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opinión

Cuando no hay proyecto, ni estabilidad

24/10/2019 - 

VALÈNCIA. Vaya por delante que viendo lo mal que lo está pasando el valencianismo, deseo fervientemente que el equipo reaccione, que entienda que aún hay tela que cortar y que Mestalla incline la balanza para que el Valencia CF, de una vez por todas, sí sea capaz de hacerse un hueco entre los mejores de Europa. Es vital para su maltrecha economía, para su futura solvencia, para la autoestima del equipo y para transformar la angustia del aficionado en energía positiva. Ojalá sea así.

Sin embargo, más allá del corazón, está la cabeza. El sentido común. Y la reflexión es inevitable. No hay una sola primera potencia europea que no tenga un proyecto estable. Al Barça le sostiene su músculo financiero y le pone a volar Messi. El Madrid puede equivocarse con sus fichajes mil veces, porque puede presumir de Champions y de lista Forbes. Al PSG le sobrevienen disgustos, pero le sobran petrodólares, a la Juve no le alcanza para la gloria europea, pero se pasea como Miss Daisy en Italia, al Ajax le quitan sus mejores jugadores, pero se sostiene desde la cantera, a Klopp le va de cine pero si un día no es así, no le faltarán jeques capaces de pagar lo que no está en los escritos por el club y aunque Guardiola, que es un genio, tuerza el morro cuando se lo recuerdan, el City tiene el dinero por castigo. No hay un club fuerte en el Viejo Continente que no tenga un modelo claro y una estructura definida. Unos gustarán más y otros menos, pero son estables.

¿Cómo es posible que el Valencia pueda competir contra clubes con más recursos y músculo económico cuando la propiedad se ha empeñado en desintegrar un modelo de trabajo y una estructura que funcionaba? Ningún valencianista podría justificar el pésimo partido del equipo en Lille achacándolo a la ausencia de modelo, la falta de estructura o la inestabilidad. Se debía ganar, por lo civil o por lo criminal, y no se logró. Quedó desazón y angustia. Primó la sensación de que, quizá otra vez, la ronda de octavos se escape como el humo entre los dedos.  Eso sí, si uno se olvida del corazón y piensa con la cabeza, si aplica la lógica más aplastante, lo raro sería que lo que queda del Valencia, porque el resto se lo llevó por delante el huracán  Peter Lim, aún tenga en su mano pasar de ronda. Para ganar al Lille no hace falta estabilidad, ni proyecto. Pero para estar en octavos, sí.

El escenario actual del Valencia CF está a años luz de ser una primera potencia de Europa. La propiedad es egocéntrica, la presidencia es torpe, el mensaje es caótico, la organización es pésima, el entrenador no tiene experiencia – al Valencia no se puede llegar a aprender, sino que hay que llegar aprendido-, el grupo está todavía golpeado y el aficionado está tan mareado como harto. Es muy complicado desligar la atmósfera negativa de la cabeza de los jugadores. Es harto difícil resetar la mente del valencianismo ante la falta de proyecto. Y es, con perdón, casi imposible, pedirle al hincha del Valencia que aplauda ante la galopante falta de credibilidad de Singapur.

Tras dos años inmaculados, con Mateu Alemany gestionando y articulando un discurso creíble, y con Marcelino sacando el máximo del grupo y levantando un título después dos lustros después, ha llegado la indefinición. Al valencianismo, a golpe de capricho, le han devuelto a la casilla de salida. Y eso sí es lo que da auténtica rabia. Había proyecto y se desintegró. Había estabilidad y ahora hay incertidumbre. Había hoja de ruta y ahora hay improvisación. Había orden y ahora hay caos. Había un líder y ahora falta discurso. ¿Se puede llegar lejos en la Liga y en la Champions con un proyecto en el que nadie cree? La respuesta tiene dos letras, pero la palabra es una sola. 

Posdata: Ojalá que, a pesar de no haber desintegrado el proyecto ganador que había y de que la propiedad haya cometido todos los errores que se pueden cometer, el Valencia esté en octavos. Su gente se lo merece. Entre otras cosas, porque el único patrimonio y proyecto del club es, precisamente, ese. Su gente. 

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