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Andrea Salvador, la atleta que odiaba el atletismo y acabó quinta de España

4/08/2023 - 

VALÈNCIA. El viento soplaba en la espalda, como animando a las atletas a correr hacia el foso y saltar bien lejos. La noche iba adueñándose del estadio Parc Central de Torrent mientras el graderío disfrutaba de una buena jornada de atletismo. Un rato antes, esperando a que les abrieran el paso hacia la pista, en la cámara de llamadas, Fátima Diame y Andrea Salvador se miraban y recordaban el pasado, los inicios en la escuela del Valencia Terra i Mar a las órdenes de Martina de la Puente. Dos niñas jugando al atletismo en el Estadio del Turia. Y aquel Campeonato de España sub23, allí mismo, en Torrent, en el que ya coincidieron las dos. Una hora después, con los focos del estadio acuchillando la noche, después de unas finales eléctricas de los 100 metros, se creó la magia en la pista. Andrea Salvador, con algo más de viento permitido, saltaba 6,39 y se colocaba tercera en una final de longitud plagada de estrellas como Diame, María Vicente o Tessy Ebosele.

Andrea es de Torrent. Saltaba en casa. En la grada, montando bullicio, estaban sus amigos y su familia dándole gritos. Sabían de dónde venía. De la oscuridad. Andrea, que había sido una adolescente muy rápida que corría y saltaba mucho, había llegado a aborrecer el atletismo. Lo odiaba. Dos años antes de eso se había quedado a un centímetro del Europeo sub23. Pedían 6,20 y había saltado 6,19. Dolió, pero siguió. Habrá otra oportunidad. El siguiente verano tenía los Juegos del Mediterráneo y otra vez se ahogó en la orilla. Un mazazo.

Ella aún no lo sabía, pero había tocado fondo. Por eso, en 2020, cuando llegó el confinamiento por el covid, Andrea, al contrario que la mayoría de los deportistas, no sintió rabia. Ella sintió alivio. La niña que corría feliz al lado de Fátima Diame odiaba el atletismo. “Nos encerraron y mi cuerpo dijo: ‘De lujo, un descanso’. No me valía la pena el sacrificio. Me tomé ese año de descanso. Y en 2021, que ya se podía competir, aunque con mascarilla, tampoco me vino bien. Todo eran señales. Hasta que pasaron esos dos años, no me di cuenta que terminé 2019 odiando lo que más me gusta en el mundo, el atletismo”.

Lo dejó. Tomó distancia. Miró a otra parte. Allí dentro no quedaba nada de la niña que destacaba en el cole haciendo deporte. La chiquilla veloz y fuerte que jugaba al fútbol con los chicos. Hasta que un profesor la seleccionó para las ‘miniolimpiadas’ de la Fundación Deportiva Municipal de Torrent. Llegó, corrió y ganó. Un tío suyo de València se enteró y le dijo que conocía un club, el Valencia Terra i Mar, y que podía ir a probar. Andrea se apuntó y ya entró en la rueda de la escuela que dirige Manolo Arnás. Valía para todo: velocidad, vallas, saltos. “En realidad hacía pruebas combinadas. Hasta que pusieron el 600 o el 800, no me acuerdo, y me lo dejé. De juvenil ya empecé a entrenar con Rafa Blanquer”. Las medallas empezaron a caer en los Campeonatos de España de categorías inferiores. En longitud y en triple. Casi siempre acababa segunda. El oro estaba reservado para una amiga: Fátima Diame. Algún año se les unió Ana Peleteiro y caía al tercer puesto. Luego llegaron las decepciones. Y el asco. “Ahí vino el cataclismo. Aunque no me di cuenta hasta tiempo después. Estaba con rabia, frustrada. Pero entonces llegó la pandemia…”.

Andrea Salvador le dio la espalda al atletismo. No quería verlo. Ni miraba los resultados. Sólo hizo una excepción en los Juegos de Tokio para ver a Fátima Diame, a Ana Peleteiro y a alguna más. Pero el resto le resbalaba. Su suerte fue que es entrenadora y maestra de Educación Física. Vamos, que no se abandonó. Hasta que llegó 2022 y le entró el gusanillo. Algún día bajaba a la pista con alguna chica que estaba preparando las oposiciones a bombero o para policía y entonces veía a los atletas. Se les quedaba mirando y se ponía a pensar. ¿Y si volviera? Ella lo define como un ‘burn out’ -un estrés relacionado con el trabajo- pero del deporte.

Cuando pensó en volver, mantuvo un diálogo con ella misma. “Si vuelvo, quiero divertirme. No quiero estar a regañadientes, obligándome a mí misma. No quiero volver a odiar lo que más me gusta”. Andrea regresó por la puerta de las combinadas. “Me lo pasé pipa”. Volvía a ser feliz en una pista. Y entonces lo supo: “Esto es lo que quiero”. Aunque aún había algo de poso de aquellos dos años dichosos. Al fondo de su mente, algo le susurraba que ella no valía más de 6.19. Y entonces se hizo otro juramento: “No quería demostrarle nada a nadie, sólo a mí”.

