado. Allí Marzal certifica esa frase con carga de sentencia que ha repetido en alguna otra ocasión: “acudir a Mestalla cuando juega el Valencia representa una íntima declaración de conformidad con la existencia, un asentimiento de la vida a través de una de sus muchas manifestaciones de placer”.

Frente al prejuicio tan habitual y viscoso de quienes desde su atalaya ven a los aficionados como seres menores que pierden su tiempo, en lugar de dedicarse a cosas más productivas, cegados por niñatos que publican sus nóminas escandalosas a golpe de tweet (sí, la vida no es pura), practicar la fidelidad a un equipo genera también una cadena de valores que hace de la vida un lugar algo más acogedor, no solo guiado por cifras y cuentas de resultados. 

Cuando el Levante ganó el sábado su primer partido en varias décadas, fue imposible no sonreír por la alegría de Jordi y su padre. Qué tristes son los que solo piensan en ampliar su capital mientras no dedican ni una mínima porción de tiempo a ensanchar su afecto por el club que les pertenece. 

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