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OPINIÓN

Cien años en uno

27/12/2019 - 

Se acaba el año y es imposible escapar de echar un vistazo, a modo de resumen, a lo ocurrido en los últimos 12 meses, un ejercicio que en el fútbol, que se estructura en temporadas que comienzan y terminan en el verano, nunca será justo. Pero 2019 ha sido, en el Valencia, el año de su centenario, una fecha emblemática para todos sus seguidores y, en estos 365 días, han pasado tantas cosas como en los cien años que contemplan la historia del club. Y es que el año que ahora acaba ha sido una excelente metáfora de lo que es el Valencia, un repaso por su historia concentrado en doce meses frenéticos.

El año comenzó con la esperanza de una resurrección. En el último minuto antes de iniciarse las vacaciones navideñas, un gol de Piccini al Huesca, marcado con su pata de palo, despertó al valencianismo de la pesadilla en que se había convertido el arranque de la temporada del centenario. Como Pereira en el Heysel del 80 o Rufete en el Montjuïc del 2001, un héroe inesperado cambiaba la historia del club. A finales de enero supimos que el Valencia iba a ganar la copa cuando protagonizó uno de esos partidos que permanecerán en la memoria de los aficionados durante años, de la misma intensidad que la remontada contra el Barcelona en el 79 o la espectacular goleada al Real Madrid en el 99. Y desde ese día hasta el final de temporada, todo fueron alegrías: la escalada hasta el cuarto puesto, el ansiado título que cada década nos deja y la sensación de que, por fin, las cosas se estaban haciendo bien en el ámbito deportivo.

Pero la historia de este club está llena de tiros en el pie, de momentos de gloria en los que todo se va al garete por una mala decisión presidencial. Pensemos en la descomposición del equipo que ganó el doblete en 2004 o en cómo un conjunto plagado de estrellas, entre ellas el mejor jugador del mundo, dio con sus huesos en la segunda división en la primera parte de la década de los 80. El harakiri gratuito del año del centenario fue el desmantelamiento, en septiembre, del proyecto que había proporcionado estabilidad al club. Y la consecuencia, la depresión, el pensar que había que volver a empezar de cero.

Mas, después de una muerte siempre llega una resurrección. Ahí está el equipo que fue subcampeón de liga solo tres años después de ascender a primera, el bloque que armó Di Stéfano en 1970 para desterrar el conformismo de 24 años sin ganar una liga o el conjunto que sobrevivió al huracán Roig e inició el lustro de gloria del club a principios de este siglo. La resurrección, inesperada y feliz, vino de la mano de una plantilla sorprendentemente comprometida con la causa y de un entrenador cuya capacidad para gestionar las emociones resultó ser mucho mayor de la prevista. El carrusel de emociones que ha sido 2019 para el Valencia termina con una afición esperanzada en que, pese a todos los obstáculos, el equipo vuelve a ser grande en Europa y en España, sin esperar el milagro de la pata de palo de un héroe inesperado.

Quizás el mejor resumen que se puede hacer de este año que vale por cien es la actitud de un equipo y una afición ante las adversidades. Seguir luchando por cada balón aunque no tengas claro que vas a ganar el partido es una forma de vivir, una manera de afrontar la existencia en un mundo en el que el caprichoso azar hará que las dichas y las desdichas se alternen en el camino. Como casi todo, sirve para el fútbol y para la vida. Y eso ha estado presente, a lo largo de un siglo, en un club que nunca se da por vencido, que es capaz de renacer cuando nadie apuesta por él, de la misma manera que en este año mágico lo hemos vivido a modo de montaña rusa. Y lo más emocionante es que, conociendo al Valencia, nadie puede pronosticar qué le va a deparar el 2020. 

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