Andrea era una chica más madura, más sabia, que decidió coger todas las herramientas que tenía a su alcance e invirtió en ellas. Primero habló con el jefe, con Rafa Blanquer, y luego fue sumando una nutricionista, Laura Chaparro, un preparador físico para trabajar la fuerza, Antonio Expósito, y una psicóloga, Vicky Cervera. Tenía que blindar su cabeza. El trabajo lo tenía cubierto como docente en el colegio Madre Sacramento de Torrent y como entrenadora personal. Y se lanzó.

“Ahora vivo como una profesional”, advierte. “Voy a entrenar y estoy enfocada. Duermo lo que toca. Como lo que toca. No busco excusas. Vivo como una profesional. Quería ir con todo. Entonces me di cuenta de que tenía 22 años en mi última temporada. Y ahí estás a mil cosas: la uni, novietes, distracciones… Ahora soy otra persona. He disfrutado mucho, aunque con muchos dolores, lógicos después de tanto tiempo. Y me lo paso muy bien. He invertido en buenos profesionales y vale la pena. Creo que lo fundamental fue trabajar en mí misma y en mi salud mental, y ese fue el clic que necesitaba para crecer como persona y como atleta”. Sólo faltaba una última señal, que llegó el día que se enteró de que el siguiente Campeonato de España se iba a celebrar en Torrent. “Ahí decidí poner toda la carne en el asador”.

Hay que volver al sábado por la noche. A ese primer salto de 6,20 y al segundo de 6,39 (viento de +2.6). La felicidad le recorría el cuerpo como un calambre. Andrea cerraba los ojos y veía a aquella niña vestida de uniforme a la que un profesor, Sergio Aguado, que estaba allí en la grada, animó a hacer atletismo. Miraba al público y veía a su nutricionista, a su preparador, a sus amigos… Y entendió que el atletismo era eso. “Me di cuenta de que, en realidad, me daba igual la marca. Sólo quería vivir esa experiencia y disfrutarla. No tenía presión por nada. Era feliz”.

Luego vino lo otro. Los saltos estratosféricos que estaban convirtiendo una final de un Campeonato de España en una final olímpica. Marcas por encima y alrededor de los siete metros. Mínimas mundiales y olímpicas. El público enloquecido. La magia en un estadio entregado al foso de longitud. No había nada más. Sólo un salto mejor que el anterior. Y otro. Y otro más. La apoteosis. Hasta que, por la noche, vino el gatillazo, la noticia de que los saltos estaban mal medidos, que les habían puesto 20 centímetros de más. Daba igual. El calambrazo ya había recorrido el estadio y no, no era el nivel de una final olímpica, pero fue un concurso grandioso.

Andrea se contagió y, al final, llorosa, emocionada, feliz, se arrodilló y besó la pista. Se había reconciliado con el atletismo. Volvía a quererlo y, aunque estuvo dos días coja por la periostitis, empezó a saborear aquel concurso, a recordar que le sorprendió lo rápida que se vio y que el próximo invierno, en la pista cubierta, igual ha llegado el momento de saber cuánto puede valer en los 60 metros. “Es que me asusté de lo rápida que me vi. Estaba enchufadísima. Me sentía ansiosa pero en el buen sentido. Notaba un calor por dentro de ganas por competir. El tercer salto fue nulo, pero yo sé que salté cerca de 6.50, y eso me anima a seguir, a querer más. Yo sé que no soy Tessy Ebosele, ni Fátima Diame, ni María Vicente, pero a mí me compensa saber que estoy inspirando a algunas niñas: eso significa que lo estoy haciendo bien”.

Al día siguiente le informaron de que era quinta. Pepe Peiró, el seleccionador nacional, pidió perdón a todas las saltadoras, una a una, por el error que se había producido la noche anterior. Andrea, después de la corrección, subió del séptimo al quinto puesto. El martes, Andrea Salvador subió un ‘reel’ a su cuenta de Instagram, un vídeo precioso que parte con una imagen de aquella niña vestida con el uniforme del colegio, pasa por sus momentos más bajos y acaba con sus lágrimas en el Campeonato de España. Mucha gente aprovechó para ponerle comentarios elogiosos, gente que decía haberse emocionado viéndola en la pista, chicas que le explicaban que se había convertido en una inspiración, o uno de Luna Arnás, la niña prodigio que tuvo a Andrea como monitora en la escuela y que le escribe: “Increíble lo que eres capaz de hacer, Andrea. Has demostrado lo que aquella Andrea entrenadora me enseñó durante todos esos años”.


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